TODO EL MUNDO MIRA A IRAN
Sin embargo, el régimen no está amenazado, salvo que experimente una evolución radical, algo improbable y pasible de la feroz represión del gobierno. Mir Hossein Moussavi, el líder opositor en quien todo el mundo tiene puestos sus ojos como alternativa a Ahmadineyad no aspira a cambiar el régimen. Ha sido y es parte sustancial de él y sólo quiere modificar algunos de sus desaciertos. Fallos en su gestión política, no en su inspiración y naturaleza religiosa y divina.
Hossein Moussavi, de 67 años, un conservador moderado que regresó a la escena política tras 20 años de ausencia, representa a un movimiento reformador dividido. Fue uno de los fundadores del Partido Islámico que apoyó al ayatolá Ruholá Jomeini, fundador de la República Islámica, tras el derrocamiento del Sha. Fue nombrado primer ministro en 1981, un año después del comienzo de la sangrienta guerra entre Irán e Irak.
Tiene el apoyo de muchos jóvenes, que buscan una liberalización de la sociedad, y sobre todo de los estudiantes, que lideran la ola de protestas. En las calles marchan juntos estudiantes, activistas por los derechos de la mujer, grupos de minorías étnicas, sindicalistas, asociaciones civiles, profesores, entre otros.
Algunos disidentes religiosos también apoyan al sector reformador. El ayatolá Hosein Ali Montazeri, instó a los jóvenes a seguir manifestándose pacíficamente. En un principio se pensaba que Ali Montazeri sucedería a Jomeini, pero cayó en desgracia por haber criticado al poder. También el ex presidente Mohamd Jatami (1997-2005) se unió a la campaña de Musavi. Durante su presidencia había intentado introducir reformas, pero los conservadores lo impidieron. El ex presidente Akbar Hachemi Rafsandajni, un conservador pragmático, se acercó también a los reformadores tras ser derrotado por Ahmadinejad en 2005. Sigue siendo influyente en su calidad de jefe del Consejo del Discernimiento, el más alto consejo de arbitraje, y de la Asamblea de Expertos encargada de designar al guía supremo y supervisar sus acciones. Conservó un perfil bajo durante las manifestaciones pero podría actuar entre bastidores, aseguran algunos expertos.
En esta puja interna, el ultraconservador Ahmadineyad hostil a Occidente- es apoyado por el guía supremo, el ayatolá Alí Jamenei. El número uno del régimen iraní legitimó su reelección, atacó a la oposición, no habló de la represión, de la censura de prensa, de los detenidos y los muertos, pero si arremetió contra Occidente
Jamenei es el que tiene la última palabra sobre todos los asuntos del Estado. Es el jefe de todos los ejércitos, entre los cuales están el cuerpo de élite de los Guardianes de la Revolución y la milicia islamista de los Basij, que respondieron a las protestas abriendo fuego contra los manifestantes.
Nombrado de por vida, el guía supremo designa al jefe del Poder Judicial, a seis de los 12 miembros del poderoso Consejo de los Guardianes de la Constitución, e indirectamente a los otros seis que son propuestos por el jefe del Poder Judicial. También a los comandantes de las Fuerzas Armadas, y confirma la validación por el Consejo de los Guardianes de la elección del presidente. El control es cuasi absolutista.
Pero Ahmadineyad también cuenta con el Consejo de los Guardianes de la Constitución. Este organismo de 12 miembros tiene el poder de interpretar la Constitución y de hacer una selección entre los candidatos a las principales elecciones. Es dominado por los conservadores seguidores del guía supremo. Es la autoridad máxima encargada de confirmar la validez de las elecciones. El triunfo opositor, a priori, parecía un mero deseo teniendo en cuenta todos los filtros que debía sortear.
El reelecto presidente iraní conserva muchas bazas en la mano, a pesar de no haber anticipado la protesta tras la elección. Goza del apoyo de la mayoría silenciosa fiel a su discurso populista, que victorea los ataques verbales a Israel y Occidente, y que hace alarde de su carrera nuclear. Cuenta con las fuerzas de seguridad y del ejército. Los monárquicos y los Muyaidines del Pueblo no representan hoy una alternativa creíble para desplazar a la teocracia iraní. Pero, la represión que lleva adelante el régimen ante la multitudinarias protestas, muestran que las fisuras ya existentes en la elite política iraní se convirtieron en diferencias irreconciliables, llevando a ese país a la crisis.
Amir Taheri, uno de los intelectuales iraníes en el exilio, vaticina el agotamiento del régimen y afirma que su derrumbe no está demasiado lejos. Es evidente que los pilares sobre los que se ha construido un régimen opresivo, con una falsa apariencia de democracia -demasiadas veces elogiada por algunos analistas occidentales ignorantes o malintencionados-, estaban acusando ya una grave fatiga, sostiene este intelectual iraní. Como decía Stalin, «lo que cuenta no es quién vota, sino quién cuenta los votos».
Un régimen no puede prolongarse indefinidamente en el poder en contra de la voluntad de su pueblo. La República Islámica de Irán ha seguido, desde la revolución de 1979, una política que ha ido colocando en la oposición a sectores cada vez más amplios de la población: monárquicos, kurdos, izquierda, derecha, centro, jóvenes, mujeres, universitarios, y ahora ha marginado del juego político a los propios reformistas que querían cambiar el sistema islámico desde dentro, sostuvo Rahim Kaderi, un intelectual kurdo residente en España.
Aunque la continuación de Jamenei como líder supremo de la República Islámica parece aún segura, su autoridad está siendo incipientemente cuestionada. Algo se mueve en el país de los ayatolás.
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