BASES MILITARES
Las razones son múltiples y conocidas. Está plenamente vigente y ha sido reforzado por la administración Bush el Plan Colombia (y su complementario Plan Patriota), que ligan militarmente a ambos países y que, con el manido pretexto de la lucha contra el narcotráfico, permiten la presencia y actuación de asesores militares y contratistas norteamericanos con equipos y armamentos sofisticados que han estado interviniendo activamente en el conflicto interno colombiano. Hay además tres bases militares en Colombia bajo dirección de militares de EEUU: la mayor es la de Tres Esquinas, ubicada junto a la Larandia en el Caquetá, a la que se agrega la de Villavicencio en el Meta. Estas estructuras tuvieron participación activa en la invasión por tropas colombianas del territorio ecuatoriano de Sucumbíos y el asesinato de Raúl Reyes y sus acompañantes el 1º de marzo de 2008, operativo que contó además con pleno asesoramiento de la inteligencia militar norteamericana.
Por otro lado, fueron notorios los vínculos estrechos del gobierno de Uribe con la administración Bush a lo largo de su mandato, que aspira a prolongar bajo la actual presidencia, y uno de cuyos objetivos primordiales es la aprobación de un TLC entre ambos países. En el curso de la Cumbre de las Américas en Trinidad-Tobago, Uribe anunció que Obama visitaría Colombia en primer lugar en el curso de una próxima gira latinoamericana, y que él renovaría los esfuerzos por lograr la aprobación del TLC en el Congreso de Washington.
En los últimos días circuló la versión de que la base de Manta se trasladará a Colombia, o que se utilicen aeropuertos y bases ya existentes en ese país para operaciones militares norteamericanas. Refiriéndose a este tema, el embajador de EEUU en Colombia, William Brownfield, declaró el 14 de abril de 2008 al periódico El Bogotano: «No voy a negar que estamos conversando sobre esa posibilidad (ya que) Colombia y Estados Unidos estamos colaborando en las esferas contra la droga ilícita, en los esfuerzos contra la delincuencia internacional. Parte de esa colaboración sin duda ninguna requiere acceso a instalaciones entre los dos países y requiere un ajuste». Y agregó, con afán tranquilizador, que «la base seguirá bajo bandera colombiana y mando colombiano».
La senadora Gloria Inés Ramírez, del Polo Democrático Alternativo (que integró la delegación de su país al XIV Encuentro del Foro de Sâo Paulo efectuado en mayo pasado en Montevideo) declaró al respecto: «Esto significa que el asunto no está cancelado y que la posibilidad de que el territorio colombiano sirva como plataforma militar de EEUU es completamente cierta. En tales condiciones, el ‘acceso a instalaciones’ de que habla el embajador significaría una nueva escalada en la injerencia militar de lo Estados Unidos que, unida al despliegue de la IV Flota norteamericana en el Caribe causaría efectos indeseables en las relaciones de Colombia con los demás países del continente». La senadora recuerda, por añadidura, la actitud de Colombia en la guerra de las Malvinas (y podría haberse remontado al envío de un combat-team en la guerra de Corea) y señala que mientras la mayoría de los países de América Latina y el Caribe asumen posiciones de independencia y defensa de la soberanía (como se vio claramente en la Cumbre de Trinidad-Tobago), el gobierno colombiano sigue siendo el «Caín de América», como se le denominó cuando apoyó a Gran Bretaña en su agresión militar a la República Argentina en 1982.
El tema admite una pequeña coda. El paramilitar y narcotraficante colombiano Diego Murillo, alias Don Berna, ha sido condenado a 31 años de prisión en EEUU, pero su pena puede ser reducida si coopera para aclarar miles de crímenes en su país. Él ha declarado que colaboró financieramente en las campañas electorales de Uribe. A la vez se acaba de capturar en Colombia a Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario, que según anuncios oficiales es uno de los mayores narcotraficantes del mundo y además «paramilitar reincidente» (ver mi nota del jueves 23). De esta suerte se mixturan en un amasijo único el gobierno colombiano, la intervención militar yanki, narcotraficantes de alto copete y bandas paramilitares asesinas. Todos mezclados, como en el verso de Guillén.
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