Argentina

Derriban muro entre pobres y ricos

«Llegaron a la madrugada para hacer los pozos con taladros y empezaron a parar los hierros y los bloques de cemento», cuenta Avelino López, un albañil de 63 años, vecino del lugar.

Alrededor de él, decenas de habitantes del barrio carenciado de «Villa Jardín» manifiestan al son de tambores, bajo la mirada alerta de una treintena de policías antimotines, con sus gorras verdes con viseras sobre la cabeza, sus cascos enganchados en la cintura y sus escudos de plástico transparente apoyados en el suelo.

«No me explico lo que quiere hacer el doctor Posse, ni porqué nos quiere discriminar de esta manera», agrega López.

Gustavo Posse, alcalde de San Isidro, un barrio residencial al norte de la capital donde vive la alta burguesía y extranjeros llegados de países ricos, accedió al pedido de 33 propietarios hastiados por una ola de robos.

Estos vecinos exigieron la construcción del muro en la frontera entre San Isidro y la localidad de San Fernando, donde se encuentra Villa Jardín, para impedir incursiones delictivas en su zona.

El gobierno argentino instó el miércoles a «reflexionar y dejar sin efecto» la construcción del muro «que atenta contra la democracia, la Constitución y la convivencia, fundada en un supuesto sentido de seguridad», a través de una nota del ministerio del Interior.

Por el momento, el alcalde de San Isidro sostiene su iniciativa. Pero una decena de habitantes de Villa Jardín destruyó el jueves a martillazos y con la fuerza de sus brazos los cinco bloques de cemento y las barras de hierro que servían de base al muro, bajo la mirada de la policía, que no intervino.

«Tengo cuatro hijos que van a la escuela del otro lado del muro: ¿qué hago?», se pregunta Enrique Nelgarejo, 32 años, también albañil, mientras sus hijos se aferran a sus piernas.

De repente, aparece un niño al volante de un pequeño automóvil artesanal, empujado por otros dos jóvenes, y lanza a los periodistas: «¡Sáquennos una foto!», antes de desaparecer en una nube de polvo.

Los movileros de televisión se ríen. Detrás de ellos, sus asistentes están atareados alrededor de las camionetas con sus antenas parabólicas.

Militantes del Peronismo, el partido de la presidenta Cristina Fernández, llegan para respaldar a los habitantes de la villa, con sus banderas y sus tambores.

«Vamos a continuar hasta que se termine este conflicto. Se trata de incluir y no de excluir», dice Elisa Gallo, 34 años, del Movimiento Evita.

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