Queso y vino tinto en la mesa de los jefes de "Cosa Nostra"
Los mafiosos italianos tenían gustos culinarios comunes, típicos de los campesinos y alejados del lujo suntuoso de las ostras, el caviar y el champagne, según reveló un curioso Congreso de Gastronomía celebrado en Palermo.
«¿Qué comen los mafiosos?», fue la pregunta inevitable –en torno a la cual se celebró la reunión– en un país tan condicionado por la exquisitez y abundancia de sus platos.
El congreso de Palermo decidió revelar el misterio de las apetencias alimentarias de los mafiosos y para eso convocó, entre otros, a un fiscal de Agrigento que se ocupó de numerosos casos vinculados con la mafia y que describió los vicios de los «padrinos» a la hora de comer.
En realidad, según ese testimonio, el mafioso come mal y bebe vino común, no se deleita con champagne y caviar, no sabe lo que es la «nouvelle cuisine» y prefiere el «vino de casa», negro como tinta, fuerte y dulce como Marsala.
Los poderosos «mammasantissima» sicilianos que llegan a controlar el narcotráfico internacional con cifras vertiginosas, son de origen campesino, pastores por lo general, que tienen una verdadera pasión por el queso de oveja con granos de pimienta negra. Comen demasiado los mafiosos, jefes o «picciotti», cuando se reúnen para hablar de negocios, para festejar algún matrimonio o el ingreso de un nuevo miembro en la «familia».
Empiezan con aceitunas aplastadas, típica especialidad siciliana, siguen con porciones abundantes de «pecorino» –queso de oveja–, continúan con grandes platos de «maqueroni» condimentados con berenjenas o zapallitos fritos, cordero al asador, ensaladas de cebolla y anchoas, alcauciles –si es temporada– salchichas, cardos a la milanesa, pimientos rellenos y verduras mixtas al horno.
En la mesa de los padrinos no falta nunca el postre: cañoncitos rellenos de ricota y fruta abrillantada, casatas (postre helado de tres sabores) y todas las especialidades sicilianas que de por sí podrían saciar el apetito más desenfrenado. Capítulo aparte merecieron en el convenio de Palermo los atracones de la cúpula en sus celdas de la mítica cárcel del Ucciardone en Palermo, por las que desfilaron 50 años de mafia.
Cuanto más sanguinario es el padrino, más debe mostrar su poder, que pone de manifiesto en la cárcel con una cantidad inaudita de comida que le llega no sólo de su familia, sino también de los subordinados.
Sin embargo, un celebérrimo padrino como Giovanni Brusca –explicó el fiscal Ignazio De Francisci– tiene gustos típicos de un campesino: la langosta es para las nuevas generaciones; los»verdaderos mafiosos» de la vieja guardia comen queso de oveja y cordero.
El rito es siempre el mismo: la reunión en la casa de campo donde los grandes jefes hablan de trabajo y después la gran comilona, seguida por una inevitable siesta bajo la pérgola y de vez en cuando algún tiroteo entre los comensales.
Llegó el momento en que la invitación a un almuerzo se convirtió en una verdadera pesadilla para los mafiosos, porque nunca se sabía a ciencia cierta si terminaría en velorio.
Por otra parte, revelaron los «arrepentidos» de mafia, pocos se animaban a rechazar una invitación porque esa actitud era interpretaba inmediatamente como traición. La cuestión era comer, beber y bromear: «Después el tío Totó disparaba y mataba a alguien», fue el relato escalofriante de una de las tantas comilonas a las que asistió de niño un sobrino del despiadado jefe de las «coscas» sicilianas, Totó Riina.
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