OPINION INTERNACIONAL

60 AÑOS DE LA REVOLUCION CHINA

Quisiera poder trasmitir cómo vivimos aquella oleada esperanzadora en estas latitudes. Para la gente de izquierda, China era una leyenda impregnada de heroísmo. Conocíamos a Mao Tsé-tung, fundador del PCCh en 1921 (incluidos sus trabajos filosóficos «Sobre la práctica», «Sobre la contradicción» y sus desarrollos posteriores), y la hazaña impar de la «larga marcha» de 1934 que asimilábamos a la columna invicta de Luis Carlos Prestes en Brasil; habíamos visto «Madre Tierra» con Paul Muni y Luisa Rainer, los campesinos chinos comiendo tierra para no morirse de hambre. A mí me había fascinado «La Condition Humaine» de André Malraux, esa peripecia de la insurrección en Shanghai vivida en la profundidad del alma de los revolucionarios, que sentían los puntos débiles de su organización en la ciudad como heridas en su propio cuerpo.

También conocíamos algo de la historia anterior de esa civilización milenaria: la oprobiosa guerra del opio de la reina Victoria de Inglaterra, una de las mayores infamias conocidas: los invadieron en 1839 porque habían prohibido el consumo del opio. Luego, durante la segunda guerra mundial, la lucha contra la invasión japonesa que ocupó Manchuria y contra las huestes del Kuomintang de Chiang Kai-shek, que se dio vuelta y al final terminó recluido en la isla de Taiwán.

En el período posterior sufrimos el enfrentamiento de la República Popular China con la Unión Soviética y el campo socialista, expresado también en la polémica entre sus principales líderes, Mao y Jruschov, que conocimos por participantes en las reuniones del movimiento comunista internacional. Y sus dolorosas derivaciones en la guerra del pueblo vietnamita contra el imperio norteamericano, desde la provocación del golfo de Tonkin en 1965 hasta que los corrieron de Vietnam del Sur diez años después. Esto me tocó padecerlo personalmente, en un largo periplo para poder llegar a Hanoi atravesando China, cuando los B-52 calcinaban la estrecha península vietnamita.

Hoy, China se ha parado sobre sus pies y constituye una gran fuerza en la arena internacional. Una fuerza puesta al servicio de la paz y de las relaciones fraternas entre los pueblos. Integra con honor el grupo de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), que reúne una porción considerable de la población y del PBI mundiales y lucha por la democratización de las instituciones internacionales, ante todo la ONU, y de los organismos financieros mundiales. Se ha incorporado también de pleno derecho al G-20 que, luego de su reciente reunión en Pittsburgh, ha sustituido al G-8, constituido exclusivamente por los siete países más industrializados y ricos (EEUU, Canadá, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia y Japón) más Rusia, dando cabida además a los 11 principales países emergentes, empezando por China, junto con India, Corea del Sur, Indonesia, Sudáfrica, Brasil, Argentina, Australia, Arabia Saudita, Turquía, México y la Unión Europea, con España y Holanda como invitados. En la mencionada reunión se acordó que los países emergentes tendrán una mayor participación en las decisiones del FMI y del Banco Mundial, que a pesar de ser reducida, a juicio del presidente Lula marca un giro auspicioso y debe ser profundizada.

En una reciente reflexión sobre Pittsburgh y la Cumbre de Margarita, Fidel Castro decía: «China, en un breve período histórico y gracias a su Revolución, dejó de ser un país semicolonial y semifeudal, creció al ritmo de más del 10% en los últimos 20 años y se ha convertido en el principal motor de la economía mundial. Jamás un enorme Estado multinacional alcanzó semejante crecimiento. Hoy posee la más elevada reserva de divisas convertibles y es el mayor acreedor de EEUU. La diferencia es abismal con respecto a los dos países capitalistas más desarrollados: EEUU y Japón (que acumulan deudas sumadas por 20 millones de millones de dólares).

Y subraya que todo ello se logró gracias a su revolución, cuyo 60º aniversario celebra hoy inaugurando la novena línea de metro para 400 mil personas diarias en Pekín y enviando al mundo un mensaje de paz y la confirmación de que continuará con firmeza la construcción del socialismo con características propias.

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