Miles de personas son criogenadas: ¿vivir para siempre?
El término «cryonics» (criogenia) fue acuñado por primera vez por un tal Karl Werner en 1965, cuando, en compañía de Curtis Henderson y Saul Kent, fundaron la Cryonics Society of New York.
En 1972 se fundaron Trans Time, con sede en San Leandro, California y Alcor Life Extension en Scottsdale, Arizona. El tema ya había adquirido gran popularidad a partir de 1964, fecha en que R.C.W. Ettinger había publicado el libro The prospect of immortality.
Ettinger proponía que los cuerpos de personas recientemente fallecidas o, en su defecto, sus cabezas separadas del tronco fuesen congelados en nitrógeno líquido a -198 ºC con el sano propósito de conservar cerebros sanos hasta el momento en que la tecnología del futuro hubiese adquirido un nivel de desarrollo tan avanzado que permitiese devolverlos a la vida.
En 1972 se fundaron Trans Time, con sede en San Leandro, California y Alcor Life Extension en Scottsdale, Arizona.
Esta última es en la actualidad quizá la empresa más importante del mundo en el campo de la conservación criogénica de cadáveres; eso sí, al módico y popular precio de unos 150.000 dólares como mínimo por un cuerpo completito y «tan sólo» 80.000 dólares por un cerebro.
A fecha de 30 de setiembre de 2008 Alcor contaba con 863 miembros y 84 pacientes en sus contenedores, a la espera de un mañana más prometedor.
A veces me pregunto qué pasaría si en unos años esto se pusiera de moda y el número de pacientes comenzase a incrementarse de forma alarmante.
¿Dónde almacenar tantos cadáveres? ¿Qué hacer con ellos?
¿Se les podría sacar alguna utilidad? Una vez más, el mundo de la ciencia ficción ha propuesto respuestas a interrogantes como estas.
Así, Norman Spinrad, en Incordie a Jack Barron (Bug Jack Barron, 1969) utiliza la criogenia como medio de soborno y chantaje; Larry Niven, en The defenseless dead (1973) propone la idea de utilizar los restos de cadáveres criogenizados para obtener órganos de trasplante; Greg Bear, en Heads (1990) sugiere la posibilidad de extraer datos de los cerebros muertos antes de ser descongelados; por último, Charles Sheffield, en Tomorrow and tomorrow (1997) soluciona los problemas de espacio para el almacenamiento enviando los cuerpos nada menos que a Plutón.
Me imagino que los viajes espaciales estarían baratitos en esa época.
Alcor sólo actúa sobre personas legalmente fallecidas, es decir, sólo en las que se ha detenido su corazón, nunca sobre aquéllas en las que haya tenido lugar la muerte cerebral, ya que demostrar este hecho haría perder un tiempo precioso debido a la cantidad de técnicas y procesos que hay que llevar a cabo.
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