Honduras. La contracara es un movimiento popular renovado

Los protagonistas y las manos ocultas del golpe

A poco más de una semana del golpe, actores visibles y otros agazapados tras la asonada, permiten ir destejiendo los hilos de la trama que amenaza a Honduras y a la región. Con militares patrullando las calles, toque de queda nocturno, casi mil arrestos y la confección de listas negras, Honduras parece una vieja foto en sepia que augura jornadas terribles.

La contracara es un movimiento popular renovado después de la «limpieza» que destruyó ese tejido social en los años 80, cuando Estados Unidos convirtió al país en virtual portaaviones y centro de entrenamiento para su intervencionismo en el devenir de Centroamérica.

Sin embargo, esos que siguen en las calles demuestran que esta Honduras se niega a volver a ser la rampa de lanzamiento de los halcones y apunta que, en efecto, la dantesca fotografía es de nuestros días.

A poco más de una semana del golpe, actores visibles y otros agazapados tras la asonada, permiten ir destejiendo los hilos de la trama que amenaza a Honduras y a la región, si la impunidad premia a los recalcitrantes entronizados en Tegucigalpa. Sus historias dibujan la zaga que nos llevará a la mano que sacó a los gorilas de la jaula.

Uno de esos tenebrosos personajes es Billy Joya Améndola, cuya reaparición en el escenario hondureño como «asesor político» del régimen de facto remite a los tenebrosos años de las guerras «no declaradas», emprendidas por Estados Unidos bajo el nombre pomposo de «conflictos de baja intensidad».

En marzo de 2009, el embajador Hugo Llorens propiciaba el encuentro de Thomas Shannon, subsecretario de Estado norteamericano para asuntos hemisféricos, con uno de los opositores de Zelaya, el candidato presidencial Porfirio Lobo Sosa.

Foto: Getty Images Requerido por la justicia hondureña en 1995, cuando la Fiscalía de Derechos Humanos dictó orden de capturarlo por el secuestro y la desaparición de seis estudiantes en 1982. La sola presencia de Joya ahora en Tegucigalpa, despierta sospechas, y la lógica indignación de una ciudadanía que no ha olvidado sus fechorías.

En febrero de 1999 se le acusó por la desaparición de Hans Albert Madisson; meses más tarde, en ese mismo año, fue acusado por la detención ilegal, tortura y abuso de autoridad por el caso de los esposos Reyes Bacca.

El Comité de Familiares de Detenidos y Desaparecidos de Honduras lo ha señalado como responsable de crímenes de lesa humanidad, y se afirma que consta su responsabilidad directa en al menos 16 operativos que dejaron más de una decena de asesinatos. Entre esos operativos: la Campaña, la Matamoros, la San Francisco, la Florencia Sur, la Aurora, Guamilito y Loarque.

Joya era experto en infiltración y guerra psicológica. Estuvo entre los fundadores de los llamados grupos élites Lince y Cobra que fueron, en verdad, escuadrones de la muerte para asolar la sociedad. Pero sus primeros «méritos» datan de su desempeño como capitán del tenebroso Batallón 316, un cuerpo dedicado a la vigilancia, el secuestro y la tortura que tuvo por instructores a los militares argentinos, quienes a la sazón ya eran expertos en esas materias y, por supuesto, a la CIA.

Honduras fue utilizada como base de la contra nicaragüense durante la guerra sucia de los años 80.

Según develaron en su momento documentos desclasificados y testimonios obtenidos y publicados por el diario The Baltimore Sun en 1995, la Agencia Central de Inteligencia de EEUU fue clave para el Batallón 316, cuyos integrantes eran trasladados a lugares secretos en territorio estadounidense, para recibir entrenamiento en técnicas de vigilancia e interrogatorio.

Su misión era mantener a Honduras libre de «izquierdistas», de modo que el territorio pudiera ser usado por el entonces presidente norteamericano Ronald Reagan para su guerra no declarada contra la Nicaragua sandinista, al tiempo que desalentaba a la guerrilla salvadoreña. Así se estrecharon los nexos entre Washington y Tegucigalpa, y se usó a la nación centroamericana como soporte de los soldados yanquis, mediante el establecimiento de nuevas bases militares y, además, como asiento de la denominada «contra».

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