MONDO CANE

El colombiano Juanes cantó ayer ante más de medio millón de cubanos que, vestidos de blanco, abarrotaron la Plaza de la Revolución, en un concierto por la paz entre Cuba y Estados Unidos, saludado por el presidente Barack Obama y rechazado por exiliados en Miami.

Bajo un sol abrasador, la multitud soporta 32 grados de temperatura en el recital «Paz sin Fronteras», que comenzó a las 14.00 (hora local) con el saludo de la puertorriqueña Olga Tañón en nombre de los 15 músicos extranjeros y cubanos que participan: «It’s time to change», gritó. Con una sombrilla blanca en una mano y una botella de agua en la otra, Lidia, una jubilada de 73 años, dice con emoción junto a su familia que el concierto es una «lección para los imperialistas de que queremos la paz y ayuda a reconciliar a los de aquí y a los allá».

«Estamos aquí cumpliendo un sueño, el sueño de tender una mano del diálogo. Invitamos a quien no esté todavía de acuerdo o dude que se junte a nosotros», dijo el español Miguel Bosé, quien cantó sus éxitos «Te amaré», «Si tú no vuelves» y «Bandido». Transmitido en vivo en Europa, América Latina y Estados Unidos, el concierto, que atrajo a unos 200 periodistas extranjeros, se celebra luego de tres meses de airadas reacciones en Miami y en momentos de cauteloso acercamiento entre La Habana y Washington.

Obligado a realizar su última película, «The white meadows», en condiciones muy difíciles, el director iraní Mohammad Rasoulof, criticó duramente en el festival de cine de San Sebastián (norte) el régimen político de Irán. En su película, presentada dentro de la sección oficial a concurso del certamen donostiarra, el cineasta cuenta la historia de Rahmat, un hombre encargado desde hace años de recoger las lágrimas de los habitantes en varias islas.

La película, de estética muy cuidada, es un relato de gran carga simbólica que no es otra cosa que una crítica velada al régimen político iraní. «Vengo de una tierra llena de contradicciones y sufrimiento, donde hay una dictadura» y la «censura no me permite hablar de manera directa de lo que ocurre en mi país», se lamentó el realizador, durante una rueda de prensa.

Así pues, para reflejar la realidad de su país, decidió recurrir a símbolos sacados de los cuentos tradicionales iraníes y de la mitología, cuyos significados a menudo se escapan al espectador no conocedor de ese mundo. La película se rodó en 58 días con actores no profesionales y profesionales, en las magníficas tierras del lago salado de Orumieh, lleno de islotes rocosos sembrados de cristales de sal.

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