EL DESCARO DEL DICTADOR MICHELETTI
En efecto: después del golpe de Estado del 28 de junio, en que sacaron a Zelaya con violencia y la fuerza de las armas de su domicilio en piyama y lo llevaron a Costa Rica, y después que armaron el tinglado de la farsa en el Congreso en que el presidente del mismo se erigió fraudulentamente en presidente de la República, ¿acaso ahí mismo no exhibieron un presunto documento pretendiendo que contenía la renuncia de Zelaya a la presidencia? La maniobra era tan escandalosamente burda que cayó por su propio peso. Todos vimos por TV ese mamarracho que lucía un garabato en lugar de firma. (Lo mismo le hicieron a Chávez en el golpe de 2002). Ahora, sacaron de la troya ese engendro, ni lo mencionan, y le reclaman al presidente constitucional que firme un documento de renuncia a su cargo, a lo que con total dignidad se niega rotundamente, demostrando una vez más su rectitud de conducta y la defensa de la dignidad de su cargo, para el cual el pueblo lo invistió hasta el 27 de enero próximo. Hasta esa fecha, insistió, él sigue siendo presidente.
Veamos los antecedentes inmediatos. Brasil y Argentina le solicitaron al gobierno de México que recibiera a Zelaya. México aceptó, manteniendo su conducta principista de respeto al derecho de asilo, que es tradición nacional y propia de los gobiernos de cualquier signo, como los uruguayos tuvimos ocasión de comprobar en los años de la dictadura. México solicitó un salvoconducto el miércoles para que Zelaya viajara a ese país como huésped, lo que fue rechazado por el régimen de facto, que alegó que sólo aceptaría que saliera del país como asilado, lo que implica la renuncia a la presidencia. Tal fue el sentido de la comparecencia de Micheletti en los canales de TV.
Zelaya declaró que «el gobierno de facto tuvo otro fracaso al querer que yo depusiera mi cargo y renunciara», y reiteró que su mandato finaliza el 27 de enero y ni un día antes. El canciller brasileño Celso Amorim criticó duramente la actitud del régimen golpista y lo que calificó como «una exigencia absurda», que viola todos los precedentes y la legislación internacional. «Esa alegación del gobierno golpista es inaudita agregó, no pueden poner condiciones para que Zelaya salga del país, ello demuestra la marginalidad de ese gobierno respecto a las normas internacionales en vigencia».
Por su parte, el candidato que llegó al frente de las elecciones espurias del 29 de noviembre, Porfirio Pepe Lobo, guardó un prudente silencio al respecto. Lo que prefirió hacer, al día siguiente de las elecciones, fue reunirse con los altos mandos militares, los que dieron el golpe al cual Lobo adhirió y ahora siguen controlando la situación interna. Luego invitó a los líderes del movimiento de resistencia a reunirse con él en un «gran diálogo nacional» el lunes 14 de diciembre en el Hotel San Martín, lo cual motivó una condigna respuesta, en forma tan inmediata como tajante.
Se recordará que el movimiento de resistencia recibió una carta del presidente Zelaya instándolo a organizar un gran frente contra la dictadura, agrupando fuerzas sociales y políticas que han demostrado en estos seis meses su militancia sistemática por el reintegro de Zelaya y la recuperación democrática. En ese espíritu, declararon que la invitación de Porfirio Lobo es «engañosa, abusiva y burlesca», que desconoce a la Resistencia como fuerza social, integradora y popular, que no caerá en la trampa de ser utilizada para acciones politiqueras que pretenden mostrar al mundo una falsa ventana de reconciliación e integran una estrategia para escapar de las sanciones internacionales. Y concluyen con estos párrafos definitorios: «Ningún diálogo sin el auspicio del gobierno legítimo, sin el reconocimiento expreso y público de que hubo un golpe de Estado, de que se cometen delitos contra la Constitución, otras leyes y los derechos humanos, sin indicadores de acciones contundentes de la Fiscalía y de la Corte Suprema de agilitar juicios por delitos contra los derechos humanos, sin liberación de los resistentes acusados de ‘terrorismo y sedición'; ningún diálogo bajo las armas, con persecución militar y policial, con militares encapuchados en las calles y en los barrios, con represión y muerte, con medios de comunicación reprimidos, asaltados y excluidos».
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