El líder de la guerrilla zapatista tras las huellas de Chomsky y Saramago

Marcos, los intelectuales y el poder

Heinz Dieterich Steffan

 

Su metamorfosis, de una persona intelectual en una institución cultural, cuyos discursos y actividades le han abierto el acceso a los más diversos estratos y personajes del ideario occidental –desde diputados del Parlamento Europeo hasta movimientos indígenas de América del sur– reaviva el debate sobre la función de los intelectuales en la sociedad global y lo que algunos han llamado, la capitulación ética de la clase intelectual ante los dueños del poder.

Desde los años sesenta, Noam Chomsky, Bertrand Russel y Jean Paul Sartre, conformaron un triunvirato de abanderados de la ética, que actuó en los hechos como una conciencia de la sociedad global, defendiendo la causa de los pobres y de los excluidos del sistema mundial. Al morir sus «compañeros de armas», Chomsky siguió firme en su postura crítica ante las injusticias y abusos contra los indefensos, luchando siempre por una democracia real participativa de las mayorías. Desde esta experiencia de toda una vida intelectual ética al servicio de los movimientos sociales, el prestigiado intelectual estadounidense aclara en una entrevista exclusiva para El Universal, el papel que deben ocupar los intelectuales en la vida de la sociedad.

P. El Zapatismo organiza congresos mundiales «contra el neoliberalismo y por la humanidad» para avanzar un programa de cambio democrático. Tú eres una de las pocas personas que tienen el conocimiento para desarrollar tal programa. ¿Participarías en esto?

R. Sí, seguro. La mayor parte de mi vida lo he hecho. Por la misma razón –por estar demasiado ocupado– no estaría probablemente en el lugar físico de los hechos; pero, ese es exactamente el tipo de cosas que hay que hacer. En el mundo hay un enorme número de personas, probablemente la vasta mayoría, que se opone fuertemente a las políticas económicas y sociales que se llevan a cabo a nivel global.

A esas políticas las llaman neoliberales, pero debemos reconocer que hay mucho fraude en eso. Son programas neoliberales para las víctimas, pero no para los manipuladores. Estados Unidos sirve de ejemplo. La gente que trata de imponer los principios del neoliberalismo en el Tercer Mundo y en los slums (barrios bajos) de nuestras ciudades, no quiere esos principios para ella misma. Quiere un poderoso Estado nodriza para protegerlos, como siempre. Por eso la prensa, los intelectuales y los economistas tienen que aparentar que no entienden esto; eso es parte de su trabajo. Así, los mercados son buenos para los niños de siete años en los slums de Nueva York, para la gente en la Ciudad de México y en los cerros, pero no para los ricos. Esto no sólo no es neoliberalismo, esto es lo que puedes llamar la doctrina verdaderamente existente del mercado, que viene de los primeros días de la revolución industrial.

P. ¿Deben participar los intelectuales en el poder?

R. Eso depende de la integridad del intelectual. Si quieres mantener tu integridad, generalmente serás crítico, porque muchas de las cosas que suceden ameritan críticas. Pero es muy difícil ser crítico, estando dentro de los círculos de poder. Dentro de estas estructuras –por ejemplo, el consejo editorial de un periódico o el consejo de administración de una universidad– si quieres mantener tu integridad, tendrás que luchar. Quizás, los círculos de poder no son el mejor lugar, para estar. Por lo general, no lo son. Por lo general, el mejor lugar para un intelectual es estar involucrado con las fuerzas populares que tratan de mejorar las cosas. Pero, este es el tipo de intelectual que, como el socialista estadounidense Eugene Debbs, terminan en la cárcel.

P. ¿Qué opinas de la idea griega de que los filósofos, por sabios, deben gobernar?

R. Es una idea tremendamente peligrosa, tanto en su variante leninista, como en su variante occidental del intelectual tecnocrático, orientado hacia el ejercicio del poder, o en cualquier otra variante que hemos visto en la historia, como recientemente las castas sacerdotales en el poder.

 

P. ¿Cómo defines a un intelectual?

R. Hay diferentes posibilidades de abordar este tema. Desde un punto de vista, un intelectual es simplemente toda persona que usa su cerebro (mind). Por supuesto, todas las personas usan su cerebro, pero más allá de este uso necesario para la sobrevivencia, hay actividades que se refieren a la opinión pública, a asuntos de interés general. Yo no llamaría a alguien que traduce un manuscrito griego, un intelectual, porque hace un trabajo básicamente mecánico. Quizás hay pocos profesores que, en este sentido, pueden llamarse intelectuales. Por otra parte, un trabajador del acero que es organizador sindical y quien se preocupa por los asuntos internacionales, puede ser perfectamente bien un intelectual. Es decir, el concepto de intelectual no está correlacionado con una profesión. Hay una cierta relación entre estar privilegiado y la posibilidad de actuar como un intelectual. Es una relación no muy fuerte, porque mucha gente es privilegiada y no hace nada que se consideraría de mérito intelectual y, por otra parte, mucha gente sin privilegios es muy creativa, pensativa y de amplios conocimientos. Sin embargo, es obvio, que si tienes que pasar la vida pensando en cómo poner comida en la mesa y asegurarte que tengas un trabajo el día de mañana, entonces no tendrás tiempo para usar tu mente de manera independiente y creativa.

P. ¿Qué entiendes por «variante leninista» de los intelectuales?

R. En los sesenta escribí un libro sobre los intelectuales, intitulado American Power and the New Mandarins. El término, «los nuevos mandarines», no fue mío. Yo lo tomé de Ithiel de Sola Pool, el jefe del Departamento de Ciencias Políticas del Massachussets Institute of Technology (MIT), quien escribió un artículo en el cual se caracterizó a sí y a sus cohortes, con orgullo, como los nuevos mandarines. Esto fue justo al inicio del gobierno de John F. Kennedy. Cuando Kennedy asumió la presidencia, se suponía que se inauguraba una nueva era de iluminación (enlightenment). Toda clase de intelectuales de Cambridge fue para allá; algunos para convertirse en miembros del gobierno, otros para volverse asesores y otros para tener lunch con Jacky Kennedy. Iba a haber un renacimiento de las artes y de las ciencias, una especie de versión intelectual de Camelot. Algo de esto había, porque fueron muchos académicos estudiosos del poder, de las ciencias políticas, de la historia, etcétera.

Efectivamente, lograron un grado de poder de decisión que es desusual. Si comparas, por ejemplo, la camarilla gubernamental de Eisenhower con la camarilla de Kennedy, en la segunda había más personas que serían consideradas como intelectuales públicos o cientistas políticos. Tenían varios nombres para describirse. Uno que usaban con orgullo era: los «nuevos mandarines», porque ellos iban a ser la elite gerencial-tecnocrática (managerial), llamada a gerenciar los asuntos del mundo de manera inteligente; no como los hombres de negocios y los militares, que no entienden nada.

A partir de este momento, inteligencia y conocimiento iban a ser puestos al ejercicio del poder, cosa que se haría de manera apropiada. También se describieron como «los intelectuales-acción» (action intellectuals), porque no eran simplemente académicos de la torre de marfil. Se consideraron como intelectuales brillantes que iban a estar involucrados en los asuntos reales del mundo. Se trataba, esencialmente, de intelectuales liberales, es decir, en términos europeos, una especie de socialdemócratas.

Bueno, esto no fue tan nuevo como ellos pensaban. Durante la Primera Guerra Mundial sucedi
ó algo semejante. El presidente estadounidense Woodrow Wilson fue electo en 1916 con una plataforma electoral que decía, Paz sin victoria, que mantendría a Estados Unidos fuera de la guerra y que negociaría la paz entre las potencias en conflicto. Pero, muy rápidamente estuvo trabajando para que Estados Unidos participara en la conflagración. Tenía, sin embargo, el problema que la población estadounidense no quería entrar en la guerra. Por lo tanto, fue necesario generar una histeria chovinista entre la población y crear un odio contra todo lo que era alemán. Esto se hizo con un éxito notable, en parte mediante una agencia de propaganda del Estado que Woodrow Wilson creó y que contaba con respetados intelectuales, como, por ejemplo, Walter Lippman, que durante mucho tiempo había sido un comentador serio en los medios.

La comunidad de responsables y serios intelectuales, particularmente el círculo en torno a John Dewey, se describieron en los mismos términos y con mucho orgullo. Decían que era la primera vez en la historia que la inteligencia había sido colocada al ejercicio del poder y que un país había entrado en una guerra, no bajo la influencia perniciosa de líderes militares, traficantes de armas y hombres de negocios interesados en recursos, sino bajo la influencia de los hombres inteligentes de la comunidad, quienes entendían profundamente la necesidad de ir a la guerra y lograron convencer de esa necesidad a la población, mediante el uso de la inteligencia y de la manipulación. La población general es demasiado estúpida y apática para saber lo que está haciendo; pero nosotros, los hombres inteligentes y responsables de la comunidad tomamos las riendas del poder y hacemos las cosas tal como deben hacerse. En los años venideros, gente como Walter Lippman, quien fue parte del Comité de Propaganda, escribió ensayos sobre la democracia, que fueron considerados progresistas. Basándose en su experiencia él enfatizó la necesidad de que la gente responsable fuese protegida de la población general, que él describió como una «manada sin orientación». Ellas son las masas ignorantes y estúpidas y nosotros, la gente inteligente, tenemos que controlar las cosas y aplicar la inteligencia al poder. Date cuenta que todo esto tiene una especie de sabor a Leninismo. Las gentes «responsables», que se autodefinen como intelectuales tecnocrática y políticamente orientados, son muy semejantes a un partido de vanguardia. Y las doctrinas son muy similares. El partido leninista de vanguardia va a empujar las estúpidas masas hacia delante, hacia cosas maravillosas. En el libro American Power…, yo comparé un discurso de Robert McNamara con una inspiración de doctrina leninista a secas. Son muy semejantes. La única diferencia es que McNamara habla de vez en cuando de Dios, pero la idea básica es esencialmente la misma.

P. ¿Los intelectuales en el poder son peligrosos?

R. Cuando los intelectuales públicos y académicos se congregaron en Washington con Kennedy, extremadamente entusiastas y orgullosos de sí mismos, mi visión fue que esto iba a ser un desastre total; porque la lección histórica respectiva es muy clara. Ese tipo de gente es muy arrogante. Piensan que entienden todo y son muy peligrosos cuando se acercan al poder. Y las razones son obvias. Si cometen un error, tienen un problema. Tienen un problema, porque sólo se les dio un puesto en el poder por su supuesta inteligencia y competencia. Entonces, ¿cómo pueden cometer un error? Por lo mismo, tienden a perseverar en sus errores, en insistir que ellos estuvieron en lo correcto.

El panorama cambia con gente, digamos, como Averell Harriman, que durante toda su vida tuvo cargos en el gobierno. Su poder derivó del hecho, de que su padre y su abuelo construyeron ferrocarriles. Eran ricos; básicamente eran parte de la aristocracia. Bien, el no necesitaba ninguna justificación del poder. Él tenía poder. Si él comete un error, puede cambiar de opinión, sin mayor problema. Pero en los intelectuales hay una tendencia casi natural, de ser muy rígidos; tienen una especie de doctrinarismo, al igual que de arrogancia; en parte, para proteger sus propias posiciones, porque no tienen otro acceso al reclamo de autoridad (claim to authority). Esta fue una razón por la cual yo esperaba problemas con esos intelectuales que fueron a Washington con Kennedy. La otra radicaba en sus posiciones ideológicas, que eran prácticamente leninistas. Y pronto, por supuesto, esto se notaba, como en la invasión de Vietnam, el apoyo a las dictaduras militares, y otras cosas horribles.

P. Se ha dicho que tienes una notable integridad. ¿Cómo definirías integridad?

R. Integridad significa tener un compromiso con la verdad y la honestidad. Me parece que estos son valores humanos ordinarios que uno espera de los amigos, de las familias, de la gente que se aprecia; es decir, no es nada extraordinario.

P. ¿Los estándares morales de un intelectual deben ser más altos que los de una persona común, porque tiene más acceso al poder?

R. Bueno, hay una especie de moral general, que no tiene que ver con los intelectuales, en el sentido, de que la gente es responsable de las consecuencias previsibles de sus acciones. Por ejemplo, si tu manejas un carro y un niño corre en la calle y tu decides no desacelerar, entonces tú eres responsable de las consecuencias que puedan ocurrir; porque había una consecuencia predecible en tu actuación. Esa es una verdad moral que es obvia; no creo que sea muy profunda. Una persona que no entiende esto, no entiende la moral universal. De esta verdad se deriva lo siguiente: en la medida en que tienes privilegios y autoridad tienes una mayor responsabilidad moral, porque las consecuencias predecibles de tu actuación son mayores. En la medida en que la gente que se llama intelectuales, sealo o no, es capaz de influenciar y decidir sobre condiciones que determinan los acontecimientos reales, en esa medida, su responsabilidad crece. No creo que esto sea algo muy profundo; se deriva de las verdades morales (truism).

P. ¿Cuál es el estado actual de la clase intelectual global?

R. Muy semejante al de siempre. Intelectuales son los que escriben la historia; son los que presentan las imágenes del presente y del pasado. Para ser más preciso: son los intelectuales que se llaman «intelectuales responsables». Los disidentes no escriben la historia. Por ejemplo, Walter Lippman se describía orgullosamente como uno de los «hombres responsables». Eugene Debbs, el personaje principal del movimiento obrero estadounidense, candidato a la presidencia por el Partido Socialista y un crítico de la Primera Guerra Mundial, estaba en la cárcel. Y nunca le ocurrió a Walter Lippman preguntar, ¿por qué soy yo una persona responsable y Eugene Debbs está en la cárcel? ¿Soy yo más intelectual que él? Y la respuesta es: no, están simplemente a diferentes lados de la barrera.

Si tu estás del lado del poder y de la autoridad tu puedes entrar al círculo de los intelectuales responsables. Si eres un crítico y un disidente, la tendencia es que te traten duramente. Que tan duro depende de la sociedad. Si eras un intelectual crítico en El Salvador, cuando Estados Unidos manejó la guerra sucia contra las fuerzas populares, simplemente te asesinaron. Si era la Unión Soviética después de Stalin, ibas a la cárcel. En una sociedad más libre te ignoran, te vilipendian, etcétera.

Es decir, la gente que presenta la imagen del pasado no son sólo llamados intelectuales, sino intelectuales responsables y son aquellos que tienden a apoyar al poder. Es una tendencia. No quiero decir que la historia fue sólo escrita por gente apologética. No sería verdad decirlo así. Pero hay una tendencia en esa direcci
ón. Incluso la imagen de cómo los intelectuales actúan, tiende a ser halagador y narcisista. Por lo tanto creo que hay una ilusión acerca de cómo los intelectuales han actuado en el pasado. Ha habido tiempos, cuando el grado de influencia de los intelectuales –intelectuales en el sentido verdadero, como ya lo definimos– sobre el público general fue extraordinario. Hay esos momentos de fermento, períodos revolucionarios, como el de los «levellers» en la revolución inglesa o los años sesenta de este siglo, pero la mayor parte del tiempo, los intelectuales son aduladores del poder. Esta es la situación usual. La situación usual es la de la Primera Guerra Mundial, cuando los intelectuales, en ambos lados, estaban alineados y al servicio del poder. Y no importaba mucho, a qué parte del espectro político pertenecían. Eran entusiastas apologetas de su Estado: los alemanes por Alemania, los ingleses por Inglaterra y los franceses por Francia. Había algunas excepciones, pero muy pocas. Y terminaban en la cárcel. Bertrand Russel, por ejemplo, en Inglaterra; Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg en Alemania y Eugene Debbs en Estados Unidos. Sin embargo, la mayoría de los intelectuales son servidores del poder.

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