OPINION INTERNACIONAL

UN LIBRO FASCINANTE

Su autor Neil MacFarqhar fue jefe de la oficina del «New York Times» entre 2001 y 2005 y viajó extensamente por todo el mundo árabe e Irán. Pero su contacto con la región data de mucho antes. MacFarqhar que habla árabe fluidamente, vivió su infancia en Libia, como hijo de un ingeniero norteamericano que trabajó en los campos petroleros en ese país.

El periodista norteamericano informa ampliamente sobre casi todos los países árabes pero escribe de manera particularmente detallada sobre Libia, Egipto, Líbano, Jordania, Bahrein, Siria, Marruecos y Arabia Saudita. En 14 capítulos y 363 páginas brinda un exhaustivo panorama de la sociedad, los sistemas políticos, la religión, la vida cotidiana, las costumbres, el estilo de vida y la geografía física y humana de los países árabes del Medio Oriente, más el Irán shiíta. La riqueza del libro está tanto en su valiosa parte conceptual como en su sabroso material anecdótico. Para hacer una reseña realmente exhaustiva necesitaríamos un espacio no mucho menor al del propio texto, porque no tiene nada realmente superfluo. Por ello, vamos a concretarnos a comentar algunos de sus capítulos más reveladores.

El que lleva el título «Estados policiales» presenta al lector una palabra árabe ineludible: «Mukhabarat» el nombre de los omnipresentes servicios de inteligencia, de los que en algunos países como Siria, existen varios que ocasionalmente rivalizan entre sí. Refiriéndose a Jordania, un país del cual MacFarquhar reconoce que nunca fue un estado policial sangriento como Siria o Irak, cuenta que las agencias de seguridad se han convertido en una ley por sí mismas y tienen una enorme influencia en la política, la prensa y el mundo de los negocios. La Mukhabarat controla a la sociedad con ayuda de miles de jordanos que reciben dinero por su información, de manera similar a lo que era usual en el bloque soviético. Los jefes de la Policía Secreta están por encima de la ley. Un reciente jefe, fumador empedernido, hizo caso omiso de la prohibición de fumar en un vuelo de la Real Compañía Aérea jordana. Nadie se atrevió a desafiarlo y los pasajeros que se quejaron a la aerolínea recibieron como respuesta que no podían hacer nada. Uno de los principales referentes del autor, el poeta jordano Samir al-Qudah, no cree que el régimen vaya a cambiar en Jordania o en cualquier otro país árabe. Sin embargo no se resigna: «Si respetamos nuestra inteligencia no podemos seguir aceptando la forma en que se rige el mundo árabe».

Particularmente elocuente es el capítulo sobre la soledad de los disidentes en el mundo árabe, en el que el autor pone como principal ejemplo a Arabia Saudita. MacFarquhar describe con lujo de detalles la infraestructura ultramoderna de las carreteras y los edificios del país que puede confundirse con la de los Estados Unidos y su contraste con la mentalidad dominante que es la tribal del siglo VII. Dos temas resultan particularmente sensibles: la total intolerancia ante cualquier otra religión, incluyendo cualquier corriente del Islam que no sea la wahabita y el hecho de que las mujeres necesitan la anuencia de un guardián masculino para hacer cualquier cosa, sea trabajar, viajar o incluso denunciar violencia doméstica.

Pero en lo que el autor pone énfasis especial es señalar la interminable serie de trabas existentes para tratar de introducir modificaciones, aunque sea muy modestas, en el sistema. Al respecto escribe: «El intento de crear cualquier clase de organización progresista para impulsar un proceso de cambios es virtualmente ilegal en cualquier país árabe del Medio Oriente. El proceso de creación de sociedades más libres y abiertas depende únicamente de disidentes decididos más que de cualquier foro de discusión o movimiento político. Una mera reunión de discusión sobre temas sociales y políticos puede llevar a arrestos y a veces a duras condenas a prisión. Para muchos reformistas, tanto en Arabia Saudita como en otros países, la falta de estas libertades es lo que más les afecta. La obtención de meros derechos cívicos es una prioridad mucho mayor que los ingredientes formales de una democracia occidental».

El atraso en la enseñanza es notorio, pero los cambios introducidos han sido meramente cosméticos. El autor lo explica en estos términos: «En las escuelas sauditas, todo el sistema está estructurado de tal manera que los estudiantes no hagan preguntas. Fawaziah B. al-Bakr, una profesora de educación formada en Occidente, expresó que el sistema desalienta toda forma de pensamiento independiente. Los objetivos de la educación aquí no son que aprendan a pensar, ni que se formen para ser científicos. Todo lo que les preocupa es religión, religión y religión.»

El autor termina el libro con una serie de recomendaciones muy cautelosas a Occidente y a los Estados Unidos para lograr cambios. No se hace ilusiones y sabe que los autócratas en el mundo árabe y en Irán recibirán con satisfacción cualquier política de endurecimiento de las presiones de Occidente. Ello les dará buenos argumentos para su queja de siempre: «La culpa de todo la tienen los infieles».

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