América Latina: la mayor desigualdad social
Por Niko Schvartz
De la ristra de cifras presentadas por el titular del BID, Enrique Iglesias, esas son las que importa retener, ya que reflejan en profundidad la situación de la región y los resultados de las políticas económicas que se vienen aplicando de norte a sur (aunque sobre lo último el informe diga lo contrario). De cualquier manera, dichos números develan la realidad continental: 44 de cada 100 latinoamericanos viven (es una manera de decir) en la pobreza, y cerca de la mitad de ellos en la indigencia. La mayoría de los niños latinoamericanos nacen en hogares pobres, y de entrada ven limitadas sus posibilidades de educación y de desarrollo integral como seres humanos.
El informe del BID
La desigualdad social en el planeta se aceleró vertiginosamente en los últimos años, llegando a límites inconcebibles en períodos anteriores. En ese cuadro, América Latina es el continente en el cual la desigualdad social alcanza el máximo grado, como lo expresara con todas las letras Enrique Iglesias en Santiago. Explicitó que en la mayoría de los países latinoamericanos persiste una grave inequidad distributiva ya que un 40% de los ingresos nacionales son manejados por el 10% de la población más rica, mientras el 30% más pobre recibe apenas el 7,5% del ingreso total, con sus consecuencias de desempleo, exclusión y problemas sociales derivados.
No es una apreciación aislada. Los estudios de economía mundial coinciden en destacar la magnitud de la inequidad social en América Latina. Por ejemplo, el documento estudio del programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) correspondiente a 1999 demuestra que en el decenio pasado se concentró el ingreso, los recursos y la riqueza entre gente, empresas y países, y que en América Latina «una de las características más sorprendentes de la distribución del ingreso es la enorme diferencia entre el 20% superior y el 20% inferior». O sea, concentración de la riqueza en un grupo de países y al interior de cada país, contradiciendo expresamente la teoría de la convergencia esgrimida por ciertos economistas.
Los pobres del mundo
El informe de PNUD señalaba que el patrimonio de las 3 personas más ricas del mundo era superior al PNB sumado de los 48 países menos desarrollados y sus 600 millones de habitantes. El patrimonio de las 200 personas más ricas aumentó de 440 mil millones de dólares a más de un billón (un millón de millones) entre 1994 y 1998, y es superior al ingreso combinado del 41% de la población mundial, unos 2.400 millones de seres. Hay multinacionales con más poder que varios estados juntos. En los países en desarrollo vive el 80% de la población mundial y cuentan con menos de la quinta parte del PIB mundial.
La situación a escala mundial ha ido retrogradando. 60 países se empobrecieron constantemente desde 1980. Más de 80 países tienen hoy ingresos per cápita inferiores a los de hace un decenio o más. A la vez, 55 países experimentaron una reducción de ingresos en comparación con los de 1990: son los del Africa subsahariana, Europa oriental y la ex URSS. Así como la del 80 fue calificada de «década perdida», se habla ahora de la del 90 como de la «década de retroceso». Un estudio del Banco Mundial presentado por su presidente James Wolfensohn revela que el 56% de la población mundial, unos 3.300 millones de personas, vive con menos de 2 dólares diarios, y de ellos 1.300 millones con menos de 1 dólar diario. Estas cifras van en aumento, por lo cual extrae la subversiva conclusión de que «en todo el mundo los ricos se vuelven más ricos y los pobres quedan más pobres». En este cuadro general se ubica América Latina en el grado de máxima disparidad.
Los niños
Subleva la conciencia la situación de los niños. Cada año mueren 12 millones de niños por hambre o por enfermedades perfectamente curables a un mínimo costo: es el equivalente al impacto de 40 bombas de Hiroshima. Más de 260 millones de niños no asisten a la escuela (y hay 850 millones de adultos analfabetos). Se cuenta 160 millones de niños desnutridos y más de 250 millones de niños que trabajan en las condiciones descritas en el capítulo XIII de El Capital de Marx o en las novelas de Dickens. Una contribución anual del 1% de las 200 personas más ricas del mundo podría dar acceso a la educación primaria para todos, a un costo de 7 a 8 millones de dólares. Es menos de lo que gasta anualmente EEUU en cosméticos o Europa en helados. Piénsese en la tasa Tobin, que moviliza a las Attac en todo el globo.
En el informe y en el resumen final de la reunión del BID, Iglesias planteó que como nunca «el desarrollo de la región requiere con urgencia un fuerte impulso y un reordenamiento de sus prioridades, dando mayor énfasis al combate contra la pobreza». Reiteró que ésta es la primera prioridad (junto al aumento de la competitividad y a consolidar la integración, aunque esto parece centrarlo en el polémico proyecto del ALCA, resistido por varios países, Brasil en primer término). En relación con la pobreza planteó el tema del desempleo, que en cifras oficiales alcanza un promedio regional del 7,8%, con picos superiores al 12% en Argentina, Colombia, Uruguay y Venezuela. (La desocupación real, unida a subocupación y trabajo informal, es sensiblemente superior).
La misma milonga
Año tras año este ritornello se repite. Nunca faltan las alusiones a la pobreza, al desempleo y a los problemas sociales. Iglesias dijo en la clausura que «la cuestión social debe ser el tema central». Pero siempre ocurre lo contrario. Se alega que sin las reformas (es decir: las privatizaciones, las desregulaciones, la rebaja salarial, etc.) la situación sería peor. Es el mismo verso con que presentó su paquete salvaje el ex ministro López Murphy, quien en la capital chilena recibió por anticipado el sentido pésame de sus cofrades. Pero son justamente esas directivas fondomonetaristas las que condujeron al drama actual, en relación de causa a efecto.
Un ejemplo: en el informe del BID se señala que la pobreza se extendió «por la falta de sistemas adecuados de protección social». Bien sabemos que la receta única del neoliberalismo es la que llevó a arrasar los sistemas de seguridad social, en la medida en que pudo imponerse a la ahincada resistencia del movimiento obrero y popular.
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