OPINION INTERNACIONAL

LE PEN, EL ROSTRO DEL FASCISMO

Como tal, formó parte de las huestes del general Massu, el jefe de los destacamentos de paracaidistas que instauró la práctica sistemática de la tortura e implantó nuevos métodos de interrogatorio de los prisioneros incluyendo el uso de drogas y estupefacientes. Todo esto fue denunciado al mundo en un libro que se volvió célebre, «La Tortura», escrito por Henri Alleg, un periodista comunista argelino-francés que resistió esas prolongadas torturas hasta el borde de la muerte y mantuvo la lucidez para relatar sus efectos. El libro fue publicado en Uruguay por la Juventud Comunista (UJC) y yo tuve la oportunidad de escribir el prólogo, como recordará uno de los editores del diario. Poco antes había conocido al propio autor en una reunión del movimiento comunista. En las reuniones de la Asamblea General de nuestro país en aquellos años, cuando se cernía la sombra del golpe de Estado, Zelmar Michelini denunció una y otra vez los métodos infamantes de la tortura en la guerra de Argelia practicadas por la OAS (Organización Armada Secreta) para enfrentar la lucha creciente por la independencia llevada a cabo por el Frente de Liberación Nacional (FLN) argelino. Dice una crónica: «Para sostener la ‘Argelia francesa’ y a los pieds-noirs (colonos franceses que se habían apoderado de las tierras fértiles), el colonialismo francés destruyó 8000 mil aldeas, eliminó a más de un millón de civiles, utilizó sistemáticamente la tortura y desplegó a más de 500 mil soldados». De ahí proviene Le Pen. Se ha escrito que «Le Pen es un torturador de la guerra de Argelia, cuyos métodos reivindica hoy, orgulloso e impenitente. Es un símbolo supremo de la xenofobia, el gran flagelo actual que atiza, cultiva y exalta». Tenemos a la vista recortes de prensa francesa con reportajes a cinco torturados en Argelia acompañados de las fotos de dos torturadores, entre ellos Le Pen, con boina negra y uniforme de campaña.

Después, como se sabe, De Gaulle firmó los acuerdos de paz de Évian (18 de marzo de 1962), que establecían el cese al fuego y un plebiscito de autodeterminación, que dio lugar a la proclamación de la independencia de Argelia el 5 de julio de ese año. Ahmed Ben Bella fue designado primer ministro, bien conocido por dirigentes políticos de nuestro país como Rodney Arismendi.

La ideología nazifascista de Le Pen viene de largo tiempo atrás. En 1987 declaró que «las cámaras de gas fueron un punto de detalle de la 2ª guerra mundial». Antes había negado lisa y llanamente la existencia de este instrumento de exterminio. Exactamente igual que el obispo Richard Williamson, que finalmente fue expulsado de la Argentina, no sin antes intentar agredir a un periodista en el aeropuerto. Después Le Pen dijo en reportaje a la revista de extrema derecha Rivarol que la ocupación nazi a su país durante la guerra «no fue particularmente inhumana», todo lo cual le valió una condena del Tribunal Correccional de París por un delito de complicidad con la apología de crímenes de guerra y negación de un crimen contra la humanidad.

Sus declaraciones del más abyecto tono racista y xenófobo son innumerables. Reclamó que no entrara ningún inmigrante a Francia de países fuera del continente europeo, la expulsión de los inmigrantes no legales y medidas represivas contra todos los que permanecían en el país. Durante la Copa mundial de fútbol en 2006 dijo que había demasiados jugadores de color en el equipo francés. Tuvo expresiones insultantes contra el argelino Zinedine Zidane por su famoso cabezazo en esa instancia. Comparó a los enfermos de sida con leprosos.

Con su Frente Nacional fundado en 1972, Le Pen se presentó a varias elecciones presidenciales (1974, 1988, 1995), con pobres resultados. En 2002 se produjo un hecho sumamente negativo: la izquierda pagó un altísimo precio político por su división en una proliferación inconducente de candidaturas. En esas condiciones Le Pen, con 16,8% de votos en el primer turno, prevaleció sobre una débil votación de Lionel Jospin (apoyado únicamente por los socialistas) y fue a la segunda vuelta contra Jacques Chirac. Todas las fuerzas de izquierda y otras formaciones republicanas votaron en este caso por el candidato de la derecha (Chirac), que salió electo por un inédito 82% de votos, cerrando el paso al candidato del fascismo.

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