Investigación que condenó a Pinochet

Sin la periodista Patricia Verdugo y sus tenaces y rigurosas investigaciones, la verdad sobre la macabra «Caravana de la Muerte» quizás jamás hubiera sido revelada y probablemente el general Augusto Pinochet nunca hubiese sido procesado y arrestado.

En su libro «Los Zarpazos del Puma», reconstruyó los pasos de la «Caravana de la Muerte», una comitiva militar que se desplazó por varias ciudades en un helicóptero Puma y fusiló a 75 presos políticos en octubre de 1973, un mes después del golpe que instaló en el poder al general Pinochet, por 17 años.

Con 140.000 ejemplares vendidos en 1989 y otros 500.000 que circularon en ediciones «pirata», el libro-reportaje establece que Pinochet, en su condición de presidente del régimen militar y jefe del Ejército, fue quien ordenó la misión secreta de la comitiva.

«Los periodistas colaboramos con investigaciones que están permitiendo a los jueces recomponer la verdad y hacer justicia», señala Verdugo, al evocar el rol de algunos de sus colegas que intentaron traspasar las barreras de la censura con libros de investigación como «El Día en que Murió Allende», de Ignacio González Camus; «Historia Oculta del Régimen Militar», de Ascanio Cavallo; «Miedo en Chile», de Patricia Politzer, o «Bomba en una Calle de Palermo», de Mónica González.

«Este es un momento en que el periodismo nacional debe sentirse orgulloso», dijo la periodista en agosto pasado, tras conocer la decisión judicial de levantar el fuero al ex dictador, gracias a la cual Pinochet quedó al alcance del juez Juan Guzmán Tapia.

Pero en 1998 su confianza en la justicia chilena no era la misma. La periodista, autora de nueve libros de investigación, se alarmó y pensó en sus tres hijos cuando el magistrado la convocó en junio de ese año. Al entrar en su despacho vio que sobre su escritorio tenía «Los Zarpazos del Puma».

«Ahí estaba el juez Guzmán con el libro en las manos… Cada página, con subrayados y marcas», recuerda la autora, que obtuvo en Chile el Premio Nacional de Periodismo y en 1993 recibió el galardón María Moors Cabot, la mayor distinción a un periodista extranjero en Estados Unidos.

Pero el juez no quería procesarla, sino conocer más detalles de su investigación en torno a la Caravana.

«Revisamos todos los antecedentes y luego de varias horas de trabajo me despidió, diciéndome: ‘Gracias, la felicito, hizo una muy buena investigación’. Yo salí de la Corte, respiré profundamente y recé dando gracias», dice la reportera.

Los antecedentes recogidos en las páginas de su libro sirvieron para que el juez Guzmán pidiera el desafuero de Pinochet, y este lunes decidiera iniciarle proceso.

La actitud de la justicia chilena frente a Pinochet se aleja ahora diametralmente del papel que jugó durante los 17 años de su régimen, cuando las cortes rechazaron 10.000 recursos de amparo (hábeas corpus) en favor de opositores detenidos, que interpuso la Iglesia católica a través de la Vicaría de la Solidaridad.

Entre esos detenidos que no recibieron protección se encuentran los 1.198 desaparecidos (sobre un total de 3.000 víctimas).

La «Caravana de la Muerte», según afirma Verdugo, ejecutó sus homicidios cuando el país se hallaba en calma, después de la breve resistencia que encontró el golpe militar, pero fue «el acto fundacional de la dictadura» de Pinochet, que permitió consolidarla y mantenerla hasta 1990, para imponer un nuevo sistema político y económico.

En otro de sus libros publicado hace dos años, «Interferencia secreta», la periodista reveló los mensajes de las comunicaciones entre Pinochet y los militares que se sublevaron contra el presidente socialista Salvador Allende, que murió en el palacio de La Moneda el 11 de setiembre de 1973.

De esas comunicaciones, grabadas «por un ciudadano anónimo» se desprende que algunos militares eran partidarios de apresar y llevar a juicio a los colaboradores de Allende, pero Pinochet se opuso considerando que «si los juzgamos les damos tiempo» y sugirió embarcarlos en un avión.

Ahora, Patricia Verdugo, de estatura menuda, ojos vivaces y voz suave pero firme, recorre la ciudad sin temor, satisfecha de sus investigaciones.

«La gente me hace señales de complicidad y gestos de solidaridad», admite la periodista, mientras conserva el cálido recuerdo de su padre.

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