ANALISIS INTERNACIONAL

IRAN UNE A VIEJOS ENEMIGOS

La dura advertencia de la jefa la diplomacia del gobierno del presidente de EEUU, Barack Obama, se suma al plazo que Occidente le dio a los ayatolás para que revean su política nuclear. Setiembre es el límite. EEUU y sus aliados parecen que no están dispuestos a darles nuevas oportunidades.

Tras las palabras de la secretaria Clinton está, de hecho, una pragmática y heterodoxa coalición. No sólo son los EEUU, Israel, y naciones europeas. También están los países árabes como Arabia Saudita, Egipto o Jordania, para los que el poder chií revolucionario iraní se ha convertido en más peligroso que un Estado judío.

El conflicto saudita-iraní está arraigado en las aspiraciones geoestratégicas y religiosas de Irán, para la hegemonía como potencia regional. Arabia Saudita lo percibe como una amenaza real. Desde el triunfo de la Revolución Islámica y el mandato del Ayatolá Khomeini (1979-89), la actitud de Irán hacia Arabia Saudita fue marcada por una enemistad ideológica y política.

La antigua confrontación religiosa, social y étnica entre la sociedad árabe sunni-wahhabi y la persa chiíta, volvió al primer plano. Los sunnis perciben a los chiítas como una secta política que se separó del Islam, mientras los chiítas consideran a los sunnis, y sobre todo a los wahhabis, como una secta política apóstata radical que se ha apoderado de los lugares santos musulmanes.

Esta rivalidad entre un Irán revolucionario y Arabia Saudita por el liderazgo del mundo musulmán, alcanzó su punto más alto en 1984, cuando miles de peregrinos iraníes armados protestaron en las calles de Meca, llamando a derrocar al régimen saudita. Los saudíes sofocaron violentamente las protestas, cerrándole la Meca a los peregrinos iraníes durante varios años.

La amenaza iraní también incitó a los saudíes a apoyar al dictador iraquí Saddam Hussein en la guerra Irán-Irak. La ola de solidaridad con la Revolución Islámica de Irán que sumergió el mundo sunni, instigó a Arabia Saudita a ejercer grandes esfuerzos para fortalecer en el mundo islámico, el sunni en general y el wahhabi en particular.

Arabia Saudita actuó principalmente en dos niveles: dándole un apoyo masivo al jihad o guerra santa en Afganistán a lo largo de los años ochenta hasta que los soviéticos fueran derrotados, y a invertir billones de dólares, por más de dos décadas, estableciendo y manteniendo escuelas, mezquitas y otras instituciones educativas y religiosas en las comunidades sunni a nivel mundial.

El enfrentamiento saudita-iraní declinó durante el periodo del presidente iraní Hashemi Rafsanjani, y menor aun fue durante la presidencia de su sucesor, Mohammad Khatami. En la presidencia de Khatami, Irán se esforzó por reunirse con la comunidad internacional aplacando sus esfuerzos para exportar la revolución y buscando reconciliarse con sus vecinos en el Golfo.

Sin embargo, con la llegada del presidente Mahmoud Ahmadinejad al poder en el 2005, el conflicto emergió otra vez. Ahmadinejad regresó a la política anterior de Irán de hegemonía anti saudita, promoviendo la exportación de la revolución y una visión chiíta mesiánica, que enfatiza la inminente aparición del Mahdi y el restablecimiento del gran Imperio Persa. En su segunda aparición en la televisión tras su primera elección, el presidente ultraconservador iraní dijo: «El mensaje de la Revolución Islámica es global, y no está restringida a un tiempo específico o lugar. Es un mensaje humano, y avanzará hacia adelante. No tengan ninguna duda… Alá que lega, Islam conquistará. Conquistará todas las cimas del mundo».

La actividad de Irán en Irak tras la caída del régimen sunni de Saddam Hussein, apoyando a la mayoría chiíta en ese país después de la guerra, intensificaron los temores sauditas, y los temores de otros países sunni, sobre el surgimiento de una «media luna iraní-chiíta» en el mismo corazón del mundo sunni.

Arabia Saudita respondió aumentando su apoyo a la minoría sunni en Irak, a varias fuerzas cristianas y musulmanas en el Líbano, en donde opera el pro iraní Hezbolá, y para otros puntos del mundo árabes que estaban confrontando la penetración iraní. Por ejemplo Yemen, Sudán y Palestina, en donde opera el movimiento islámico Hamas

Fue el rey Abdallah II de Jordania, y el presidente Hosni Mubarak de Egipto los que acuñaron esta expresión de «arco chií», formado por Irán y sus aliados de Siria y del Hezbolá libanés, para definir la ambición regional de los gobernantes persas.

En el diario oficial saudita Al-Watan, el analista Ali Sa’d Al-Moussa, sostuvo que «Irán se ha convertido en un importante actor central en la política árabe… Hoy nosotros estamos viendo nuevas señales del colonialismo persa. Este es un nuevo, modelo colonial más avanzado: Ya no estamos hablando de tropas que ocupan ciertas regiones o de banderas ondeando sobre edificios públicos. El colonialismo de la era moderna es manifestado por la sumisión de varias fuerzas regionales de Irán… Irán escogió regiones en el mapa árabe y las atacó sin incluso apretar el gatillo. Su plan total está siendo llevado a cabo por árabes».

Tras las cuestionadas elecciones en Irán, en algunos países del mundo árabe las manifestaciones populares en apoyo al candidato opositor iraní están siendo vistas con simpatía. El régimen pierde fuerza ante la crisis interna y deberá dejar en segundo plano sus intenciones de avanzar sobre el mundo sunni, afirman algunos expertos.

Hoy Egipto, Jordania, Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein, Emiratos Arabes y el sultanato de Omán, están dispuestos a hacer causa común con EEUU, Israel y Occidente. Los ayatolás lograron unir en su contra a disímiles países y viejos enemigos.

El temor, por diversas razones no siempre coincidentes, los ha hecho converger como nunca en una pragmática estrategia contra el régimen teocrático.

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