EL ASESINATO DE MONSEÑOR ROMERO
El día anterior, domingo 23 de marzo, monseñor Romero celebró su misa habitual en la Catedral y en la homilía se dirigió en particular a los soldados, a los guardias nacionales, a los policías y a todos los cuerpos de seguridad, para decirles que no debían matar a sus hermanos campesinos. Afirmó que la ley de Dios prohibe matar y que esa ley prevalece sobre cualquier otra. Que no deben obedecer ninguna orden de matar a nadie. «En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, ¡les ordeno en nombre de Dios: cese la represión!». Esas palabras repercutieron profundamente en todo el país. Pero a la vez con ellas el arzobispo estaba firmando su sentencia de muerte.
Como se sabe, este crimen ha permanecido impune. Pues bien: el periodista salvadoreño Carlos Dada acaba de publicar en el periódico El Faro de la capital una serie de entrevistas sensacionales, que llevan directamente a los responsables y participantes en este asesinato abominable. Los fue a buscar a Estados Unidos, donde varios de ellos están refugiados desde hace años. (Otros han muerto, como el propio D’Aubuisson, de un cáncer de lengua en 1992). Se ha dicho con razón que este trabajo merece los premios máximos del periodismo. Su conclusión, ampliamente fundamentada, es la siguiente: «El mayor Roberto D’Aubuisson fue parte de la conspiración para asesinar a monseñor Oscar Arnulfo Romero, aunque el tirador lo puso un hijo del ex presidente Arturo Armando Molina de nombre Mario». Esto lo dice el capitán de aviación Alvaro Rafael Saravia, que el periodista localizó en un lugar ignoto de Estados Unidos, donde su vida se arrastra en la miseria después de haber ejercido oficios múltiples, incluso lavador de narcodinero de la mafia colombiana. Publica asimismo entrevistas a otros participantes en el operativo criminal que también están fuera del país, como Gabriel Montenegro y Fernando Sagrera.
El capitán de aviación Alvaro Saravia fue reclutado por D’Aubuisson , experto en inteligencia contrainsurgente, cuando estaba abocado a la formación de los Escuadrones. El 24 de marzo 1980 se encontraba en la casa de Roberto Daglio, un empresario que pasaba la mayor parte del tiempo en Miami y contribuía a la financiación de dichos escuadrones. Saravia debía coordinar la entrega del auto que conduciría a quien iba a disparar contra el arzobispo. Allí apareció un Volkswagen Passat de color rojo, 4 puertas, donado a D’Aubuisson por la propia compañía. El chofer era Amado Garay, un ex soldado oriundo de Quezaltepeque. A las 4.30 del día señalado, Saravia le ordena que conduzca el Passat al estacionamiento del Hotel Camino Real. Posteriormente, llevó al asesino hasta la puerta de la iglesia, y consumado el crimen lo depositó en lugar seguro. Garay es hasta hoy el único participante en el operativo que dio su testimonio, y vive en EEUU en la condición de testigo protegido.
El tirador es salvadoreño, ex guardia nacional y era miembro del equipo de seguridad de Mario Ernesto Molina Contreras, hijo menor del ex presidente Arturo Armando Molina y hermano del general Jorge Molina Contreras, que fue ministro de Defensa del presidente Antonio Saca. El coronel Arturo Molina era uno de los militares más poderosos de El Salvador y presidió el país entre 1972 y 1977. En esa Casa Presidencial (según el relato de Alvaro Saravia) se reunía un grupo de guardias nacionales que posteriormente conformaron el equipo de seguridad privada de Mario Molina y de donde salió el hombre que truncó la vida de monseñor Romero. Allí había gente que vestía de civil, no andaban uniformados y acompañaban al presidente en sus giras. Mario Molina está mencionado en el informe de la Comisión de la Verdad y en el de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, mantuvo un bajo perfil y vive fuera del país.
Ahora, el trabajo periodístico de Carlos Dada contribuye a develar el revés de la trama de este crimen infame.
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