Phillip Agee, testigo único de la tragedia, cuenta en exclusiva sus vivencias como oficial de la agencia norteamericana en México

Matanza de Tlatelolco: el PRI y la mirada de la CIA

Héctor Igarza – La Habana, Prensa Latina

 

Cuando el 1º de enero de 1994 los zapatistas exigieron el reconocimiento de sus derechos, algunos especialistas escucharon el grito de guerra de los nacidos a partir de la matanza de Tlatelolco que, desconocidos durante años por el PRI, han recibido del actual gobierno mexicano serias promesas de diálogo.

Phillip Agee, testigo único de la tragedia, nos cuenta en exclusiva sus vivencias como oficial de la CIA en México en los días previos a la matanza de Tlatelolco por la oposición de la juventud al exceso de gastos que haría el gobierno del presidente priísta, Gustavo Díaz Ordaz, en las olimpíadas previstas para octubre de 1968.

Agee, quien ya había estado luchando contra el comunismo en Ecuador y Uruguay, llego a México para apoyar las operaciones contra los soviéticos en tareas de control de teléfonos, aplicación de micrófonos y otras técnicas de escucha y equipos de vigilancia, control de barcos mercante y la búsqueda de mexicanos o de otras nacionalidades con acceso a diplomáticos de Moscú.

En esas ocupaciones, se decide que pase a ser asistente el embajador norteamericano para que atendiera la preparación de los juegos olímpicos pues de esa forma podría entrar en contacto también con los diplomáticos comunistas acreditados para el evento.

Una condición que ponía el embajador, Fulton Freeman, era que el oficial de la CIA designado no hubiera tenido relaciones con la jerarquía militar de América Latina, un requisito que Agee no cumplía por sus tareas anteriores represivas en Uruguay y Ecuador, pero la agencia de espionaje también mintió a su representante diplomático y le dijo que su enviado estaba «limpio».

De esa forma, es designado a México y llega en junio del 67, un año y medio antes de los juegos, a una estación de la CIA que era una de las más grande del mundo y la mayor de América Latina.

Había unos 35 oficiales de la CIA dentro de la embajada y unos 15 con fachada no diplomática (como profesores de inglés, turistas, comerciantes, hombres de negocios en general, en oficinas de relaciones públicas).

El jefe de la estación, Winston Scott, llevaba más de 10 años en México y había desarrollado contactos al más alto nivel de ese país, «comenzando por el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien antes de subir a la presidencia había sido secretario de Gobernación y en ese puesto colaboró bastante íntimamente con la CIA», según Agee.

«Eso quiere decir que tuvimos nexos íntimos con los Servicios de Seguridad mexicanos, sobre todo con la Dirección Federal de Seguridad y a través del gobierno tuvimos el control de los viajeros, de los teléfonos, apoyo para la instalación de escucha y toda la protección oficial para hacerlo».

Esa estrecha relación siguió cuando Díaz Ordaz subió a la presidencia y entró Luis Echeverría Alvarez como secretario de Gobernación.

Ya con Echeverría la relación no era como con Díaz Ordaz porque el nuevo secretario de Gobernación no se «subordinaba» y Scott debía tener mucho tino para tratarlo.

Las relaciones de Scott con Díaz Ordaz fueron tan excelentes que el embajador Freeman se molestó mucho y envió un cable a Washington exigiendo su derecho a llevar las relaciones con el presidente mexicano. La respuesta del presidente Lyndon B. Jhonson fue aplastante pues el jefe de la estación CIA quedaba con el derecho de tener las relaciones con el mandatario mexicano.

Es decir, afirma Agee, «las relaciones al nivel más alto entre la embajada de Estados Unidos y la presidencia de la República se encargaban a la CIA y no al mismo embajador».

«En esas circunstancias comencé mi trabajo, circulé por todo el Comité Olímpico Mexicano, el Comité Organizador… y en el medio ambiente general de la olimpíada había mucha gente de interés para la CIA».

«Eventualmente podría llevar a cabo reclutamientos de la gente que podría desarrollar y establecer contactos con diplomáticos de las misiones comunistas y también que podrían penetrar al PRI a un nivel alto, porque a la CIA le faltaban buenas penetraciones en el PRI a altos niveles. Había algunos reclutados pero no eran de buena efectividad».

«A pesar de que el propio Presidente (mexicano) colaboraba íntimamente con la CIA y tenia una relación muy estrecha con el jefe de la estación, a la CIA le hacía falta agentes controlados y pagados dentro del PRI, para saber con más precisión el funcionamiento interno del PRI».

 

Comienzan acciones contra la celebración de las olimpíadas

El movimiento en contra de las olimpíadas comenzó como seis meses antes de la fecha prevista para su celebración y el centro de la oposición se encontraba en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Se manifestaban contra el costo de las olimpíadas y eran organizaciones e individuos que estaban de hecho contra el PRI que «en ese entonces era un equivalente a una dictadura política que cambiaba la presidencia cada seis años y controlaba la prensa, la televisión, las elecciones mismas, los permisos para cualquier cosa, las licencias».

Entonces la oposición comenzó y luego creció porque la gente pensaba que ese dinero que se iba a gastar en los juegos debía ser utilizado en servicios sociales, que podría beneficiarse al pueblo y ese movimiento creció mucho.

«Hubo manifestación y marchas de decenas de miles de personas desde la UNAM, por toda la Ciudad de México pasando frente a la embajada de Estados Unidos, aunque hubo varias rutas, como comenzar en el parque de Chapultepec, a Reforma hasta el Zócalo».

Entonces, cuenta Agee, en el verano del 68 hubo mucha alarma dentro del gobierno de Díaz Ordaz y estableció un Comité Adjunto que incluyó al propio mandatario, a Echeverría como secretario de gobernación y a Marcelino García Barragán, secretario de Defensa.

«Ellos se reunían continuamente para analizar la situación y por supuesto, Scott estaba recibiendo informes regulares por parte de Díaz Ordaz de todo lo que pasaba y de cómo el gobierno mexicano veía la situación».

«El Comité Adjunto determina poner fin a las manifestaciones el 2 de octubre, a 10 días antes del inicio de las olimpíadas, que comenzaron el 12 de octubre, Día de la Raza».

Ahí se produjo la masacre de Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas, frente a la Secretaría de Relaciones Exteriores. Los manifestantes iban a demostrarse en cada uno de los eventos deportivos que se produjeran durante las olimpíadas, «pero las protestas fueron ahogadas en sangre».

«A pesar de que han pasado muchos años, recuerdo que después de la matanza de Tlatelolco, el Comité Olímpico Internacional efectuó una reunión especial para decidir si después de ese hecho valía la pena continuar los planes para mantener las olimpíadas en México y la moción de cancelar los juegos perdió por dos votos».

«No se sabe cuántas personas perecieron. Hubo una cifra oficial del gobierno que era una fracción de los que en realidad murieron. A los heridos los militares los sacaban de los hospitales, a los cuerpos sin vida los llevaban a campos militares donde los cremaban».

En cuanto al papel de la CIA, «sabía exactamente lo que pasaba, la evaluación del gobierno de la crisis, pues en México ya había una tradición muy larga de represión del partido PRI».

El Comité Adjunto dijo después que se había producido una manifestación pacífica en la Plaza de Tlatelolco.

«La masacre de Tlatelolco nunca se ha olvidado en México. Ese es un día negro en la historia de México y en la historia del PRI. Al fin
al, yo creo que nadie pagó por eso sino sólo la reputación de asesinos para aquellos que tomaron la decisión en el Comité Adjunto, que tenía un liderazgo colectivo». «Además, ninguno de los tres miembros renunció como forma de demostrar su desacuerdo».

«En México, Tlatelolco creó lo que es casi una generación de gente opuesta al PRI, en busca de cambios políticos, económicos y sociales».

El subcomandante Marcos viene de esta generación. Se había dedicado a la enseñanza fuera de la ciudad de México y hace más de 10 años poco a poco se fue formando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hasta que lanzaron su primera acción en enero del 94.

«Mi primera impresión fue que el Ejército Nacional de México iba a barrer con el EZLN. Pero han subsistido. Han hecho una gran red nacional e internacional. Han usado muy bien Internet, pero igualmente me puse a pensar cómo estados Unidos estaba ayudando a México a acabar con al EZLN».

En los últimos años de los 80, México crea un nuevo Servicio de Seguridad que fue establecido, entrenado y asesorado por Estados Unidos.

Sin dudas, en 1994, después de las acciones de los zapatistas, Estados Unidos analiza las capacidades de los mexicanos para mantener el orden y garantizar la estabilidad de las inversiones norteamericanas.

Washington analizó las necesidades de los mexicanos para poner fin a los zapatistas en lo que ahora se llama Guerra de Baja Intensidad pero que no es otra cosa que guerra contra la insurgencia, para entregar todos los equipos que hicieran falta.

«Esa ha sido la asistencia tradicional de Estados Unidos y utilizaron la Guerra contra las Drogas en México para penetrar en ese país, monitorear sus comunicaciones, para hacer la guerra contra los zapatistas, para hacer disponibles equipos supuestamente contra las drogas pero también dirigidos a los zapatistas y «así les entregaron (73) helicópteros y armas de todo tipo».

La experiencia de Estados Unidos de utilizar la lucha contra el narcotráfico fue lo que les permitió diseñar de una forma más eficiente el llamado Plan Colombia, destinado a luchar abiertamente contra el narcotráfico pero en realidad tiene como fin la eliminación de las guerrillas izquierdistas.

El hecho es que el gobierno mexicano ha estado desde algún tiempo envuelto en la Guerra antidroga y no pocas veces ha tenido que admitir que haya algunos altos militares mexicanos implicados en el narcotráfico.

Ello llevó a que la CIA montara nuevos programas de recolección de información de inteligencia, vinculado al tráfico de drogas, pero destinado a conocer los movimientos de los zapatistas.

«Una de las tareas clave de la colección de información sobre la insurgencia es el control de sus comunicaciones. Controlan las radios, que son fácilmente ubicadas, y analizadas sus transmisiones. La Agencia de Seguridad Nacional es el brazo del Pentágono que monitorea las comunicaciones por todo el mundo».

Las bases militares de Estados Unidos en Panamá han sido claves para América del Sur y para Centroamérica.

Durante la guerra civil en Nicaragua monitoreaban las comunicaciones de los sandinistas y rápidamente entregaban las informaciones a la Contra, tanto para protegerla como para informarles dónde podían golpear.

También en El salvador recogían los datos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y se los entregaban a los asesores estadounidenses en el ejército salvadoreño.

Eso mismo hacen ahora en Colombia con mucha más impunidad, pues hay un tratado firmado abiertamente con el gobierno de Bogotá, tan efectivo que aun cuando lo diseñó el presidente demócrata William Clinton, fue aprobado por un congreso conservador, incluido Jesse Helms, el ultraconservador presidente del Comité de Relaciones Exteriores por donde debe pasar la aprobación de ese plan.

Es también apoyado y mantenido por la actual administración republicana del presidente George Bush, de quien no faltan demostraciones de sus inclinaciones conservadoras.

Agee concluyó que dentro de todo este proceso, los zapatistas consiguieron forzar al PRI a al menos iniciar una negociación, con etapas de estancamiento.

«Pero no hay dudas de que la CIA sigue siendo un instrumento clave en la preservación de la estabilidad en México para el beneficio de los inversores y comerciantes norteamericanos…» «… y el papel de la CIA es apoyar en la represión de la oposición, de la resistencia, como se ha hecho en toda América latina, a través de agentes y otras formas de monitoreo de las organizaciones de la oposición».

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