Haití. Un suburbio de Puerto Príncipe en ruinas y sembrado de cadáveres

En Petionville, víctimas del terremoto imploran en creole la ayuda a Dios

«Mi casa se derrumbó. Mis dos hermanos Patric y Gregory están muertos y todavía no encontramos sus cuerpos», cuenta Francesca, de 14 años, sentada en la calle con un pañuelo negro en la cabeza.

«Esperamos encontrar una casa para dormir. Sólo Dios puede ayudarnos», agrega desesperada Francesca, que pasó la noche del miércoles en la plaza de la iglesia de San Pedro en compañía de sus veinte hermanos y primos.

En la misma plaza, miles de haitianos durmieron a la intemperie sobre telas que hacían de colchones y cubiertos por sábanas blancas.

Apenas iluminados por una linterna, una vela o una lamparilla conectada a la batería de un coche, las víctimas del terremoto esperan en esa plaza arbolada, alejada de los edificios, a que cesen las réplicas del sismo y surja un techo para dormir.

Al atardecer, una marcha de varias centenas de personas atraviesa ese campamento improvisado cantando desaforadamente «a la gloria de Dios».

«Adelante soldados de Cristo, la liberación está cerca», gritan en francés golpeándose con las manos los codos y las rodillas.

La alegre procesión contrasta con un decorado de ruinas y cadáveres amontonados a lo largo de las calles.

Entre los fieles, Samuel Maxilis, 20 años, cuenta cómo vivió el terremoto de magnitud 7 que el martes por la tarde golpeó la capital haitiana.

«Caían bloques de cemento por todos lados. La gente lloraba. Trepé como un gato a un depósito para salvar a mis primos. Mi casa está hecha polvo, no puedo vivir más ahí dentro», cuenta Samuel, un «héroe» que sueña con ir a Cuba para estudiar medicina.

Más lejos, en la plaza de la iglesia de San Pedro, un pequeño grupo grita en criollo haitiano: «Señor ven a salvarnos. Amén».

Celita Saint-Jean, una profesora de 50 años, se une al grupo en busca de un poco de consuelo.

«Las comunicaciones fueron restablecidas hace una hora. Acabo de enterarme de que mi hermana y su hijo desaparecieron», explica Celita Saint-Jean.

«Un edificio se derrumbó sobre la casa. No los encontraron. No se sabe si murieron. Espero a que amanezca para ir a buscarlos», dice Saint-Jean delante de coches cubiertos de polvo.

Bajo una sombrilla o al abrigo de una lona azul, las personas se reúnen en grupos pequeños para escuchar los testimonios difundidos por la radio local Señal F, comer cerdo a la brasa o intentar dormir sin ser pisoteados.

Un grupo de jóvenes se junta alrededor de una carretilla llena de botellas de Tafia, el alcohol local, que intentan vender a las víctimas por algunas monedas.

«Tomen, sirve para emborracharse», dicen a la gente que pasa.

 

PROCESO INTERRUMPIDO

El terremoto que devastó Haití el martes, dejando miles de muertos, amenaza con interrumpir el proceso de recuperación que había empezado años atrás en este empobrecido país, temen los expertos. «No es solamente una destrucción sin precedentes. El terremoto paralizó bruscamente un buen comienzo», lamentó Bob Perito, coordinador de los programas de ayuda del Instituto estadounidense por la paz (USIP). El temblor, el peor ocurrido en 200 años en la isla Española, pudo haber causado más de 100.000 muertes, anticipó el ministro de Haití Jean-Max Bellerive.

«Había tanta esperanza para el futuro de Haití, una esperanza tal, como no había habido desde hace años, y la naturaleza lo acabó», dijo la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton, que conoció bien Haití.

Su marido, el ex presidente Bill Clinton, encabeza una misión de la ONU en la isla. Según Perito, «los haitianos sentían que las cosas estaban mejor» después de dos décadas de dictadura, inestabilidad y violencia política. «La economía comenzaba a registrar un poco de crecimiento, del orden del 1 al 2% al año. Los inversionistas llegaban. Estos días, una cadena hotelera había decidido construir en la isla. Había también unas inversiones en textiles», explicó a la AFP.

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