El fútbol en la dictadura
Buenos Aires, ANSA
Utilizado por la dictadura, que vivió un momento de gloria durante la polémica Copa Mundial de 1978, el fútbol argentino adherirá el sábado al 25º aniversario del golpe militar y canceló toda su actividad para ese día.
«Los pueblos que olvidan su historia no tienen futuro», afirmó Roberto Digón, vicepresidente de Boca Juniors, un sindicalista cofundador de la Asamblea por los Derechos Humanos, una de las 200 entidades que pidieron la suspensión del fútbol.
También la Confederación Argentina de Deportes (CAD) pidió a sus Federaciones afiliadas que suspendan toda actividad para el sábado, cuando las entidades de derechos humanos manifestarán en repudio del golpe del 24 de marzo de 1976.
A las pocas horas del golpe, en medio de prohibiciones a las actividades políticas y sindicales, el comunicado número 23 de la Junta se refirió por primera vez al fútbol: lo hizo para autorizar la difusión por TV del partido amistoso que la selección argentina jugaba en Chorzow ante Polonia.
En Chorzow, al enterarse del golpe, Mario Kempes, la gran figura del Mundial 78, estalló en llanto y debatió con algunos compañeros la posibilidad de volver inmediatamente a la Argentina, según contó el ex jugador Marcelo Trobbiani.
La dictadura, que intervino a la CAD, no pudo hacer sin embargo lo mismo con la Asociación de Fútbol Argentino (AFA), aunque sí forzó la salida del presidente David Bracuto ae impuso el nombre de Alfredo Cantilo.
Además, para mantener en manos militares la organización del Mundial, la Junta creó el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78), que tuvo como «hombre fuerte» al almirante Carlos Lacoste.
Lacoste fue el representante en el deporte del almirante Emilio Massera, uno de los tres responsables de la Junta Militar, condenado en 1985 a prisión perpetua por la justicia por desapariciones y torturas e indultado en 1990 por el presidente Carlos Menem.
Massera, según contó una vez el ex secretario de Hacienda Juan Alemann, fue quien convenció al teniente general Jorge Videla, cabeza de la Junta, a que se mantuviera la organización del Mundial, convencido de que el torneo serviría para mejorar «la imagen argentina en el exterior».
Aquel Mundial, que Argentina ganó al vencer 3-1 a Holanda en dramática final, sirvió efectivamente como gran propaganda política para la dictadura, al punto que suele ser recordado como fenómeno de manipulación junto con los Juegos Olímpicos de Berlín ’36, en plena Alemania nazi. El Estadio de River, sede de la apertura y de la final del Mundial, entre otros partidos, está ubicado a escasos mil metros de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), centro de torturas en manos de Massera.
«Â¡Ganamos, ganamos!», gritó eufórico «el Tigre» Acosta, célebre torturador, a sus víctimas, a algunas de las cuales sacó incluso en un automóvil para que vieran ellas mismas los festejos populares por la conquista del Mundial.
Una de las víctimas, Graciela Daleo, pensó en abrir la ventanilla y gritar que era una «desaparecida», pero advirtió que nadie la escucharía, según contó ella misma a la revista 3 puntos. «En mi propia casa, mientras yo lloraba en la cocina, mi esposo gritaba los goles por televisión. Pero no me confundo, la gente fue usada, no es responsable de los 30.000 desaparecidos», expresó una vez Hebe de Bonafini, titular de las Madres de Plaza de Mayo.
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