OPINION INTERNACIONAL

EL HOMENAJE A MONSEÑOR ROMERO

En ambos casos destacó su opción preferencial por los pobres y los excluidos (lo llamaban «la voz de los sin voz»), su llamado a la paz y al cese de la represión. Una crónica ilustrada de la prensa salvadoreña señala que «una muchedumbre se congregó frente a la Catedral Metropolitana para rendirle homenaje al hombre que pidió en nombre de Dios que cesara la represión». Y en otro lugar: «Las imágenes del presidente electo Mauricio Funes se mezclan durante la marcha con las de monseñor Romero». Funes prometió que dedicará su mandato a trabajar a favor de «los pobres y vulnerables» y por un nuevo acuerdo de paz y de conciliación nacional, con el fin de honrar la memoria de monseñor Romero. Los manifestantes compartían esos conceptos. «Monseñor, tu sueño se cumplió, el pueblo se liberó al fin del yugo de la represión», decía uno de ellos, y otro agregaba: «No podemos olvidar las homilías de nuestro pastor en la radio porque denunciaba las injusticias con su vibrante voz».

A ello unía monseñor Romero su valentía personal. Se recuerda esta expresión suya: «He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirles que como cristiano no creo en la muerte, sino en la resurrección».

Siguió ejerciendo a pie firme su misión. Por eso es venerado por todos, y muchos jóvenes se suman a las recordaciones año a año. «Pareciera que cada vez hay más devotos del ex arzobispo de San Salvador, y a pesar de que fue asesinado hace casi tres décadas, las nuevas generaciones se incorporan como seguidoras y admiradoras de su mensaje», dice la crónica citada.

La manifestación en memoria del arzobispo atrajo también otras causas humanitarias, como la de una niña violada y asesinada (Katya Miranda), crimen que también permanece impune. En otro lugar aparece este otro dato aterrador, que da una idea de la magnitud de la tragedia salvadoreña en el período anterior: «La imagen de monseñor Romero destaca entre las de 24 religiosos asesinados durante la guerra civil salvadoreña».

La jornada se inició con una misa concelebrada por sacerdotes en la capilla del hospital para enfermos de cáncer La Divina Providencia en el sector noroeste de la capital, donde al atardecer del 24 de marzo de 1980 monseñor Romero fue abatido por un francotirador contratado por la extrema derecha que le pegó un balazo en el corazón. Luego se desplegó la «marcha de los farolitos», que llegó hasta la Catedral Metropolitana, otrora testigo de las homilías y del entierro del arzobispo, y en cuya cripta están depositados sus restos. Allí se realizó una vigilia. En la vecina Plaza de las Américas hay un monumento de bronce de Romero con un punto rojo a la altura del corazón.

Estos son sitios de frecuente peregrinación popular. Cuando en la década pasada se efectuó el Encuentro del Foro de San Pablo en San Salvador, concurrimos todos a visitarlos. Desde aquella época, por todos los testimonios recogidos me pareció que su perfil ético se asemejaba al del nunca olvidado entre nosotros Perico Pérez Aguirre.

El papa Juan Pablo II se allegó en dos oportunidades, en 1983 y 1996, a esos lugares y se arrodilló frente a la tumba de monseñor Romero en señal de respeto. Hay un proceso de beatificación en curso, que fue iniciado en El Salvador en 1994, llegó a Roma dos años después y sigue un trámite que, supongo, puede demorar un buen tiempo.

Una Comisión de la Verdad, creada por la ONU en 1993, culpó como autor intelectual del asesinato al mayor del ejército y líder derechista Roberto D’Aubuisson. Pero judicialmente en El Salvador nunca se responsabilizó a nadie por el crimen.

En la versión que mencionamos se dice al respecto que en Estados Unidos (no sé a qué título) se condenó al capitán Alonso Saravia como responsable del operativo que segó la vida de monseñor Oscar Arnulfo Romero, que vivo queda en la muerte.

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