UNA GUERRA DE SIMBOLOS
Después de que en 1994 el gobierno francés prohibiera los velos en las escuelas y de que en 2004 vedara el uso de símbolos religiosos ostentosos en las escuelas, el Comité Parlamentario, encabezado por el líder de la bancada oficialista Jean Francois Copé, propone una ley que establezca que «nadie, en lugares abiertos al público o en la calle, puede utilizar una vestimenta o un accesorio cuyo efecto sea ocultar el rostro». Para los violadores de esta norma se propone una multa de 750 euros.
La adopción de la medida no es inminente. Será debatida recién a fines de marzo, poco después de la celebración de elecciones regionales. Seguramente será duramente atacada en nombre de la «libertad religiosa» por países musulmanes, donde esa libertad no existe para los cristianos, como en Arabia Saudita o Argelia o donde los cristianos son periódicamente víctimas de ataques, como en Egipto o Nigeria.
No obstante, los representantes de otras religiones en Francia se han mostrado cautelosos. En declaraciones al diario francés «Le Figaro» (20.1.2010) dirigentes de la Iglesia Católica dijeron no expresar una opinión oficial, pero se oponen a la burka porque oculta el rostro, manifestación de la persona. Líderes de la Federación Protestante consideraron inconveniente una ley para reglamentar el problema de la burka, aunque admitieron la necesidad de verificar la identidad de quién la use por razones de orden público. Tanto el gran rabino de Francia, Gilles Bernheim, como la entidad representativa de los judíos de Francia (CRIF) manifestaron no tener una posición oficial, ya que lo ven como un tema que concierne a los musulmanes. Pero al mismo tiempo señalaron que eso no quita que los judíos como ciudadanos franceses puedan tener una opinión sobre el tema. Si bien el Consejo Francés del Culto Musulmán (CFCM) admite que el uso de la burka no constituye una obligación islámica, se opone a una ley porque contribuiría al aumento de la animosidad contra el Islam.
Según el Ministerio del Interior de Francia, sólo unas 1.900 mujeres, una muy pequeña parte de las mujeres musulmanas en el país, utilizan el velo que cubre todo el rostro, por lo que la prohibición podría afectar a turistas ricos de Arabia Saudita o de países petroleros del Golfo. De acuerdo a estimaciones de la Policía, dos tercios de esas 1.900 mujeres son ciudadanas francesas y la cuarta parte son conversas al Islam.
Muchos que se expresaron contra la ley no lo hicieron por principios, sino por razones prácticas, ya que a menudo la burka utilizada por las mujeres no es una elección suya, sino una imposición de sus maridos. Por ejemplo, Laurent Joffrin, editor del diario «Libération», escribió : «Francia sería el único país del mundo que envía a su Policía a detener a mujeres en la calle, quienes en realidad son víctimas y no culpables». También la diputada ecologista francesa Cécile Duflot puso en evidencia su difícil dilema moral: «La burka me hiere humanamente como mujer y como feminista, pero no sé cómo resolver esta dificultad».
A su vez, el alcance simbólico de la ley tendría primacía y todo parece indicar que no habría dificultades parlamentarias para su aprobación. El presidente de la Comisión, Jean Francois Copé, dijo tener el apoyo de 220 diputados y las encuestas parecen señalar que la prohibición de la burka cuenta con la adhesión de una amplia mayoría de franceses.
La polémica vestimenta islámica también fue un tema de diversión para la prensa. Una artista francesa entrevistada por el diario popular «Le Parisien» reveló que quiso comprobar cómo era vivir con la burka y la usó durante un mes. «Fue un infierno confesó sudé terriblemente en el verano y cuando llovió me mojé toda porque la tela absorbe el agua como una esponja».
Pero el tema dista mucho de ser humorístico. A los partidarios de la prohibición no les queda la menor duda de que su fracaso sería interpretado como una victoria del islamismo más agresivo y militante. Los propios musulmanes no tienen dudas al respecto. Por ejemplo, Dalia Boubakeur, rector de la Mezquita de París, citado por «The Economist» admitió que quienes desean imponer la burka son, sobre todo, los salafistas, a quienes la revista británica define como «una rama ultra puritana del Islam radical».
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