Opinion Internacional

La dignidad del ser humano recorre México

Niko Schvarz

 

Existe una continuidad entre el movimiento zapatista surgido el 1º de enero de 1994 y la revolución mexicana de 1910-17. En medio del fervor y del cariño de la multitud que recibía con flores y papel picado la «Marcha de la Dignidad Indígena» y a los 24 representantes del EZLN, vimos a un viejo revolucionario proclamar con orgullo que él había salido desde ese mismo Zócalo, siendo casi un niño, para unirse a Emiliano Zapata, insurgido en el sur contra la longeva dictadura de Porfirio Díaz enarbolando el reclamo de tierra y libertad, patentizado en el Plan de Ayala.

La ruta de Zapata

La entrada en Ciudad de México siguió las huellas de las tropas zapatistas, 87 años atrás. En el viaje desde el suburbio de Xochimilco hasta el centro histórico, en lo que por momentos parecía un desfile triunfal alegórico –cuentan las crónicas– los insurgentes viajaron de pie, con los brazos en alto, saludando a decenas de miles de personas congregadas sobre las avenidas de la megalópolis mexicana de 20 millones de habitantes. Quienes estuvimos en México fraterno en el exilio revivimos estas escenas como si estuviéramos allí.

En el Zócalo se concentró la emoción que había recorrido todo México en esas dos semanas de intensa movilización ciudadana, particularmente en los estados atravesados a partir de Chiapas, en la frontera con Guatemala: Oaxaca, Veracruz, Puebla, Hidalgo, Tlaxcala, Querétaro, Michoacán, Estado de México, guerrero, Morelos, para culminar en el DF. Destacada significación revistió el Primer Congreso Nacional Indígena que se verificó durante tres días, en medio de la marcha, en el estado de Michoacán (cuna de otro gran mexicano, Lázaro Cárdenas), y que reunió durante tres días a delegados de 62 etnias indígenas. Este evento, unido a la marcha misma, evidenció que el pueblo mexicano en su conjunto asume la dramática situación de miseria, pobreza, falta de tierras y de derechos de los más de 10 millones de indígenas como parte indisoluble de sí mismo, de su pasado histórico y de sus tradiciones. La demanda central de caravana –la ley por los derechos y la cultura de los pueblos indígenas– conlleva la aspiración de modificar radicalmente esta realidad.

Por lo mismo en el Zócalo resonó el lema: «Zapata vive, la lucha sigue» como una proyección al presente de los ideales del adalid de la revolución agraria. Y haciendo contrapunto al viejo revolucionario, oíamos a un joven proclamar que la marcha contribuía a desechar el descreimiento y sugería a los de su generación que «tenemos entre todos la capacidad para modificar el actual estado de cosas». Quizá esto se sitúe entre lo más relevante.

Tres anhelos de todos

En el trípode de las reivindicaciones zapatistas, la ley por los derechos y la cultura indígenas ocupa el primer lugar. Ello centrará las próximas reuniones con la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), con vistas a examinar la concreción del proyecto para la instancia inmediata en el Congreso. Como es sabido, los acuerdos de San Andrés Larráinzar, que apuntaban en esa dirección, fueron incumplidos por el gobierno de Zedillo, lo que motivó la suspensión del diálogo desde 1996. En este plano reviste señalada importancia la autonomía de los pueblos indígenas, referida a su cultura, a sus idiomas propios, desde leugo, y también a las formas de gobierno de sus comunidades, respetando añejas tradiciones.

Se reclama asimismo el retiro del ejército de las siete zonas de Chiapas cercadas militarmente (se hizo efectivo solamente en cuatro) y la liberación de todos los presos zapatistas (no sólo en Chiapas, sino en todo el país). Estos tres puntos forman un todo indisociable, no admite recorte ni condicionamiento ni posposición. El cumplimiento de los tres puntos es condición indispensable para reanudar el diálogo, como precisó el subcomandante Marcos ante el periodista Julio Scherer, director de «Proceso» en reportaje televisado de la medianoche del domingo. Ninguno de los tres puede ser amputado si se desea de verdad reanudar el diálogo interrumpido cuatro años atrás.

Ya que hablamos de la TV: ni la omnipresente Televisa (y su repetidora internacional Eco) ni su rival TV Azteca, pasaron en directo la gigantesca concentración del Zócalo y el discurso de Marcos. A esa hora trasmitieron culebrones y partidos de fútbol. Entrada la noche Televisa hizo un resumen de la jornada, que incluyó la entrevista al subcomandante.

El fermento de la vida

El sustratum del triple reclamo es la dignidad del ser humano. Las condiciones de vida que padecen los indígenas mexicanos, y en particular los niños que nacen en sus hogares, son indignas de la condición humana. Este reglamento inaudito debe cambiar en forma radical y rápida. Así lo proclamó también el Congreso de Michoacán. Ello acentúa la dimensión internacional de la lucha de los zapatistas, como parcela inalienable del combate mundial por liberar de la miseria y el hambre a gran parte de la humanidad. No se olvide, en tal sentido, que el EZLN fue el organizador del Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el neoliberalismo que se reunió en 1996 en la zona insurrecta.

Volviendo a Saramago

El gran escritor, llegado al DF para recibir a los zapatistas, declaró: «Gracias a esos idealistas que hoy atraviesan México, podemos creer que el ser humano puede ser otra cosa que lo que es». Añadió que llegó el momento de atender los problemas históricos de todos los pueblos indígenas y que «estoy segurísimo de que el zapatismo ha sido el fermento que ha puesto en marcha todo un proceso que a partir de ahora, creo que va a ser imparable».

El color de la tierra

Estas últiams expresiones también trascienden, sin duda, el escenario mexicano. Lo mismo ocurre con estas otras formulaciones de Marcos en su discurso del Zócalo: «Nuestro movimiento es del color de la tierra», mientras que otros sólo conocen «el color del dinero»

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