Franja de Gaza. Algunas reflexiones necesarias

Verdades, pinturitas y "hasbarah"

«La amnesia histórica es un fenómeno peligroso, no sólo porque socava la integridad moral e intelectual, sino también porque echa los cimientos para crímenes por venir.» Noam Chomsky

Si me referí a una nota escrita con nombre y apellido y, para destacar sus imprecisiones simplifiqué apelando a tales, lo hice, y lo suelo hacer, porque es bueno discutir con quien se haga responsable de sus juicios (y por eso es incómodo hacerlo con anónimos). Si las críticas resultan personales es porque cuesta separar una falsedad de quien la emite. Pero son entidades distintas, sin duda.

Para evitar herir susceptibilidades, tratemos de ceñirnos a lo que acabo de leer; «Cero en decir la verdad», una forma de describir mi nota ­me hago cargo de que soy su autor­ titulada «La Flota de la Paz, mal, muy mal usada» (LA REPUBLICA, 3/6/2010) como una sarta ininterrumpida de mentiras. Insultante lo del cero, ¿o no?

¿Qué había dicho yo? Que donde la nota inicial, del 29/5, cuestionaba el carácter pacífico de la «Flotilla de la Paz», mi nota (3/6) sostenía que era un intento de llevar vituallas a la Franja de Gaza, tan brutalmente sitiada y regulada en sus provisiones. La nota del 5/6 insiste en que la Flotilla de la Paz era guiada u orientada por «un grupo radical vinculado a una organización que apoya el terrorismo internacional». Los circunloquios dejan traslucir que tal vez ni son «terroristas»; puede que hable de los escrúpulos de quien lo escribió. Pero dejemos eso y concedamos que hubiera en la flotilla «sospechosos» para el gobierno sionista. La cuestión no pasa por hacerle una radiografía ideológica a viajeros y tripulantes de la flotilla sino por el comportamiento abusivo, autoritario y asesino de quienes abordaron particularmente al «Mavi Marmara», dejando en su procedimiento una decena de cadáveres, varias decenas de heridos y no se sabe si no hay además unos cuantos muertos más, desaparecidos. Y considero ­abandono la tercera persona, porque me parece así más preciso­ que lo que ha pasado en el barco no refleja sino el estilo con que el Ejército «de defensa» israelí se ha acostumbrado a lidiar con palestinos: con total desprecio por la vida…de los palestinos.

Se dice en «Cero en…»: «Bastantes problemas hay como para que encima, salga gente a decir cosas que no son, como en el párrafo en el que en la columna que hoy comentamos, se alega que ‘Israel le hace la vida imposible a los palestinos, humillándolos a diario, segregándolos, hambreándolos, impidiéndoles hasta desplazarse, trabajar, estudiar.'» ¿Cuáles son las cosas que «no son»? ¿Qué es mentira? Hay, claro, puestos de control con soldados que no humillan a los palestinos. Alguno. Pero no se trata de buenos o malos modales de los centinelas del retén (aunque también). Se trata de la política decidida por el sionismo para desalojar el territorio palestino por las malas ­ya que las buenas no han sido viables nunca­ o por las peores. De apropiarse del territorio habitado desde tiempo inmemorial por goyim. Para adueñarse de esa tierra se mata con relativa impunidad. «La verdad es que al día de hoy podemos dispararles a los árabes como se nos ocurra sin ser penados» (Arik Diamond, 2006, sargento paracaidista del Ejército israelí), se extorsiona, se raciona, se bombardea instalaciones (puertos, aeropuertos, usinas, escuelas y hasta hospitales), pero, eso sí, con fundamentos bíblicos. La nota del 5/6 insiste en presentar a la Franja de Gaza como una sociedad normal: «En Gaza no se pasa ni hambre ni sed.»; «Israel continúa no sólo enviando la ayuda humanitaria y abasteciendo de electricidad y combustible […].» Incontrastables informes dicen exactamente lo contrario: Israel no envía un ápice a Gaza; apenas deja pasar, arbitrariamente, una parte de las vituallas que la ONU procura proveer a la Franja.

La BBC informó en abril que el bloqueo que afecta a la población de la Franja de Gaza y no sólo o principalmente a Hamas, se basa en la discrecionalidad total: «Admiten el ingreso de carne enlatada, pero no de fruta enlatada, agua mineral pero no jugo de fruta, pasta de sésamo pero no mermelada, café o té pero no chocolate…». Como los listados no aparecen, cada ingreso es una peripecia porque puede ser rechazado, en la frontera, por cada guardia. Una de las tantas formas de hacerles la vida imposible a los palestinos, como recomendaba Ariel Sharon. La cita precedente proviene de la demanda judicial que Gisha, una organización de derechos humanos israelí, ha hecho contra el Estado de Israel. «El bloqueo es salvaje y cruel, está diseñado para mantener a los animales enjaulados apenas con vida, lo justo para aplacar las protestas internacionales, pero poco más. Es la última fase de los planes israelíes de larga data, respaldados por EEUU, para separar Gaza de Cisjordania.» Noam Chomsky. Y Luis Bassets, de «El País», Madrid, reproducía, cuatro días antes del abordaje criminal, justo cuando el gobierno israelí acababa de rechazar el ingreso de Chomsky, tramos del informe anual de Amnistía Internacional que también desmienten la idílica pinturita que el gobierno israelí procura presentar: «denuncia ‘los crímenes de guerra y otras infracciones graves del derecho internacional en la Franja de Gaza’, así como las ‘severas restricciones a la libertad de circulación de la población palestina de los Territorios Palestinos Ocupados’, los desalojos forzosos, la demolición de casas y expropiación de tierras en dichos territorios, la ampliación de los asentamientos israelíes ilegales, el uso excesivo de la fuerza a veces con medios letales, los malos tratos a personas, las detenciones administrativas, los juicios militares injustos y los abusos graves e impunes contra palestinos por parte de colonos y militares.»

Así que recomendaría a población y escritores que viven en, por ejemplo Jerusalén, que lean no sólo propaganda gubernamental sino informes ajenos a la cocina sionista.

Por ejemplo, el de la Universidad de Sonoma, de EEUU sobre el colapso del abastecimiento de agua en la Franja de Gaza. Lo cual no es de extrañar, puesto que los israelíes judíos disponen de cinco a seis veces más agua que los palestinos no judíos. Cualquier periodista con ojos puede ver, como Gennaro Carotenuto, y sufrir esa política diferencial contra los nativos. En una visita que hiciera a Palestina/Israel vio cómo los niños palestinos recibían racionada el agua y a pocos cientos de metros, con horrible desazón espiritual, tuvo que ver como en «las colonias» los niños judíos chapoteaban en generosas piscinas o los adultos dilapidaban agua lavando autos.

Hasta las frases de autoelogio esconden la contracara del colonialismo más artero: nos dice la nota que pretende enseñar verdades: «Basta con visitar hospitales israelíes para ver la cantidad de pacientes y médicos árabes que allí trabajan con total normalidad.» Falta agregar, tal vez por olvido, que fue una política sistemática del gobierno israelí impedir el asentamiento de servicios médicos de cierta complejidad en los territorios palestinos, remitiendo los enfermos a hospitales israelíes administrados por el Estado sionista, que también absorbían de ese modo a los médicos palestinos. En situación de crisis, es el gobierno israelí el que decide quiénes pueden atenderse.

La versión que se nos presenta habla de los que llegaron: «[en el] hospital Rambam de Haifa, [entrevisté] a la destacada nefróloga Dra. Soher Assady [palestina israelí y musulmana]. Vi que la mayoría de los pacientes internados en Nefrología pediátrica, eran niños palestinos.»(5/6). Estaría bueno preguntarse por qué esa mayoría de niños palestinos. Adelanto una hipótesis: las condiciones de vida en territorio palestino, con agua cada vez más contaminada y teniendo que soportar sus habitantes la quema de desechos domésticos que sistemáticamente los judíos israelíes hacen cerca de las aldeas palestinas y jamás cerca de sus propios asentamientos, me induce a pensar que los organismos de los niños palestinos están más
expuestos a toxinas y tóxicos. Israel ha ejercido un inmisericorde ataque, que lleva décadas, sobre la población aborigen de la presunta «Tierra prometida». No estoy hablando de Islam y judeidad, esa triste competencia que nos tira AJ con algunos siglos por la cabeza; estamos hablando de pueblos, en todo caso, el cananeo, que está allí hasta donde llega la actual arqueología. ¿De qué comportamiento moral se nos puede venir a hablar cuando el Ejército de Israel, «de defensa», emplea partículas radiactivas de tungsteno, cancerígenas e inextirpables quirúrgicamente (son microscópicas), derramando la muerte en agónicas cuotas a largo plazo, sobre adultos y niños? O cuando se ha dedicado (esporádica, pero regularmente) a atroces asesinatos colectivos (Sabra, Kana, Jenin, Gaza…). Más que de defensa parece de ocupación.

Lo que vemos sí cada vez más, es la «hasbarah»; esa cuidadosa campaña sionista para victimizarse todo el tiempo y perder así de vista los rasgos racistas, autoritarios, abusivos, en que el Estado de Israel ha ingresado hace ya demasiado tiempo.

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