OPINION INTERNACIONAL

EL 22 DE JUNIO, 68 AÑOS DESPUÉS

Esta es la realidad que una propaganda adocenada de parte de grandes medios de difusión y cadenas internacionales pretende tergiversar y ocultar al conocimiento de las jóvenes generaciones. El pasado 6 de junio se celebró con gran pompa el desembarco en Normandía del año 1944, en esa región de Francia, por parte de gobernantes de países europeos que combatieron al nazismo y del presidente Obama, y sin invitación a Rusia. Se pretendió presentar este acontecimiento de tardía apertura del segundo frente como el que decidió el curso de la II Guerra Mundial, y no fue así en absoluto. A esa altura estaba en pleno desarrollo la contraofensiva soviética, que estaba persiguiendo a los ejércitos nazis hacia su guarida, liberando a su paso a las naciones de Europa central y del este ocupados por los ejércitos hitlerianos. Esa contraofensiva se había iniciado en la gesta de heroísmo impar de Stalingrado, a partir de febrero de 1943, después de cercar y capturar a los ejércitos del mariscal de campo von Paulus, y culminó en vísperas del 1o de mayo de 1945 a la hora 21 y 50, cuando dos jóvenes sargentos soviéticos (Mijaíl Yegórov y Melitón Kantaria) plantaron la bandera roja en la cúpula del Reichstag. El 2 de mayo Berlín capitulaba, Hitler se suicidó, y el 8 de mayo en Karlshorst, suburbio de Berlín, el Alto Mando alemán firmaba la capitulación incondicional ante el Mariscal de la Unión Soviética Georgui Zhúkov. La guerra había durado casi 4 años, exactamente 1418 días. Los soviéticos habían perdido más de 20 millones de seres y sufrido ingentes pérdidas materiales.

La blitzkrieg (guerra relámpago) que tomó el nombre de Operación Barbarroja, había lanzado sobre el territorio soviético, en el inicio del verano de 1941, 190 divisiones con 5 millones y medio de oficiales y soldados y 5 mil aviones. Durante aquellas semanas y meses el mundo entero vibraba con las noticias de la defensa de Moscú (donde a pesar de todo el 7 de noviembre, aniversario de la revolución, se celebró en la Plaza Roja con un desfile de las tropas que partían al frente), con la resistencia tenaz

en Leningrado cercado durante más de 900 días (en Montevideo oímos después como primicia mundial en el Sodre la Sinfonía de Leningrado de Shostakovich dirigida por Juan José Castro), la citada batalla de Stalingrado y la del arco de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia. Roosevelt decía en mensaje a Stalin a este respecto que «la URSS puede estar con razón orgullosa de sus heroicas victorias» y Churchill señalaba que «las derrotas del ejército alemán en este frente son hitos en el camino hacia nuestra victoria definitiva». Después sobrevino la ofensiva de 1943-44 y recién a mediados de este año la apertura del 2o Frente, reclamado por la URSS y todas las fuerzas antifascistas de largo tiempo atrás. Aún así, el grueso de las tropas alemanas estaba dedicado a enfrentar al Ejército Rojo. El movimiento patriótico se levantaba en los países ocupados, las tropas soviéticas liberaron las tres repúblicas del Báltico situándose a las puertas de Prusia Oriental, luego combatieron en Austria y Hungría, rodearon Checoslovaquia y avanzaron hacia Berlín. El 25 de abril se produjo el emotivo encuentro en el Elba, entre destacamentos soviéticos y del 1er. Ejército norteamericano, símbolo de una conjunción efectiva para liquidar al III Reich. En esa época los avatares de la guerra se discutían frente a las pizarras de La Tribuna y en las mesas del Soro-cabana.

El 27 de setiembre 1944 Winston Churchill señalaba en mensaje a Stalin: «Precisamente el Ejército ruso sacó las tripas a la máquina de guerra alemana, y en la actualidad contiene en su frente a la mayor parte de las fuerzas del enemigo». Roosevelt decía en mayo 1942 que «los rusos matan más soldados enemigos y destruyen más armamento que los 25 Estados de Naciones Unidas en conjunto». Y De Gaulle declaraba en diciembre 1944: «Los franceses saben que la Rusia soviética jugó el papel principal en su liberación».

Me hubiera gustado citar lo que dice sobre el tema el eminente historiador británico Eric Hobs-bawm en su libro «El corto siglo XX». Queda para otra vez

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