A 55 AÑOS DEL GUERNICA ARGENTINO
El general Benjamín Menéndez, que de él se trataba, intentó una sublevación con base en Campo de Mayo, que fue rápidamente abortada por las fuerzas gubernamentales. Perón se negó a castigar a los sediciosos con la pena de muerte, autorizada por las leyes militares de entonces. Los mandó a prisión. El 15 de abril de 1953, un grupo terrorista plantó bombas en la Plaza de Mayo para que explotaran durante una concentración obrera convocada por el gobierno. Algunas de las bombas estallaron de haberlo hecho todas, la tragedia hubiera sido aún mayor y nueve trabajadores fueron asesinados resultando heridos casi un centenar. Los «defensores de la democracia y la libertad» no se privaron de anunciar de lo que eran capaces, para terminar con el «populismo autoritario». Pero aquel 16 de junio de hace 55 años, la bestia apocalíptica comenzó a mostrar su verdadero rostro. Aquel mismo rostro que algo más de dos décadas después se instalaría en el poder para cubrir con 30 mil desaparecidos el proceso de deconstrucción del movimiento popular y de restauración conservadora, más perverso de que la Argentina tenga memoria.
Aquella mañana estaba planificado un desfile aéreo en homenaje al General San Martín y desagravio a la bandera nacional que había sido quemada durante una procesión pseudorreligiosa cinco días antes; razón por lo que no sorprendió a los miles de transeúntes que circulaban en pleno horario laboral, por la Plaza de Mayo y sus aledaños, el rugir de las turbinas ni el pesado ronronear de los motores a pistón. Sí en cambio, los paralizó el pánico de la primera bomba que estallara sobre la Casa de Gobierno y una segunda que alcanzó a un trolebús terminando con la vida de todos sus pasajeros. La tragedia recién comenzaba. En tres oportunidades los aviones de la Marina de Guerra y de la Fuerza Aérea, sembraron de bombas y metralla el centro de Buenos Aires. Esa misma Buenos Aires que reconocía como único antecedente de un hecho similar, el bombardeo británico durante las invasiones inglesas. Pero entonces, no eran argentinos los que asesinaban a sus indefensos compatriotas.
El vergonzoso balance de este cobarde atentado terrorista protagonizado por quienes usaban las armas de la Patria para descargarlas sobre el pueblo que se las había confiado para que lo defendiera, fue de casi cuatro centenares de muertos y más mil heridos y mutilados. Los argentinos teníamos nuestro Guernica.
Frustrado el intento de asesinar al presidente constitucional, y habiéndose rendido las fuerzas de la Infantería de Marina que intentaban junto a civiles armados asaltar la Casa de Gobierno, los pilotos que participaron de la masacre huyeron hacia el Uruguay donde se les concedió asilo político.
A cincuenta y cinco años de aquellos atentados criminales las casi dos mil víctimas siguen esperando Justicia y a ellas les rendimos Memoria. Porque la historia no terminó allí. Tres meses más tarde, los subversivos se hicieron del poder y Perón marchó al exilio. Al año siguiente, los «libertadores» reprimieron a sangre y fuego una asonada militar que pretendía la restitución del orden constitucional. Allí si fusilaron y también masacraron clandestinamente a 18 militares y 13 civiles. Los asesinos de los bombardeos y fusilamientos permanecieron impunes y fue esa misma impunidad las que los volvió a lanzar de cacería el 24 de marzo de 1976. Lo que demuestra que la Memoria, la búsqueda de la Verdad y la Justicia, son el único camino para que el ¡Nunca más! Sea algo más que el título de un libro o la consigna coreada en una marcha popular.
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