Histórico: asume Mauricio Funes
Poco más de un mes después, el 26 de abril Rafael Correa al frente de Alianza País ganaba en primera vuelta la reelección a la presidencia, reuniendo más votos que los demás siete candidatos juntos y derrotando en particular a Alvaro Noboa, la mayor fortuna del país. Ambos hechos confirmaban que desde el inicio del nuevo siglo y milenio, América Latina vive ya no sólo una época de cambios, sino un cambio de época. La definición pertenece precisamente a Rafael Correa y ha ganado carta de ciudadanía en nuestro continente y en el mundo, en contraste con la situación prevaleciente en Europa y otras regiones del planeta.
Esta nueva realidad continental se reflejó incluso en la V Cumbre de las Américas de Trinidad-Tobago, situada entre esas dos elecciones, del 17 al 19 de abril, en que todos los países de América Latina y el Caribe reclamaron el fin del bloqueo de EEUU a Cuba y la anulación de la inicua decisión de la Conferencia de Cancilleres de la OEA efectuada en San Rafael, Punta del Este, Uruguay, en enero de 1962, que determinó la exclusión de Cuba del sistema interamericano. Este tema ocupará sin duda un lugar fundamental en la próxima Asamblea General de la OEA, que se reúne en San Pedro Sula, Honduras, al día siguiente de la asunción de Mauricio Funes. Véase cómo se van enhebrando los acontecimientos políticos en nuestra América Latina, pero enfilados todos en la misma dirección: la consolidación de las posiciones de las fuerzas de izquierda y progresistas, su acceso al gobierno en la mayoría de los países para aplicar políticas sociales a favor de los sectores populares y de defensa de la soberanía y la independencia nacional. En particular, el inicio del gobierno presidido por Funes cambia la correlación de fuerzas en América Central. Es por esa razón, además, que las antiguas clases dominantes y los sectores desplazados del poder han intensificado una campaña conspirativa, de intentos de golpe de Estado y de maniobras secesionistas, como lo estamos viendo en Bolivia y también en Guatemala, en Venezuela y en Ecuador.
Volviendo a El Salvador, el período que hoy se abre reviste extraordinaria significación por varios motivos. La victoria demuestra la extraordinaria eficacia con que el antiguo movimiento guerrillero se reconvirtió después de la firma de los acuerdos de paz de Chapultepec en 1992 y fue ganando el apoyo del pueblo mediante una política sistemática, de gran intensidad y consecuencia, extendida a cada uno de los departamentos del país, realizada con pasión y convicción, con espíritu de máxima amplitud y sin sombra de sectarismo, que los llevó a concitar la adhesión, en particular, de los sectores juveniles. Es lo que pudimos comprobar personalmente en San Salvador en la magnífica jornada del 15 de marzo. Una eclosión de muchachas y muchachos que ganó las calles, desfiló por todos los medios, agitó las banderas del FMLN, desembocó en todos los circuitos de votación, con fervor y con respeto, sin un desborde, con seguridad absoluta de su victoria desde la madrugada, y que festejó fervorosamente en la noche, junto a una gran masa de pueblo, en el Redondel Masferrer. Con razón y corazón. El FMLN se ha transformado en una gran fuerza política real, anclada en el alma del pueblo. Sus militantes labraron la victoria.
Y esto es lo que permitió enfrentar con éxito una de las campañas electorales más canallescas que haya presenciado en mi vida, con recursos macarthistas propios de la guerra fría y con el concurso desembozado de toda la prensa adicta a los sectores oligárquicos y sin olvidar a los canales internacionales (de la misma manera que lo estamos viendo actualmente en la campaña perversa contra el presidente Alvaro Colom en Guatemala). Derrotaron a la vez las maniobras para manipular el voto de los residentes en EEUU (lo que terminó en un fiasco notorio) y el chantaje relacionado con el envío de las remesas, que constituyen una parte importante del PBI salvadoreño (17,1%).
Prevaleció asimismo el espíritu unitario de Mauricio Funes, sin duda el mejor candidato para el cargo. Lo vimos de manera palpable en la noche de la victoria, cuando en la conferencia de prensa tras anunciarse el carácter irreversible de la votación, se congregaron en su torno todos los dirigentes del FMLN y quienes en determinado momento habían abandonado sus filas para integrar otras formaciones políticas. Estaban todos allí, incluso dirigentes de otros partidos como el PDC, personalidades universitarias y de la cultura, el anterior alcalde de San Salvador y otros, lo que sin duda se reflejará en la integración del nuevo gobierno. Este ha sellado su compromiso con un programa, ampliamente difundido y muy minucioso, distribuido profusamente bajo el título: «Nace la esperanza, viene el cambio», que es un ejemplo de madurez. Su elaboración estuvo coordinada por Gerson Martínez, a quien tuvimos el gusto de recibir unos días entre nosotros.
A partir de mañana se clausura el ciclo de cuatro gobiernos sucesivos de Arena, marcados por la aplicación del neoliberalismo salvaje y de una política represiva practicada por un partido formado a la sombra del mayor Roberto D’Aubuisson, el organizador de los Escuadrones de la Muerte y del asesinato de monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador emotivamente recordado estos días. Y pasa a gobernar el partido formado bajo la inspiración de Farabundo Martí, que combatió junto a Augusto César Sandino, el «general de los hombres libres». Sólo nos resta desearle el mayor de los éxitos, como expresión que es de la nueva América Latina.
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