Funerales. Miles destacan la trayectoria del líder de la Unión Cívica Radical

Emotivo adiós a Raúl Alfonsín en calles de la capital argentina

«Raúl Alfonsín fue un prócer, no se quedó con un peso que no fuera de él», dice Germán Navitta, un actor de 39 años, mientras aguarda enfundado en una bandera argentina su turno para decir adiós al extinto ex presidente en la capilla ardiente del Palacio del Congreso.

Navitta es uno de los miles de argentinos que formaron el miércoles una ordenada y serpenteante fila que superaba los 1.000 metros por las calles aledañas, donde militantes de la hoy opositora Unión Cívica Radical (UCR, socialdemócrata), colgaron banderas en homenaje a su histórico caudillo.

Unos metros más atrás, Nair Felgueras, de 47 años, se emociona hasta quedarse sin palabras al recordar que votó por primera vez en 1983 a Alfonsín, en los comicios que lo convirtieron en el primer presidente electo tras una feroz dictadura (1976-83), que instauró un régimen de terrorismo de Estado.

«Se fue el último gran demócrata del país. Los valores que definieron a Alfonsín fueron la honestidad y el don de la hombría», señala Felgueras, con un clavel blanco en la mano que pretende dejar junto al féretro del extinto líder político, que murió el martes a los 82 años en su casa por un cáncer pulmonar.

El ex mandatario era velado en el protocolar Salón Azul del Congreso, por donde desfilaban ciudadanos, en su gran mayoría de las clases medias urbanas, mezclados con personajes de la política, la cultura y la economía.

De traje gris y corbata, Marcelo Magnis, no se sorprende al enterarse que Alfonsín donaba la mitad de su pensión de ex presidente para ayudar a comprar alimentos, medicamentos y audífonos a jubilados de su natal ciudad de Chascomús, en la provincia de Buenos Aires.

«Debe haber perdido más plata que la que ganó con la política, lo que no es habitual entre políticos», sentenció Magnis, que dejó su labor diaria en un estudio contable del porteño barrio de Flores para rendirle homenaje.

José Elías Greco, amigo de la familia Alfonsín de Chascomús, le cuenta a una conmovida señora que sostiene un ramo de flores entre sus manos, y está a punto de llorar, los valores que tenía el fallecido ex mandatario.

«Parquedad en la vida cotidiana, modestia económica y un estilo campechano. Donaba parte de su jubilación de presidente a un centro de estudios científicos en Chascomús», relata Greco, y hace un paralelo de su figura con la del fallecido ex presidente radical Arturo Illia (1963-66), derrocado por otro golpe militar.

«Yo estaba sola en mi casa cuando dijeron que murió. Pegué un grito y después pensé que su alma estaba en paz», le responde Enélida Ciarrocca, una jubilada de 69 años, que se dice apolítica, pero considera «una pérdida irreparable» la muerte de Alfonsín.

De a ratos, se escuchan aplausos que se propagan rápido en la extensa fila de espera, y se apagan como pequeños homenajes al ex presidente, bajo cuyo gobierno se enjuició a los jerarcas de la dictadura, aunque luego también impulsó la ley de Obediencia Debida, que exculpó a quiénes se amparaban en haber recibido órdenes para cometer crímenes.

Con anteojos negros para esconder las lágrimas, Laura Escobar, una licenciada en comercio exterior de 37 años, lee párrafos de un libro de Alfonsín y muestra orgullosa el autógrafo que le estampó el ex presidente una década atrás, antes de subir las escalinatas hacia la capilla ardiente del Congreso para despedirlo.

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