OPINION INTERNACIONAL

ENEMISTADES INTIMAS

Este fenómeno de auto-odio no es nuevo ni es exclusivo de los judíos. En minorías que han tenido una larga historia de persecuciones a lo largo de la historia, son numerosos los casos de quienes pretendieron escapar a su condición de víctimas pasándose al bando del enemigo. En la historia judía en particular el fenómeno es muy antiguo. Para algunos historiadores comenzó con los judíos conversos que se convirtieron en aliados de la Inquisición y fueron los más duros perseguidores de los que hasta ayer habían sido sus hermanos. Pero es indudable que el fenómeno del auto-odio se hizo más generalizado cuando los judíos intentaron asimilarse masivamente a la sociedad europea en el siglo XIX y tropezaron con un rechazo inesperado.

En su búsqueda denodada de la igualdad con la mayoría o con minorías presuntamente esclarecidas a las que anhelaban pertenecer, estaban dispuestos a hacer cualquier concesión, incluso la de denigrarse a sí mismos.

El caso más famoso y emblemático fue el del psicólogo y filósofo Otto Weininger (1880-1903) que se convirtió al cristianismo en 1902 el día en que obtuvo su doctorado. Al año siguiente escribió su libro más famoso «Genio y Carácter» donde pretendió fundamentar filosóficamente la inferioridad de las mujeres y los judíos. Pero Weininger se encontró con el problema de que no podía rehacer su origen o volver a nacer con una identidad más pura y decidió suicidarse.

Weininger fue el caso más extremo pero no pasó de ser un caso individual. El auto-odio de carácter político tuvo un carácter más generalizado tanto en la derecha del espectro político como en la izquierda. En Alemania en los años de ascenso del nazismo al poder hubo un episodio poco conocido. Max Naumann, un abogado judío nacionalista alemán, encabezó un pequeño grupo de judíos que solicitó su afiliación al partido nazi con la esperanza de que Hitler habría de renunciar a su fanático antisemitismo. Pero fueron rechazados: Hitler no quería ninguna clase de judíos, ni siquiera a los más fervorosos chauvinistas alemanes.

Mucho más representativo y emblemático fue el caso del poeta en idioma Idisch, Itzik Pfeffer. Comunista fiel entre los fieles, stalinista a ultranza, estuvo entre los 30 escritores y activistas culturales judíos asesinados por orden de Stalin el 12 de agosto de 1952, después de un juicio secreto pergeñado en base a una serie de falsedades conocidas como el «caso de Crimea». Testimonios de familiares de los escritores que compartieron el martirio de Pfeffer revelaron muchos años después, cuando pudieron salir de la Unión Soviética, que éste había sido un informante de la Policía Secreta y que había instado a sus compañeros a firmar las confesiones fraguadas preparadas por sus verdugos, hasta que él mismo fue ejecutado.

Si la destrucción de la vida cultural judía en la URSS entre 1948 y 1953 y el terror desencadenado contra los judíos por el Partido Comunista soviético fue un duro golpe para los comunistas judíos de todo el mundo, un desengaño aún mayor fue la desintegración de la Unión Soviética y la caída del mundo comunista.

Durante casi un siglo hubo una lucha encarnizada entre los sionistas que querían una patria judía y una «normalización del pueblo judío» y los internacionalistas judíos que sostenían que sólo la redención de toda la humanidad podría solucionar el problema judío. La desproporción de fuerzas era considerable. El sionismo era un movimiento minoritario que tenía muchos detractores desde los religiosos fanáticos hasta judíos laicos que temían que un nacionalismo judío pondría en tela de juicio su lealtad a sus países de residencia. Pero su principal rival entre las masas judías especialmente en Europa Oriental, pero también en el resto del mundo, era el comunismo, que gozaba del apoyo de un gran país y un poderoso movimiento internacional.

Sin embargo, fue el sionismo encarnado por el Estado de Israel, el que ganó la batalla histórica. Pese a que se vio obligado a librar varias guerras, a una sistemática hostilidad árabe desde su mismo nacimiento en 1948 y a los graves problemas con sus vecinos en una región en la que varios grandes países islámicos se disputan la hegemonía y utilizan como arma en esa disputa la hostilidad contra Israel y las dificultades para resolver el problema palestino, la epopeya del Estado judío es una increíble historia de éxito en la economía, la ciencia, la tecnología, la cultura y la integración de inmigrantes de todo el mundo incluyendo la ex Unión Soviética.

Todo esto es apenas una mera introducción a un gran tema que ocupa a sicólogos y sociólogos de muchos países. Pero puede explicar en alguna medida el extraño amor de algunos judíos por islamistas fanáticos que consideran a todos los judíos (incluyendo a los judíos «buenos» que odian al estado de Israel) como descendientes de «cerdos y monos».

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