EL DISCURSO DE J.M. SANTOS
De los 29 millones 983 mil 279 colombianos en condiciones de participar electoralmente, menos de 9 millones dieron su voto a Santos, lo que equivale aproximadamente al 30%. Apenas 3 de cada 10 potenciales electores refrendaron su candidatura, que significa la continuidad en todos sus términos de la orientación del presidente Uribe.
Esto es lo que resaltó en su discurso de la noche del domingo, y le ofrendó su victoria. «Este es su triunfo, presidente Uribe», dijo, lo calificó de «gobernante excepcional», y agregó que él se había subido sobre sus hombros de gigante. Tal fue el tono del discurso en El Campín de Bogotá.
En el plano interno, esto implica persistir en la línea de la «seguridad democrática» preconizada por el actual presidente y llevada adelante a lo largo de buena parte del período por Santos como ministro de Defensa. Aquí lo más relevante fue el rechazo a texto expreso y en forma categórica al intercambio humanitario. «No hay posibilidad alguna de diálogo», aseveró. Se estaba refiriendo a las FARC, pero también al vasto conglomerado social que reclama dicho intercambio humanitario. En alusión a la guerrilla, dijo que «la seguiremos enfrentando con toda dureza y firmeza», y elogió hasta el paroxismo las acciones militares que habían llevado a la liberación de Ingrid Betancourt, militares y policías retenidos y tres agentes norteamericanos (operación Jaque) y también a la reciente liberación de cuatro militares y policías (Operación Camaleón), que sin duda contribuyó a su votación. No sólo eso, sino que alardeando de esos hechos, dijo en lenguaje suficiente: «Yo sé cómo combatirlos». Su única propuesta fue que entregaran unilateralmente los prisioneros que siguen en su poder, sin ninguna contrapartida respecto a sus centenares de presos. No tenía en cuenta para nada que en muchos casos la guerrilla procedió a liberaciones unilaterales por decisión propia para abrir la vía del intercambio humanitario; y que incluso los familiares de militares y policías recién liberados reclaman el cese de las acciones armadas con ese objetivo porque la vida de los retenidos corre riesgo, y que se reabra la vía de la negociación y el diálogo respecto a los restantes. Esta vía quedó cerrada a cal y canto.
Santos dijo (sin excesiva modestia) que con él a partir del 10 de agosto se iniciará «una nueva era en la historia de Colombia» y convocó a la unidad nacional. Ahí metió a todos en la bolsa. No dejó a nadie afuera. Señaló que el Partido Social de la Unidad Nacional, o sea el Partido de la U (nacido para sostener la candidatura de Uribe) se había transformado en el primer partido del país, que durante la campaña electoral le habían manifestado su adhesión el Partido Conservador y el Partido Cambio Radical de Germán Vargas, así como muchos dirigentes del Partido Liberal, al cual él mismo perteneció en sus orígenes y por el cual había sido ministro en el anterior gobierno de Andrés Pastrana. A todos los invitó a arrimarse al fogón en un gobierno de unidad, del cual tampoco excluyó a Antanas Mockus, con el cual intercambiaron saludos y melosas felicitaciones. Claro está que para seguir aplicando esa política. Mockus dijo que va a apoyar lo bueno del nuevo gobierno (con el cual manifestó varias coincidencias de propósitos) y criticar lo malo.
En el plano de la política exterior, Santos aludió a los puntos candentes, o sea a las maltrechas relaciones con Venezuela y con Ecuador, país con el cual persiste la ruptura de relaciones a raíz de la masacre del 1º de marzo de 2008 en Sucumbíos, canalizada por Santos como ministro de Defensa. En esta materia no hubo nada concreto. En la campaña electoral hizo decir que se le iba a entregar al gobierno de Ecuador (dos años después) la computadora de Raúl Reyes. Al tema de las siete bases en territorio colombiano para uso de las fuerzas militares de Estados Unidos, no hizo mención alguna, a pesar de que ha provocado la protesta de los países sudamericanos, expresada en reuniones de los organismos continentales.
Apenas merece una mención la promesa de que su gobierno sacará de la pobreza a 7 millones de colombianos (en una población de 45 millones) y a 4 millones de la indigencia, porque eso forma parte de la mala literatura de ficción.
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