TORTURAS, DEPRAVACION Y MASACRES
En rigor, esas prácticas inhumanas no son nuevas, y sus autores tampoco se cuecen en el primer hervor. Las habíamos visto en las imágenes que salieron a luz (por más que el Pentágono las mantuvo ocultas durante largo tiempo) sobre las torturas inauditas y sádicas al máximo grado que eran moneda corriente en la cárcel de Abu Ghraib en Bagdad, regenteada por las tropas yankis, y lo mismo sucedía en las cárceles secretas de la CIA que toleraban varios gobiernos europeos, cómplices de la infamia. Por cierto que los autores y los responsables máximos de esas bestialidades bajo el gobierno de Bush siguen gozando de impunidad. Todo se ocultó bajo el manto de la condena a algún efectivo de baja graduación (o alguna), que un día de estos saldrá en libertad a la callada, y que todo sea para el olvido.
Las dos series de hechos tienen en común la degradación humana y las aberraciones sin límite. Creíamos que lo de Abu Ghraib (¿recuerdan a la torturadora arrastrando al prisionero como un perro?) eran insuperables pero lo de Kabul le mata el punto en cuanto a vileza y depravación sexual. En este caso se trata de la empresa ArmorGroup, contratada para la vigilancia de la embajada yanki en Kabul, enclavada en la «zona verde» altamente protegida y donde en realidad radica el gobierno de Afganistán (que seguirá teniendo a Hamid Karzai como mascarón de proa después de elecciones marcadas por el fraude e irregularidades en cientos de distritos). Una organización independiente, Project on Government Oversight (POGO), grabó las fotos y videos que hoy corren por el mundo. Se ve a empleados en la embajada USA en Kabul borrachos por unanimidad, desnudos y vejando a trabajadores afganos. Se llevaban prostitutas a «fiestas salvajes». En las fotos se ve también a guardas con tangas, bailando alrededor de una fogata y orinando sobre empleados afganos, mientras otros le sacan fotos (como hacían los yankis durante sus torturas y masacres en Vietnam). El comentario es que «éstas son las últimas de una serie de acusaciones de conductas lascivas y pervertidas de contratistas privados de seguridad utilizados por el gobierno de EEUU para resguardar sus instalaciones en Irak y Afganistán».
Otra versión que junto a los videos han sido reproducidas por The Washington Post y El País de Madrid- indica que los guardias de seguridad, en el llamado Campamento Sullivan, «se quitaban la ropa, bebían vodka y abusaban de ciudadanos afganos. Un supervisor con varias botellas de alcohol en las manos tomó de la cara a un afgano y usó ‘palabras duras’ para humillarlo». Hay 450 guardias trabajando en la embajada en Kabul en virtud de un contrato que le cuesta 189 millones de dólares al contribuyente estadounidense.
El Departamento de Estado despidió a unos pocos, dijo que se prohibirá el alcohol, que habrá tolerancia cero y se investigará. Algún día.
En relación con estos hechos se recordó que el ex vicepresidente Dick Cheney (el ex capo de la Halliburton, que se quedó con concesiones multimillonarias en Irak tras la invasión) justificó las torturas practicadas en forma sistemática por la CIA porque contribuyeron a salvar vidas norteamericanas. Al respecto comentó Fidel Castro en una reciente reflexión: «Desde luego que no salvó la vida de los miles de norteamericanos que murieron en Irak, ni las de casi un millón de irakíes, ni de los que en número creciente mueren en Afganistán. Se trata, entiéndase bien, de un problema elemental de ética política: ‘el fin no justifica los medios’. La tortura no justifica la tortura; el crimen no justifica el crimen». El líder cubano ve en esta concepción «una prueba del abismo moral al que puede conducir el capitalismo desarrollado, el consumismo y el imperialismo».
Estos conceptos adquieren vigencia renovada a la luz del salvaje bombardeo de la fuerza aérea de la OTAN en Afganistán el viernes pasado, que dejó por lo menos 90 muertos, entre ellos muchos civiles y niños. Quisieron negarlo, pero la verdad se impuso. Después le echaron la culpa a un comandante alemán de la OTAN, que habría actuado «en violación de las reglas de esta última». Se hace un recuento minucioso de los muertos entre las tropas de EEUU y los efectivos de la OTAN, 100 mil hombres en total desplegados en Afganistán, pero los muertos afganos no figuran en esa macabra contabilidad.
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