EL CONFLICTO COLOMBIAVENEZUELA
El tema volverá a plantearse en la próxima reunión de Unasur, en Quito. El canciller venezolano Nicolás Maduro anunció que allí va a presentar pruebas de las incursiones de paramilitares colombianos en su país, y recordó que numerosos legisladores y gobernadores afines al gobierno de Alvaro Uribe, así como militares y directivos de los servicios de espionaje del DAS, están presos por sus vínculos comprobados con las organizaciones paramilitares.
Sobre el fondo de este tema, deseo compartir un análisis firmado por Juan Cendales (que podría ser el seudónimo de un dirigente del PC y del Polo Democrático de Colombia) que se titula interrogativamente «¿Inminente la guerra colombovenezolana?» y describe el actual estado de situación en estos términos: «Las trompetas de la guerra parece que fueran a sonar en cualquier momento. Que en instantes se inician las hostilidades. Las declaraciones presidenciales se calientan, la frontera está en tensión y dos puentes fronterizos fueron derribados. Solo cabría esperar los tiros».
Luego trata de bajar los decibeles. Anota que no es la primera vez que esto sucede. Las fronteras fueron definidas recién en 1941 y siempre estuvieron en disputa. Especialmente desde que el presidente Truman sentó en 1945 la doctrina del derecho de los países ribereños al uso de la plataforma continental, lo que calentó el debate sobre los límites en el compartido lago de Maracaibo. En agosto de 1987 la tensión militar fue mucho más intensa, porque una corbeta ARC colombiana penetró en aguas venezolanas del Maracaibo, y de inmediato el cielo a ambos lados del lago se pobló de aviones F-16 y las aguas de buques y submarinos de guerra. La intervención de la OEA impidió lo que parecía una guerra inminente. Desde entonces la frontera nunca estuvo tranquila.
Hoy la situación es completamente diferente, según sostiene el analista. No se trata de un diferendo sobre los límites del lago Maracaibo y su riqueza petrolera. «Ahora se trata escribe de dos visiones diferentes sobre el presente y el porvenir de América Latina. Ahora las fronteras se demarcan entre la dignidad o el sometimiento. Un modelo neoliberal salvaje contra un modelo social popular y participativo». Así se delimitan los campos.
Luego introduce este párrafo definitorio: «Chávez sabe que le están montando un cerco. Que las 7 bases militares yankis en Colombia son mucho más peligrosas que la corbeta del 47. Y que la avanzada paramilitar colombiana en tierras venezolanas es cada día más fuerte, con la complicidad de gobernadores y alcaldes escuálidos, como llaman allí a la derecha. Entonces reacciona con fuerza. Quizá se le va un poco la lengua. O mucho. Al fin y al cabo es caribeño. Y además militar. No mide las palabras. Actúa y habla de frente. ‘Iría a la guerra contra Colombia con lágrimas en los ojos’, dice. Uribe hace uso de la hipocresía y el cálculo. Es astuto y ladino. Tira la piedra y esconde la mano. Asume el discurso conciliador. ‘No iremos nunca a la guerra contra un país hermano’. Mientas tanto se instalan apresuradamente las bases yankis y los paramilitares siguen avanzando dentro de Venezuela».
Trae luego a colación las opiniones de Jerónimo Carrera, un histórico dirigente del PC de Venezuela, acerca de los orígenes históricos de las desavenencias entre los dos países en relación a «la frontera que Bolívar no quiso», y reitera que la gran contradicción está entre «la Patria Grande Bolivariana que ya se está construyendo» y por otro lado las bases militares yankis, los paramilitares y los llamados chauvinistas de los grandes empresarios colombianos a la «unidad nacional» y a rodear a Uribe.
La conclusión es un llamado a la calma: «Se requiere prudencia para evitar la guerra que los gringos esperan y atizan. Prudencia para no alentar chauvinismos. Pero firmeza en la denuncia y el rechazo al papel desestabilizador y de traición a América Latina que juega hoy el régimen corrupto y violento de Alvaro Uribe Vélez. Y solidaridad con Venezuela, es decir, con la América Latina agredida».
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