LAS SANCIONES, GRAVISIMA AMENAZA
El presidente Lula, gran impulsor del acuerdo tripartito, declaró en Natal que «el Consejo de Seguridad arrojó por la borda una oportunidad histórica de negociar con tranquilidad el programa nuclear iraní y discutir al mismo tiempo con la mayor profundidad la desactivación de países que poseen armamento nuclear». Agregó que lo que hizo Brasil fue «dar una oportunidad a la negociación, pero ellos (la mayoría del Consejo) demostró que no quería negociar», por lo cual el episodio es emblemático en cuanto a la necesidad imperiosa de reformar la integración del Consejo de Seguridad.
Palanqueada por Estados Unidos, con el apoyo de Francia y Gran Bretaña y además de Alemania, la moción tuvo 12 votos. Brasil y Turquía votaron en contra y El Líbano se abstuvo. Desde 2006 hubo tres series de sanciones anteriores a ésta, las dos primeras por 15 votos, unanimidad, y la tercera con la única abstención de Indonesia. Las sanciones son draconianas: afectan el comercio y las inversiones, prevén inspecciones a barcos y aviones rumbo a Irán (como hizo Israel a sangre y fuego con la Flotilla de la Libertad), instituye controles a los bancos, vigilancia de las transferencias monetarias, coloca empresas iraníes en la lista negra, prohibe compras de armamentos, entre otras. No afecta al petróleo. Vimos en la pantalla a la delegada brasileña en el Consejo de Seguridad, Luiza Ribeiro Viotti, quien afirmó que las sanciones «van a favorecer a los que, en todos lados, no quieren que el diálogo prevalezca» y que las mismas «no son un instrumento efectivo y van a provocar el sufrimiento del pueblo de Irán». Tras defender el acuerdo Irán-Brasil-Turquía dijo que «las experiencias pasadas (como en Irak) revelan que la espiral de sanciones, amenazas y aislamiento pueden tener como resultado trágicas consecuencias».
Es aquí que entra en escena el gobierno de Israel. El viceprimer ministro Sylvan Shalom declaró que las nuevas sanciones contra Irán constituyen «un paso importante en la buena dirección», pero (aquí viene lo importante) «no bastan», e instó a «contemplar rápidamente otras medidas contra Irán si este país no renuncia a sus proyectos nucleares».
Se está hablando, inequívocamente, de utilizar el arma nuclear contra Irán, a pretexto de impedir a este país dotarse del arma nuclear, objetivo que éste niega rotundamente a la vez que afirma su derecho al uso pacífico de este tipo de energía. No es la primera vez que Israel coloca sobre la mesa este objetivo concreto, detrás del cual está su armamento nuclear (que le ha sido provisto por Estados Unidos), consistente en unas 300 ojivas. El gobierno de Tel Aviv mantiene este tema bajo siete llaves, pero es un secreto a voces. Más aún, recientemente se publicaron los documentos intercambiados en 1975 entre el entonces presidente de Israel Shimon Peres y el ministro de Defensa del régimen sudafricano del apartheid, Pieter Willem Botha, referidos a la venta de un conjunto de cabezas de misiles israelíes al régimen racista. El gobierno de Tel Aviv tenía una variada oferta, de todo tipo y tamaño. De eso hace 35 años, y sin duda se ha perfeccionado.
Obama dijo que con las sanciones a Irán se envía «un inequívoco mensaje sobre el compromiso de la comunidad internacional para detener el avance de las armas nucleares». Pero esto no rige para las potencias nucleares, que son las que detentan el monopolio del veto en el Consejo de Seguridad. Y tampoco para Israel, por lo visto.
Es lo que advierte Fidel Castro, al afirmar que «Israel no se abstendría de activar y usar, con total independencia, el considerable poder nuclear creado por EEUU en ese país. Pensar otra cosa, es ignorar la realidad». Preveía que el Consejo de Seguridad votara las sanciones a Irán (como sucedió) y añade: «Es obvio que Israel tratará de destruir las instalaciones donde Irán enriquece una parte del uranio que produce. Es también obvio que Irán no se plegará ante las amenazas de Israel. Las consecuencias podrían ser catastróficas». La reflexión se titula: «En los umbrales de la tragedia».
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