Einstein. "Es más fácil destruir un átomo que un prejuicio"

Palestinos, ¿qué palestinos?

Tal es lo que sucede con la sangrienta y dolorosa contienda entre el Estado de Israel y los musulmanes palestinos.

Esa lucha no solamente se ha entablado por el dominio de un territorio sino también por la legitimidad de los nombres y la verosimilitud de las tradiciones, un campo propicio para el quehacer de los antropólogos.

El enfrentamiento no se agota en el choque armado entre los israelíes ­no todos judíos, pues muchos de ellos desestiman la religión del Tanaj y el Talmud­, y los árabes ­tampoco todos musulmanes, como lo ejemplifican los cristianos libaneses­. Los palestinos están divididos en dos bandos: por un lado el intransigente Hamas y por el otro, Al Fatah, más conciliador. El Hamas, concentrado en Gaza, quiere borrar a los israelíes del mapa, e igual destino procura para Al Fatah, confinado en Cisjordania, donde gobierna la Autoridad Palestina. Este grupo fue expulsado con grandes pérdidas de vidas de la Franja de Gaza por los violentistas del Hamas, su enconado enemigo.

Los antiguos pueblos que reivindican los palestinos de ambos bandos como «antecesores» directos, lo que les otorgaría el derecho histórico de ser los dueños de la tierra que, según afirman, les han robado los «usurpadores» israelíes, son: a) los filisteos que, no bien desembarcados, se enfrentaron con los cananeos y los hebreos, etnias presentes desde hacía muchos siglos en la región, y que al cabo de cruentas batallas los exterminaron, y b) los cananeos, cuya extinción somática y cultural certifican la historia y la geografía.

Los cretenses­filisteos del lejano ayer no son los antepasados de los actuales palestinos. La cáscara del nombre no coincide con el grano de la cosa. Los «palestinos» de hoy nada tienen que ver con los viejos «pueblos del mar», entre cuyos patronímicos figura el de pelestim. Del mismo modo tampoco son descendientes de los cananeos, que se fueron acabando al combatir primero y luego mestizarse con los hebreos, y a tal punto, que nada resta de ellos sino la memoria de su abolida presencia.

 

El Estado de Israel

Comienzo advirtiendo un detalle que el furor de las actuales discusiones a veces no permite tener en cuenta: el Estado de Israel es una cosa y su gobierno otra. Se puede estar en contra de las resoluciones de sus conductores políticos ­como muchos israelíes, desde adentro, lo han manifestado, con toda razón, y como tantos, desde afuera, abogan por su renuncia, o cosas peores­ pero no contra el derecho a existir en pacífica convivencia con sus vecinos. Quienes lo quieren aniquilar, con todo y sus habitantes, son potenciales genocidas, como en la realidad histórica fueron los nazis. La República Islámica de Irán proclama a los cuatro vientos que luego de ahogar a los israelíes en el Mediterráneo quemará hasta el hueso su Estado y pertenencias. Muchos de los autodenominados «progresistas» vernáculos aprueban esos desplantes criminales. O los callan, como también sucede con los amnésicos que «olvidan» o «desconocen» la diaria matanza que los egipcios, islámicos al igual que sus víctimas, practican con los palestinos de Gaza asesinándolos en los túneles que aquellos excavan para burlar ese no citado ni criticado bloqueo. Se cuentan por cientos los muertos. Pero el cómplice silencio de los mass media parece remitir a subrepticias órdenes de no denunciar esos delitos de lesa humanidad.

El proceso fundador del Estado de Israel se inicia en la Naciones Unidas el 29 de noviembre de 1947. Al promulgarse la Resolución 181 de la Asamblea General, resuena fuerte y convincentemente la voz del representante uruguayo Enrique Rodríguez Fabregat. Meses después, en mayo del 1948, se produce la Declaración de Independencia. No bien se aprueba la Resolución de las Naciones Unidas se inician las hostilidades de los árabes locales, que por entonces no se llamaban palestinos sino árabes habitantes de Palestina. El ataque de los ejércitos islámicos se produce cuando se retiran los británicos. Israel, al ser salvajemente agredido ­hecho que asume la entidad de un pecado original, cuya permanencia ensombrece a los descendientes de aquellos atacantes, si nos atenemos al estigma bíblico­ era un Estado pequeño que ocupaba «la sexta parte del 1% de la masa de tierra de Medio Oriente». Recién comenzaba a organizarse y armarse, en respuesta al manifiesto propósito de los árabes, quienes procuraban destruirlo. Sin que tuviera tiempo de respirar siquiera soportó la avalancha de cinco de los siete países integrantes de la Liga de Estados Arabes, existente desde 1945. En ella figuraban Egipto, Irak, Siria, Transjordania, Arabia Saudita, Yemen y Líbano. Los ejércitos islámicos no pudieron borrar de la faz de la tierra a los israelíes y a su novel Estado, instituido sobre una desértica región y no sobre feraces y prometedoras comarcas. No hubo recuerdo de este terrible abuso por parte de quienes protestaron vivamente por la erección de un muro que, en definitiva, acabó con los atentados terroristas y sus devastadores efectos. En cambio no nombran el muro metálico egipcio, en vías de construcción subterránea.

 

¿Qué palestinos?

Vamos a examinar ahora los dichos de quienes niegan la existencia milenaria de los palestinos en esa región, tal cual éstos lo sostienen con vehemencia.

El ilustrado tratadista libanés Ph. Hitti, autor de dos libros fundamentales sobre la historia de los árabes, escribió: «No existe ninguna cosa llamada Palestina en la historia, absolutamente no».

Auni Bey Abdul-Hadi, por su lado declaraba: «No existe ningún país que se llame Palestina. Palestina es un término inventado por los sionistas. No hay ninguna Palestina en la Biblia. Nuestro país ha sido por siglos parte de Siria. Palestina es ajena para nosotros». (British Peel Commision, 1937)

Otro árabe dijo: «No hay diferencias entre los jordanos, palestinos, sirios y libaneses. Somos todos parte de una misma nación. Es solo por razones políticas que subrayamos con énfasis nuestra identidad palestina […] La existencia de una entidad palestina separada sólo sirve por propósitos tácticos. La fundación de un Estado palestino es una nueva arma para continuar la batalla contra Israel». (Zuhair Mush, comandante de la OLP, Organización para la liberación de Palestina)

Más de un lector se sorprenderá al leer declaraciones provenientes de árabes. Voy a reforzarlas con una más contundente todavía. Se trata la de un escritor y periodista cristiano de origen árabe que vive lejos de su tierra pues, de haber permanecido en ella, habría sido considerado como un mushrikum (pagano) o un kafir (de kufr, «el que oculta a Alá», infiel), amén de otros inconvenientes de mayor entidad, que no detallo.

«De hecho no existe tal cosa como el pueblo palestino, o una cultura palestina, o una lengua palestina, o una historia palestina. Nunca existió un Estado, ni ha sido jamás encontrado ningún resto arqueológico o moneda palestina. Los actuales palestinos son un pueblo árabe, de cultura árabe, lengua árabe, historia árabe. Tienen sus propios estados árabes desde donde emigraron a la tierra de Israel hace aproximadamente un siglo atrás con el fin de contrastar la emigración judía. [….] Ellos eran jordanos (otra reciente invención británica, porque jamás existió un pueblo conocido como jordano) y después de la Guerra de los Seis Días, en la que Israel derrotó de manera categórica y aplastante la coalición de estados árabes [….] experimentaron una especie de milagro antropológico y descubrieron que eran palestinos, algo que no sabían el día anterior. [….] Esta gente, teniendo una nueva identidad, debía construirse artificialmente una historia, es decir, debían robar la historia de algún otro, y debían hacerlo de tal modo que las víctimas de tal robo no se quejaran, ya que no debían existir más. Entonces los líderes palestinos se arrogaron dos alinajes contradictorios de antiguos pueblos que habitaron la tierra de Israel: los cananeos y los filisteos» (Joseph Farah,
periodista. Mitos del Medio Oriente)

No finalizo aún. A estas voces de personajes notorios se suma la de un militante activo de la OLP, Walid Shoebat: «¿Por qué el 4 de junio del 1967 yo era un jordano y de repente, al otro día me transformé en un palestino? A nosotros no nos importaba que hubiera un gobierno jordano. La enseñanza de que debíamos lograr la destrucción de Israel era parte definida en nuestro currículo, pero nos considerábamos a nosotros mismos como jordanos hasta que los judíos regresaron a Jerusalén. Entonces improvisadamente todos fuimos palestinos: quitaron la estrella de la bandera de Jordania y en un momento tuvimos la bandera palestina».

¿Estas son meras afirmaciones caprichosas o trasuntos de una innegable realidad? ¿Existen detrás de estos categóricos dichos dos peripecias históricas separadas por tres milenios y protagonizadas por dos distintas estirpes de filistim ­una extinguida, la verdadera, y otra viviente, la inventada­ o provienen de voceros «traidores» o «comprados por los enemigos capitalistas e imperialistas?» Para facilitar el entendimiento de una intricada urdimbre voy a distinguir los antiguos filisteos de los actuales palestinos del terruño; aquellos llegados desde la isla de Creta hasta las costas mediterráneas del Cercano Oriente, hace más de treinta siglos, y éstos aparecidos en el escenario levantino partir de una serie dramática de acontecimientos, muy próximos a los actuales días.

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