EL DOBLE SOBREVIVIENTE
El lunes 6 de agosto de 1945 el ingeniero Tsutomu Yamaguchi, de 29 años, funcionario de la empresa Mitsubishi, se encontraba realizando su labor profesional en Hiroshima. En el momento de la explosión de «Little Boy» (sobrenombre de la bomba atómica lanzada desde el Enola Gay), caminaba por una calle a dos kilómetros del «punto cero». Quedó con graves quemaduras en ambos brazos, pero integró el contingente de los 140 mil sobrevivientes. Se estima que 140 mil personas fallecieron hasta fines de ese año 1945 en Hiroshima a consecuencia de las bombas, la mitad el mismo día del lanzamiento. Otros cientos de personas murieron posteriormente por leucemia y distintos tipos de cáncer.
Dos días después, el ingeniero Yamaguchi regresó a su residencia en la ciudad de Nagasaki. El jueves 9 de agosto, ya en su trabajo, estaba hablando con sus colegas sobre el bombardeo de Hiroshima cuando la segunda bomba nuclear lanzada por EEUU, denominada Fat Man, detona sobre la ciudad a tres kilómetros del lugar donde estaban reunidos. En este caso se encuentra entre los 70 mil sobrevivientes estimados. Las víctimas (hasta fines de ese año) fueron del orden de las 80 mil, y el trágico recuento siguió en los años siguientes. El ingeniero declaró en esta instancia: «Yo creí que la nube en forma de hongo me había perseguido hasta aquí».
El comenzó a contar su historia solamente a partir del año 2005, después de la muerte a consecuencia de un cáncer de su segundo hijo, también sobreviviente de Nagasaki. En 2006 se realizó un film documental en base a sus experiencias. Al proyectarse luego esa película en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York, pronunció allí un discurso alusivo. El 22 de diciembre pasado, lo entrevistó el realizador cinematográfico James Cameron, que proyecta realizar un largometraje sobre el tema de las bombas atómicas. «Mi misión ya ha terminado», le respondió Yamaguchi. Fue como una premonición. Pocos días después falleció, en las circunstancias apuntadas. Había sobrevivido 64 años a los dos bombardeos sucesivos.
Este hecho conmovedor trae a la conciencia el recuerdo de los dos únicos bombardeos nucleares de la historia que constituyen a la vez los mayores crímenes en la sucesión de las guerras de todos los tiempos. Y además, absolutamente inútiles. El curso de la Segunda Guerra Mundial estaba sellado, y el eje RomaBerlínTokío totalmente desarticulado, después de la toma de Berlín por el Ejército Rojo el 2 de mayo de 1945 y la firma de la rendición incondicional por parte del mariscal von Keitel ante el alto mando soviético el 8 de mayo en Karlshorst, cerca de la capital germana. Los ejércitos soviéticos, liberado totalmente ese frente, se volcaban hacia el este, a Manchuria, para colaborar en la derrota definitiva de los ejércitos del imperio nipón, que ya no tenían escapatoria.
En Potsdam, en las afueras de Berlín, estaban reunidos desde principios de agosto Stalin, Churchill y Truman, que reemplazaba a Roosevelt, muerto en el ejercicio de su cuarta presidencia. Tanto Churchill como Roosevelt habían elogiado sin reticencias el papel del Ejército Rojo en la derrota de la Alemania hitleriana. El lugar del histórico encuentro puede visitarse actualmente. En cierto momento, Truman recibe una nota del Pentágono solicitando autorización para el primer bombardeo atómico. La historia cuenta que se lo mostró a Stalin y que éste ni siquiera pestañeó. En el reverso, Truman escribió: «No antes del 6 de agosto». Ese mismo día se consumó. Libros y piezas de teatro han descrito los tremendos problemas psicológicos y morales padecidos por el autor del bombardeo, que vivió angustiado el resto de sus días sin poder sacarse de la cabeza las consecuencias de las destrucciones que presenció desde lo alto. Pudimos apreciarlo hace unos años en el atrio de la Intendencia en una ilustrativa exposición organizada por la embajada de Japón, que constituía un llamado a afirmar la paz en el mundo.
Infortunadamente, no es éste el panorama actual. Se multiplica el número de tropas en Afganistán sin que se avizore una salida, lo mismo en Irak, surgen nuevas amenazas contra Yemen, crecen las bases militares yankis incluso en América (en Colombia y Panamá), sin olvidar la gigantesca base que mantienen desde el fin de la guerra en Okinawa, precisamente en Japón.
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