OPINION INTERNACIONAL

HACIA LA CUMBRE DE QUITO

En dicha gira Uribe no convenció a nadie, salvo al presidente peruano Alan García. Triste destino el del APRA, ahora manchado por la represión a los indígenas de la Amazonia. Ya en su época, allá por los años 40, Rodney Arismendi analizaba la gran mistificación teórica del aprismo y su líder epónimo, Víctor Raúl Haya de la Torre, y varias décadas antes la luminosa figura del cubano Julio Antonio Mella le había colgado el mote de Alianza Para Revolucionarios Arrepentidos. En todos los demás países el presidente colombiano cosechó rechazo, aprensión y alarma ante este paso que se inscribe en una escalada armamentista y de contenido belicista con el más que endeble pretexto de la lucha contra el narcotráfico, que en realidad se nutre del gigantesco mercado consumidor de EEUU y sin que se mueva un dedo al respecto por parte del gobierno estadounidense.

Con toda razón el gobierno de Tabaré Vázquez reiteró ante Uribe «la posición histórica del Uruguay contraria a la existencia o establecimiento de bases militares extranjeras no sólo en el país, sino también en cualquier territorio de América Latina», a la vez que «abogó una vez más por la solución pacífica de las controversias entre los Estados», tal cual lo expresa el comunicado de la presidencia y la cancillería del 6 de agosto.

Aludíamos en la nota de ayer a un análisis de Jaime Caycedo, dirigente comunista y del Polo Democrático Alternativo (PDA), que nos ofrece una perspectiva desde el interior del país. En primer lugar, destaca la campaña rastrera, agresiva y chauvinista de la prensa oficialista contra los gobiernos de Venezuela y de Ecuador y sus presidentes, contrastando «la ponderación y la dignidad de las respuestas de Rafael Correa con los despropósitos del general Freddy Padilla De León cuando fungía como canciller, de Juan Manuel Santos como precandidato (y ex ministro de Defensa) y del canciller Jaime Bermúdez». El objetivo de esta campaña es dar vuelta la tortilla y acusar a Chávez y a Correa como «auxiliadores» de las Farc, cuando Correa es presidente de un país que sufrió una invasión de su territorio por parte de tropas colombianas, asesoradas por EEUU, y Chávez reacciona ante la amenaza que representa para Venezuela la presencia de bases y militares estadounidenses sobre sus fronteras. Por otra parte, Chávez acaba de exhibir ante los medios de todo el mundo los artefactos que se le acusa de haber suministrado a las Farc, que son unos cacharros desvencijados e inservibles, y mostró a la vez la documentación respectiva, con lo cual las acusaciones mueven a risa.

A juicio de Caycedo, «el gobierno colombiano se juega por el derrocamiento de estos presidentes para poner fin a los procesos democrático en el vecindario, con lo que hace de perro de presa del sector más recalcitrante del imperialismo». Por otra parte, sostiene que tiene «rabo de paja» por sus propias relaciones con el narcotráfico, que vienen de décadas atrás según se ha vuelto a documentar estos días, con el paramilitarismo y la parapolítica que afecta a decenas de políticos de su entorno que están tras las rejas, con la violación de los DDHH, la invasión a Ecuador y el fenómeno de los «falsos positivos». Esto último designa el hecho de que cientos de colombianos fueron masacrados por las bandas paramilitares (estrechamente ligadas con destacamentos del ejército), pero se les hacía aparecer en los partes oficiales como muertos en enfrentamientos de la guerrilla con los militares.

Detrás de todo esto se mueve el fantasma de la re-reelección en la que Uribe «está empeñado obsesiva a paranoicamente», más allá de los impedimentos constitucionales, y que procura impulsar a través de un conflicto internacional. Finalmente, Caycedo formula un lote de preguntas, a saber: ¿Por qué el gobierno no publica el texto del tratado, por qué no es transparente, qué quiere ocultar? ¿Por qué tanto secreto? ¿Cuáles son los efectos para el pueblo colombiano? ¿Qué pasa con la impunidad de los militares yankis en Colombia? ¿Por qué EEUU no da explicaciones? Concluye que el presidente se embarca en un «trabajo sucio» pensando en su interés personalista, en absoluto desprecio por el país que representa.

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