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En Rio de Janeiro, cuando el líder rebelde Tiradentes fue ejecutado

21 de abril de 1792

 

En cumplimiento de la sentencia de muerte dictada por un tribunal de esta ciudad, el ciudadano José Joaquim da Silva Xavier ha sido ejecutado.

Este singular personaje ostentaba el grado de alférez y ejercía también la profesión de dentista (la traducción de su alias es «sacamuelas») aunque en los últimos años trabajó extrayendo oro en Minas Gerais.

Las condiciones de trabajo en las minas son absolutamente indecentes: los mineros son explotados sin miramientos, viven en chozas miserables y están subalimentados. Las autoridades coloniales de este vasto territorio perteneciente a la corona portuguesa sólo se ocupan de extraer la mayor cantidad de oro posible y enviarlo a Lisboa, por lo que quienes trabajan en las minas no obtienen beneficio alguno de toda la riqueza producida. La situación es en sí misma sublevante y sólo faltaba un líder que supiera canalizar el descontento. Joaquim da Silva Xavier –por ser uno de los pocos hombres instruidos– se convirtió en el cabecilla de un levantamiento subversivo que reclamaba justicia social e independencia política de Portugal.

El movimiento fue reprimido con inusitada violencia. Las tropas coloniales leales a la corona incendiaron las humildes viviendas de los mineros, quienes debieron buscar refugio en las sierras. Al cabo de poco tiempo, la rebelión había sido aplastada pero las fuerzas represivas no descansaron hasta dar con el paradero de Tiradentes. Una vez aprehendido fue sometido a juicio y, al cabo de dos años, sentenciado a muerte como «premio a la rebeldía», según consta en la sentencia.

En las primeras horas de hoy Tiradentes fue ahorcado. Los verdugos procedieron luego a descuartizarlo para exponer en lugares públicos las distintas partes de su cuerpo como forma de escarmiento.

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