"Aquí yace Ramón Mercader"
La operación que culminó con la eliminación de Trotsky había comenzado a prepararse dos años antes, en 1938. Ramón Mercader, que en 1937 había aceptado trabajar para los servicios secretos soviéticos, fue enviado a Francia como Jacques Mornard, con documentos belgas, donde entró en contacto con las organizaciones trotskistas. Paralelamente, el Kremlin envió directamente a México, lugar donde ya residía Trotsky, a otros dos españoles.
«A disposición del NKVD en Moscú había un grupo de ex combatientes en la guerra civil de España. La elección recayó en dos de ellos: ‘Felipe’ y ‘Mario’, gente segura, comprobada. En abril de 1938 zarparon en un barco soviético desde el puerto de Novorossíisk a Estados Unidos», cuenta Lev Vorobiov, un veterano espía ruso que tuvo acceso a documentos secretos que se guardan en Moscú.
Los dos españoles, una vez en Nueva York, establecieron contacto con el jefe de la red de espías soviéticos en Estados Unidos, que preparó el viaje de estos a México. «Felipe» partió al país vecino en junio y unos meses después le siguió su camarada «Mario». Los españoles, sin embargo, no alcanzaron a realizar ningún atentado contra Trotsky, que en esa oportunidad, paradójicamente, fue salvado por las purgas estalinistas en la Unión Soviética.
En el otoño de 1938 detuvieron en Moscú a un grupo de altos funcionarios del servicio de espionaje soviético, entre los que figuraban dos antiguos jefes de «Felipe» y «Mario»; Serguéi Spigelglas, vicejefe del 5º Departamento de la Dirección Principal de Seguridad Nacional, que había organizado el operativo de los españoles, y Piotr Gutzeit, jefe de la red de espías en Nueva York, que había trabajado con ellos en Estados Unidos. Ambos funcionarios fueron acusados de trabajar para servicios secretos extranjeros. El problema era que, de ser cierta esta acusación, no se podía seguir confiando en los españoles enviados a México. Como primera medida, Moscú interrumpió todo contacto con ellos, pero después les ordenaron regresar a la URSS.
En junio de 1939, «Felipe» llegó a Nueva York sin problemas, pero «Mario» no lo logró. Al cruzar la frontera estadounidense fue detenido al descubrirse que sus documentos eran falsos. Lograron que se le pusiera en libertad, pero fue expulsado a México.
En enero de 1949 «Felipe» llegó a Moscú, donde informó que, junto con «Mario», habían comenzado a buscar gente para utilizarla en operaciones especiales y que tenían buenos contactos con varios personajes influyentes de la izquierda, quienes a su vez contaban con amplias relaciones en diferentes medios, incluido el de la emigración española. Dijo también que ya habían elaborado algunos bosquejos de un plan para eliminar a Trotsky.
Stalin había dado órdenes expresas de acabar con Trotsky. La última ocasión, en marzo de 1939, según Vorobiov. En cumplimiento de esa disposición, el servicio de espionaje elaboró el plan Utka, donde se decía que el objetivo era liquidar a Trotsky por cualquier medio: «Envenenamiento del alimento o del agua, explosión en la casa, explosión en el coche, golpe directo, estrangulamiento, puñal, golpe en la cabeza, disparo. Es posible un ataque de un grupo armado», dice el documento citado por Vorobiov.
Como organizador y dirigente de la operación en México figura «Tom», cuyo verdadero nombre es Naúm Eitingon, que tenía 40 años. De origen judío –como Trotsky–, militó primero en el Partido Socialista-Revolucionario y después, a partir de 1919, ingresó en el Partido Comunista. Al año siguiente entró en la Cheka, que después sería conocida con otras siglas: GPU, NKVD, KGB. Su trabajo en el servicio de espionaje comienza en 1927. Viaja a China, Francia, Alemania y España. En España permaneció de 1936 a 1939 como vicejefe y después jefe de la red de espionaje soviético. «Tom» obtuvo en París un pasaporte iraquí auténtico con el que viajó a EEUU. En octubre llegó a Nueva York y al mes siguiente viajó a México.
«Tom», viendo que Mercader tenía dificultades para ganarse la confianza de Trotsky, se decide a organizar un ataque contra la casa del dirigente exiliado. La noche del 23 al 24 de mayo de 1940, una veintena de hombres asaltó la residencia de Coyoacán dirigidos, como se sabrá más tarde, por el pintor David Alfaro Siqueiros. Pero los atacantes no lograron su cometido: Trotsky, tendido en el suelo con su esposa, salió ileso de la lluvia de balas que dispararon contra su dormitorio.
El general Leandro Sánchez Salazar, jefe del servicio secreto mexicano en el momento del ataque y el encargado de investigarlo, siempre estuvo seguro de que Robert Sheldon, que abrió la puerta a los atacantes, era un cómplice de los enviados por Stalin, pero Trotsky nunca creyó que el joven estadounidense fuera un infiltrado. Se equivocaba el revolucionario y tenía razón el policía: Sheldon era un agente de los soviéticos.
«Durante la operación quedó claro que Sheldon era un traidor. Abrió la puerta, pero en la habitación a la que condujo a los que participaban en el ataque no estaba ni el archivo ni el mismo Trotsky. Y cuando los atacantes abrieron fuego, Sheldon les dijo que si lo hubiera sabido, él nunca hubiera aceptado participar en este asunto. Esta conducta sirvió de base para tomar la decisión de liquidarle. Fue asesinado por mexicanos», dijo Eitingon en marzo de 1954, durante los interrogatorios a los que se le sometió después de ser detenido durante otra de las purgas estalinianas. Vorobiov cita estas declaraciones en el artículo Operación Utka, publicado en el tercer tomo de los Ensayos de la historia del servicio de espionaje exterior ruso y, según reveló, es la primera vez que el Kremlin reconoce que Sheldon era uno de sus agentes. En la correspondencia secreta rusa figuraba como «Amur» (Cupido), y había sido reclutado en Nueva York y enviado a México especialmente para infiltrarse en la casa de Trotsky, convertida en una verdadera fortaleza por temor a los estalinistas.
Sánchez Salazar comprendía que el verdadero organizador no era Siqueiros, y aunque no llegó a oír nada de «Tom», sí le llegaron datos fragmentarios de «Felipe», el «judío francés» del que sospechaba, con razón, que era uno de los organizadores del ataque. El apodo es correcto, pero «Felipe«, cuya identidad sigue siendo secreta, no era ni judío ni francés, sino español.
Hoy se sabe que después del atentado en México ambos continuaron trabajando en la red de espionaje soviético. «Mario» no regresó a la URSS. En México tuvo, como mínimo, un hijo; después trabajó en otro u otros países de América Latina, donde se volvió a casar y tuvo varios hijos. Se sabe que después de muchos años tomó contacto con su primer hijo e incluso viajó a visitarlo a México; aparentemente, este también fue después a visitar a su padre al país donde trabajaba. Murió en América Latina.
«Felipe» continuó su vida de agente soviético en diversos países, y regresó a la URSS a fines de los años cincuenta, con su esposa, «una extranjera» que no era ni española ni rusa, y su hija. El Kremlin lo distinguió con altas condecoraciones. Murió en Moscú a fines de los 80.
El «elegido»
Pero el «elegido» para esta misión fue el comunista español Ramón Mercader. Recientes investigaciones realizadas por españoles reconstruyen, mediante documentos y testimonios rastreados en varios países, la vida de este hombre que el 20 de agosto de 1940 cumplió con la orden de Stalin, en Coyoacán, en las afueras de Ciudad de México, cuando asesinó con un pico que llevaba escon
dido entre sus ropas al ya anciano exiliado.
Trotsky estaba sentado en su escritorio trabajando, como todos los días, cuando el joven español sacó un pico que escondía en el impermeable y se lo enterró al anciano en la cabeza. Se escuchó un grito. Mercader conseguía de esa manera lo que otros no habían podido: cumplir la orden del todopoderoso líder del comunismo internacional, Stalin.
Pero Trotsky no cayó pese que le había herido en la cabeza e incluso forcejeó con él. Entró la guardia y detuvo al asesino. Este no pudo llegar al auto que estaba a cien metros de la casa, donde lo esperaba su madre, Caridad del Río.
Este catalán es hijo de un industrial de la ciudad de Badalona, y de Caridad del Río, nacida en Santiago de Cuba, de donde se trasladó a España siendo niña. Caridad del Río, militante comunista, combate en la guerra civil española y es miembro de la KGB en España. Educó a sus hijos con una premisa primordial, la de hacer la revolución. Y en donde fuera. Ramón Mercader participa de la contienda durante la guerra civil española. Desaparece y viaja a la URSS. Allí recibe la misión y es entrenado para cumplirla por los servicios secretos soviéticos. Parte a París de incógnito y se vincula a los círculos trotskistas. Enamora a Silvia Ageloff, estadounidense del núcleo íntimo de Trotsky, para llegar a su objetivo. Viaja con ella a Nueva York y luego a México con el único fin de cumplir con la orden prioritaria de Stalin, asesinar a Trotsky
Los recuerdos del secretario de Trotsky
«Desde el ataque de ametralladora hecho por la GPU al dormitorio de Trotsky el 24 de mayo, la casa de Coyoacán se había transformado prácticamente en una fortaleza. Se aumentó la guardia, estaba mejor armada. Se instalaron puertas y ventanas antibalas. Un reducto fue construido con techo y piso a prueba de bombas. En el lugar de la vieja puerta de madera donde Robert Sheldon Harte fue sorprendido y secuestrado por los perseguidores de la GPU se pusieron puertas de acero doble, controladas por interruptores eléctricos. Tres torres nuevas antibala dominaban no solo el patio sino todo el barrio alrededor. Se estaban preparando marañas de alambre de púa y redes contra bombas». Así recuerda ese día el norteamericano Joe Hansen, secretario de Trotsky y dirigente trotskista norteamericano.
«Toda esta construcción fue posible gracias a los sacrificios de los simpatizantes y militantes de la Cuarta Internacional, que hicieron todo lo que pudieron para protegerlo, sabiendo que era seguro que Stalin intentaría otro ataque más desesperado después de haber fallado el 24 de mayo. El gobierno mexicano, el único país en la Tierra que había aceptado asilarlo a Trotsky en 1937, triplicó la cantidad de guardias que se turnaban afuera de la casa, haciendo todo a su alcance para salvaguardar la vida del exiliado más famoso del mundo.
Unicamente la forma del nuevo ataque era desconocida. ¿Otro ataque de ametralladora con más agresores? ¿Bombas? ¿Cachiporrazos? ¿Envenenamiento?
Yo estaba en el techo, cerca de la torre de guardia principal con Charles Cornell y Melquíades Benítez. Estábamos conectando una sirena poderosa con el sistema de alarma para ser usado cuando la GPU atacara nuevamente. Al atardecer, entre las 17:20 y las 17:30, Jackson, a quien conocíamos como simpatizante de la Cuarta Internacional y como marido de Sylvia Ageloff, anteriormente militante del Socialist Workers Party, llegó en su Buick Sedan. En lugar de estacionarlo con el radiador hacia la casa, como era su costumbre, dio una vuelta completa en la calle, estacionando el auto paralelo a la pared, con la nariz hacia Coyoacán. Cuando se bajó del auto, nos saludó moviendo la mano y gritó: ‘Ya llegó Sylvia?’.
Estábamos un poco sorprendidos. No sabíamos que Trotsky había citado a Sylvia y Frank Jackson, que asi se hacia llamar Mercader, pero relacionamos nuestra falta de conocimiento con un olvido de Trotsky, lo cual era común en relación a estas cuestiones.
‘No’, le dije a Jackson, ‘espera un momento’. Entonces, Cornell hizo funcionar los controles eléctricos y las puertas dobles y Harold Robins recibió a la visita en el patio. Jackson tenía un impermeable cruzado sobre el brazo. Era la época lluviosa y aunque brillaba el sol sobre las montañas del sudoeste había nubarrones que amenazaban con tormenta.
Trotsky estaba en el patio dándole de comer a los conejos y a las gallinas (era su forma de hacer un poquito de ejercicio por la vida encerrada que estaba obligado a llevar). Esperábamos que, como era su costumbre, Trotsky no entraría a la casa hasta que hubiera terminado de darles de comer o hasta que Sylvia llegara. Robins estaba en el patio. Trotsky no tenía la costumbre de verlo a Jackson a solas.
Melquíades, Cornell y yo seguimos trabajando. Durante los próximos diez o quince minutos estuve sentado en la torre principal escribiendo los nombres de los guardianes sobre etiquetas blancas que serían colocadas en los interruptores conectando sus habitaciones con el sistema de alarma.
Un grito terrible cortó la calma de la tarde. Un grito prolongado y agonizante, casi un sollozo. Me hizo saltar sobre mis pies, con un escalofrío que me helaba los huesos. Corrí para salir de la guardia al techo. ¿Era un accidente de uno de los diez obreros que estaban remodelando la casa? Desde el estudio del Viejo salían sonidos de lucha violenta, y Melquíades estaba apuntando con un rifle a la ventana de abajo. Trotsky se hizo visible por un momento con su chaqueta de trabajo azul, peleando cuerpo a cuerpo con alguien.
‘¡No tires!’, le grité a Melquíades, ‘¡le puedes pegar al Viejo!’. Melquíades y Cornell se quedaron en el techo, cubriendo las salidas del estudio. Encendí la alarma general, bajé por la escalera a la biblioteca. Cuando entré por la puerta que conectaba a la biblioteca con el comedor, el Viejo trastabillaba saliendo de su estudio algunos metros, con sangre chorreando por su cara.
Al mismo tiempo, Harold Robins entró por la puerta norte del comedor con Natalia siguiéndolo. Natalia, echando sus brazos alrededor de Trotsky, lo sacó al balcón. Harold y yo corrimos detrás de Jackson, que estaba parado en el estudio jadeando con su cara trastornada, sus brazos caídos. Una pistola automática colgaba de su mano. Harold estaba más cerca de él.
‘Encárgate de él’, dije, ‘iré a ver qué pasó con el Viejo’. No había terminado de darme la vuelta cuando ya Robins tenía el asesino reducido contra el piso.
Trotsky se arrastraba al comedor. Natalia, llorando, trataba de ayudarlo. ‘Vean lo que han hecho’, dijo ella. Cuando abrazó al Viejo se vino abajo cerca de la mesa del comedor.
La herida en su cabeza parecía superficial a primera vista. Yo no había escuchado ningún tiro. Jackson debía haberle pegado con algún instrumento. ‘¿Qué pasó?’, le pregunté al Viejo.
‘Jackson me tiró con un revólver. Estoy herido gravemente… siento que esta vez es el fin’.
‘Sólo es una herida superficial. Se va a recuperar’, traté de darle confianza.
‘Hablamos sobre estadísticas francesas’, respondió el Viejo.
‘¿Le pegó desde atrás?’, le pregunté. Trotsky no respondió.
‘No le disparó’, le dije; ‘no escuchamos ningún tiro. Le pegó con algo’.
Trotsky parecía dudar. Apretó mi mano. Entre las frases que intercambiamos, habló con Natalia en ruso. Llevaba la mano de ella continuamente a sus labios. Trepé nuevamente al techo y le grité a la policía del otro lado de la pared; ‘¡Llamen a la ambulancia’. Les dije a Cornell y a Melquíades: ‘Es un atentado. Jackson…’. En ese momento mi reloj pulsera marcaba las 16.50.
Nuevamente
estaba al lado del Viejo. Cornell estaba conmigo. Sin esperar la ambulancia de la ciudad, decidimos que Cornell fuera a buscar al doctor Dutren, que vivía cerca y había atendido a la familia anteriormente. Como nuestro auto estaba encerrado en el garaje, con las puertas dobles, Cornell decidió usar el auto de Jackson que estaba parado en la calle.
Cuando Cornell salió de la habitación, sonidos de pelea nuevamente se escucharon provenientes del estudio donde Robins tenía a Jackson.
‘Dígale a los muchachos que no lo maten!’, dijo el Viejo. ‘Tiene que hablar’.
Dejé a Trotsky con Natalia y entré al estudio. Jackson yacía sobre la mesa cercana. En el piso había un instrumento ensangrentado, que a mi modo de ver era un pico de cateador, pero con la parte de atrás con forma de hachuela. Me lancé a la lucha contra Jackson, pegándole en la boca y en la mandíbula abajo de la oreja, rompiéndome la mano.
A medida que Jackson recobraba su conciencia lanzaba gemidos. ‘Encarcelaron a mi mamá… Sylvia Ageloff no tuvo nada que ver con esto… No, no fue la GPU. No tengo nada que ver con la GPU…’ Subrayaba las palabras que lo diferenciaban del GPU como si de golpe se hubiera acordado que el libreto de su papel decía que aquí había que hablar en voz alta. Pero ya se había delatado. Cuando Robins redujo al asesino, Jackson pensó que era su fin. Se había retorcido aterrorizado; de sus labios escaparon palabras que no pudo controlar: ‘Me obligaron a hacerlo’. Había dicho la verdad. La GPU lo obligó a hacerlo.
Cornell irrumpió en el estudio. ‘Las llaves no están en el auto’. Trató de encontrarlas en la ropa de Jackson pero no lo consiguió. Mientras buscaba, corrí a abrir las puertas del garaje. En unos segundos Cornell estaba en cambio, en nuestro auto.
Esperamos a que Cornell volviera. Natalia y yo estábamos arrodillados al lado del Viejo, sosteniendo sus manos. Natalia había limpiado la sangre de su cara y había puesto hielo sobre su cabeza, que ya se estaba hinchando. ‘Le pegó con un pico’, le dije al Viejo. No le pegó un tiro. Estoy seguro que solo es una herida superficial’.
‘No’, respondió. ‘Yo siento aquí (indicando el corazón) que esta vez lo han logrado’.
Traté de darle confianza: ‘No, es solo una herida superficial; se va a mejorar’.
Pero el Viejo solo sonrió levemente con sus ojos. El sabía… ‘Cuide a Natalia. Ha estado conmigo muchos, muchos años’. Apretó mi mano mientras la miraba. Parecía estar bebiendo sus rasgos, como si estuviese por dejarla para siempre, comprimiendo, en estos segundos veloces, todo el pasado dentro de una última mirada.
‘Lo haremos’, le prometí. Mi voz parecía lanzar entre los tres el entendimiento de que este realmente era el final. El Viejo sostenía nuestras manos, apretándolas de pronto. De repente saltaron lágrimas de sus ojos. Natalia lloró desconsoladamente, volcándose sobre él, besando su mano.
Cuando el doctor Dutren llegó, los reflejos del lado izquierdo del Viejo ya estaban fallando. Unos minutos después, la ambulancia vino y la policía entró en el estudio para llevarse al asesino.
Natalia no quiso dejar que lleven al Viejo al hospital. Fue en un hospital de París que su hijo, León Sedov, había sido asesinado solo dos años antes.
Por un momento o dos, el mismo Trotsky, acostado en el piso, tuvo dudas.
‘Iremos con usted’, le dije.
‘Dejo que tú decidas’, me dijo, como si ahora estuviera dejando todo en manos de los que lo rodeaban, como si los días en los que tomaba decisiones fueran cosa del pasado.
Antes de haber ubicado al Viejo en una camilla, susurró nuevamente: ‘Quiero que todo lo que tengo sea de Natalia’. Entonces, con una voz que penetraba profundamente hasta los mejores sentimientos de los amigos arrodillados a su lado… ‘La van a cuidar…’
Natalia y yo hicimos el triste recorrido con él hasta el hospital. Su mano derecha se perdía encima de las sábanas que lo tapaban, hasta que tocaron una palangana cerca de su cabeza y encontró a Natalia. Trotsky susurró, tirándome para bajo con insistencia, cerca de sus labios para que yo escuchara: ‘Es un asesino político. Jackson es miembro de la GPU o un fascista. Lo más probable de la GPU’. Impresiones de Jackson estaban recorriendo la mente del Viejo. En las pocas palabras que le quejaban, me estaba diciendo el curso que él pensaba que debería seguir nuestro análisis del ataque, sobre la base de los hechos que ya teníamos. La GPU de Stalin es culpable pero debemos dejar abierta la posibilidad de que tuvieron ayuda de la Gestapo de Hitler. El no sabía que la tarjeta de presentación de Stalin en la forma de una ‘confesión’ estaba en el bolsillo del asesino¨, relató el fiel secretario norteamericano de Trotsky.
«Cómo nos engañaron,
Ramón…
A unos más que a otros» Veinte años iba a pasar Ramón Mercader en cárceles de México. Nunca reconoció haber actuado al servicio de la URSS, siempre negó su identidad. La madre iba a esperar la libertad de Ramón, exiliada en Moscú, primero, y luego en París, en donde llegó a ser vista como funcionaria en la embajada de Cuba en esa capital, según recordó el escritor cubano exiliado Guillermo Cabrera Infante.
Cuando Ramón Mercader salió de la cárcel, en 1960, viajó a Cuba y luego a Moscú. El escritor Guillermo Cabrera Infante, quien en los primeros tiempos apoyó al régimen de Fidel Castro, recuerda que junto a otros intelectuales fueron a ver al dirigente cubano para reprocharle la llegada de Mercader a La Habana. Castro, a quien lograron ubicar en una cafetería de La Habana, les dijo que había autorizado su viaje a la capital cubana a pedido de una nación amiga, a la cual se le debían «favores».
Recibió la medalla de héroe de la URSS, que Stalin le había conferido en su momento. Pero los tiempos habían cambiado, su «heroísmo» no podía ser hecho público más que, como declara Laura Mercader, su hija adoptiva, para obtener prioridad en la cola de alguna tienda moscovita. Ni siquiera el nombre pudo recuperar. Pasó a llamarse Ramón López y no estaba autorizado a vincularse más que con unos pocos de los cientos de refugiados españoles que todavía vivían en la URSS, adonde habían llegado siendo niños tras la Guerra Civil española.
Pocos años después, en 1964, Mercader decidió abandonar la Unión Soviética y pidió asilo en Cuba. Allí vivió hasta su muerte, en 1976. Sus cenizas fueron trasladadas a la Unión Soviética. Los españoles residentes en Moscú quisieron organizar el funeral. La KGB no lo permitió: ellos mismos se encargarían. Se sabe que cumplieron: en el cementerio, entre cientos de tumbas de héroes, apareció una nueva lápida: «Aquí yace Ramón López, héroe de la URSS». Mercader nunca manifestó estar arrepentido, pero alguna vez, según testigos mexicanos, españoles y rusos, reconoció que «había sido utilizado». También comentó en un par de oportunidades que, pese a la cantidad de años transcurridos, todavía seguía escuchando el grito del anciano cuando le partió el cráneo.
Algunos de los exiliados comunistas en España que lograron conocerlo recuerdan una conversación que mantuvieron con él: «…cómo nos engañaron, Ramón…». A lo que el le contestó lacónicamente: «A unos más que a otros».
Pasaron los años y desapareció el régimen soviético, algo que no llegaron a ver Ramón Mercader y su madre, Caridad del Río, que murió en 1974. Hoy hay una nueva lápida que recuerda la historia verdadera: «Aquí yace Ramón Mercader».
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