NEURONAS Y NEUROSIS

¿TEOCRACIA O DICTADURA MILITAR?

Como lo expresó perfectamente el comentarista árabe Abdul Rahman al-Rashid en el diario «Asharq Alawsat» de Londres: «La verdadera sorpresa hubiera sido que un candidato presidencial que no sea Mahmud Ahmadinejad hubiera ganado las elecciones y hubiera sido proclamado el nuevo presidente de Irán. La victoria de Ahmadinejad era algo esperado y natural a la luz del status quo. El fraude electoral es la cosa más fácil de hacer para un régimen religioso que se atribuye el derecho divino a gobernar. Para él, la elección es una cuestión de destino, por lo cual está dispuesto tanto a luchar como a estafar con el voto».

Hasta ahora, el aparato represivo del régimen podía aplastar fácilmente todo movimiento opositor, como durante la rebelión estudiantil de 1999. Pero ahora, como escribe Rashid «Las figuras dirigentes de la rebelión son más fuertes y las manifestaciones van mucho más allá de los campus universitarios y llenan las calles de Teherán. La era de oro del régimen, cuando los jóvenes eran el pilar del sistema clerical, llegó a su fin. La juventud ahora se convirtió en una espina dolorosamente clavada en su costado».

Los actuales enfrentamientos tiene un importante trasfondo económico. Como lo señala incisivamente el analista del «New York Times» Ross Douthat (junio 16): «Fueron factores económicos los que hicieron posible esta crisis: Estancamiento del Producto Nacional Bruto, creciente desempleo e inflación galopante (Las estadísticas iraníes señalan un desempleo del 17% y un 25% de inflación pero los números reales deben ser superiores. Y el crónico mal manejo de la economía puede llevar a una considerable caída de los ingresos del petróleo)». En una tesis tan interesante como polémica, Douthat opina que pese a su monopolio de la fuerza, los líderes de la revolución islámica no parecen ser los nazis del Medio Oriente, sino los desdichados funcionarios del régimen de Weimar incapaces de controlar el desmoronamiento de las finanzas.

Pero si existe un régimen en la tierra que no tiene la menor semejanza con el liberal y débil régimen de Weimar es el de la revolución islámica iraní. No hay que olvidar que el flamante gran opositor Mir Hossein Mousavi es parte del sistema y que fue aprobado por los Guardianes de la Revolución. De alguna manera se trata de un conflicto interno entre distintas fuerzas ligadas a la revolución islámica.

Pero es indudable que la actual confrontación debilita al régimen y sobre todo, desprestigia al hasta ahora intocable Guía Supremo, Ali Khamenei, que se jugó demasiado pronto y demasiado ostensiblemente por la muy polémica victoria de Ahmadinejad en las urnas.

Nadie parece dudar que en la actual confrontación el régimen tarde o temprano habrá de imponerse mediante la fuerza bruta y la represión masiva. Lo que divide a los analistas es por cuánto tiempo podrá sobrevivir el régimen una vez acalladas las protestas. Para el periodista iraní Masoud Golsorkhi, que escribe en el «Guardian» de Londres (junio 17) «El recurrir a la fuerza no tendrá éxito, ni siquiera a corto plazo. Ni las fuerzas de Basij ni las policía anti-mitines han logrado intimidar a las multitudes. Tanto los Guardias Revolucionarios como el ejército hasta ahora no han querido intervenir. La única posibilidad en que podría ser arrastrados a participar en la represión, sería si los conservadores tuvieran evidencias de intervención extranjera».

Dos lúcidos analistas del «New York Times, Danielle Pletka y Ali Alfoneh (junio 17) son bastante menos optimistas. A su juicio, en Irán tuvo lugar una revolución encubierta: la de los Guardias Revolucionarios que dieron un golpe de estado que desplazó de hecho a los clérigos que hasta ahora legitimaban su poder mediante el sistema creado por Khomenini de «velahat e faqih» que coloca al país bajo la tutela de la jurisprudencia islámica y ubica en la cúspide al Guía Supremo.

Desde esta perspectiva, Ahmadinejad ha fortalecido su posición a costa de Ali Khamenei y su consejo de 12 Guardianes. Desde su elección en 2005, ha colocado sistemáticamente a partidarios suyos, especialmente procedentes de las milicias y los grupos paramilitares en el aparato del estado. El líder supremo habría aceptado el creciente poder del presidente ultra-conservador por meras razones de supervivencia. Los articulistas del «Times» se preguntan: ¿Qué es lo que esto significa para el presidente Obama y su política de diálogo con Irán? Algunos dirán que Ahmadinejad mantendrá una actitud conciliatoria para así legitimar su poder, pero esta explicación puede ser vista como una justificación para explicar la política sin perspectivas de Washington. Entretanto, el pueblo iraní habrá sufrido la consolidación en el poder de un régimen cruel y la transformación de una teocracia en una dictadura militar de sesgo ideológico. Este Irán ni quiere ni necesita un acuerdo con Occidente». Cabe desear, tanto por el pueblo iraní como por la paz en el mundo, que la realidad desmienta este inquietante planteo.

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