El debate de la mundialización finalizó en Davos
El debate sobre la mundialización, generosamente presente en la agenda del Foro Económico Mundial 2001 hasta su cierre ayer martes, superó todas las expectativas de los organizadores de la cita anual y mostró una vez más, dentro y fuera de Davos, los antagonismos y esperanzas de sus protagonistas.
Por la estación alpina suiza desfilaron líderes políticos a la búsqueda de la paz, como el israelí Shimon Peres y el palestino Yasser Arafat, líderes económicos como el estadounidense Bill Gates, decididos a luchar contra las enfermedades de la pobreza, jefes de Estado dispuestos a hacer borrón y cuenta nueva del pasado, como el mexicano Vicente Fox o el sudafricano Thabo Mbeki, y un grupo de 300 jóvenes antimundialistas que logró hacer olvidar las imágenes de violencia de la edición anterior.
En Davos también hubo una sombra que fue haciéndose mayor a medida que pasaban los días: la del Foro Social Mundial de Porto Alegre, que con su ritmo endiablado y a pesar de casi 10.000 km de distancia consiguió alterar en ocasiones la perfección de la burbuja suiza, donde este año las medidas de seguridad fueron especialmente restrictivas.
Integradas o apocalípticas, las organizaciones no gubernamentales (70 este año, el doble de la edición anterior) ganaron por momentos el pulso de la actualidad en Davos, donde la competitividad de los debates (unos 50 diarios) es casi tan dura como entre las empresas patrocinadoras.
La multitud de intereses contradictorios no podía quedar sepultada bajo la nieve: desde las ONG que no quisieron perderse esa atención mundial simultáneamente en Davos como en Porto Alegre, hasta los equilibrios de los empresarios entre sus operaciones filantrópicas y las exigencias de un compromiso moral en la lucha contra la corrupción, en favor de los derechos humanos, ecológicos y sociales.
«Los temas medioambientales y sociales son demasiado amplios para ser resueltos por ninguna institución en solitario», reconoció el presidente de McDonald’s (Estados Unidos), Jack Greenberg, en un debate de este mismo martes.
«Lo que queremos ver es acción», replicó y resumió el presidente de Amnistía Internacional (Gran Bretaña), Pierre Sané.
El secretario general de Naciones Unidas, Kofi Annan, recordó a los miembros de la élite global que existe un programa impulsado por su organización, Global Compact, con nueve principios de conducta que las grandes empresas pueden (y deben) acatar.
Pero pasar de la filantropía sanitaria, como los 100 millones de dólares concedidos por Bill Gates (fundador de Microsoft) para la lucha contra el sida, a las acciones concretas en el campo de los derechos sindicales o la corrupción en los países en desarrollo, hay un paso delicado.
François Roussely, presidente de Electricité de France (EDF), propuso que las normas sociales y medioambientales de las empresas sean evaluadas por agencias notariales, como las actividades financieras.
Greenback recordó la necesidad de que una tercera parte modere el debate. «Podría ser las Naciones Unidas, el Banco Mundial o la Organización Mundial de la Salud», dijo. Para las ONGs, eso no es suficiente. Y para Lori Wallach, organizadora estadounidense de las que son consideradas las primeras protestas de la antimundialización, en Seattle (1999) no hay una contradicción en estar presente en Porto Alegre, que quiere convertirse en el Davos alternativo, y la estación de esquí suiza.
«Es ultrajante pensar que porque hay un 2% de ONGs aquí dentro (en el Centro de Congresos de Davos), no debería haber protestas afuera», dijo Wallach.
Unos 300 jóvenes suizos desfilaron el sábado brevemente y en paz en las calles de Davos contra la mundialización, a pesar de los centenares de policías y soldados que convirtieron el Foro en una «fortaleza», según el comunicado de nueve líderes sindicales.
Para algunos dentro del Centro de Congresos, eso tampoco es suficiente. «Hay un problema terrible entre los que respeto por sus manifestaciones pacíficas, y los que destrozan. Creo que si pudiéramos desembarazarnos de ellos, podríamos tener un diálogo pacífico», opinó James Wolfensohn, presidente del Banco Mundial.
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