UN CRIMEN DE LESA HUMANIDAD (II)
Esta aseveración se incluye en la conclusión general del informe de que se ha configurado en este caso «un crimen de lesa humanidad», como lo destacábamos en nuestra nota de ayer.
A las informaciones sobre actividades de la Comisión que reseñábamos en la misma, agregamos que se entrevistó además con el fiscal general Dr. Mario Uribe, con la Corte Suprema de Justicia en Sucre, con decenas de personas refugiadas en la ciudad de Brasileia en el estado brasileño de Acre, con el ex prefecto Leopoldo Fernández y su abogado durante tres horas y media en la prisión de San Pedro en La Paz, entre muchos otros. Dice que su actuación tiene fundamentos análogos a los de la Comisión de la Verdad para El Salvador, que desplegó una encomiable labor. En resumidas cuentas, manejó informaciones proporcionadas por la Fiscalía General, la Comisión Especial de la Cámara de Diputados, el Defensor del Pueblo, la Unión Nacional de Instituciones para el Trabajo Social (Unitas), informes de hospitales, de los forenses y de prensa, todo lo cual fue escaneado en la sede de la OIT y procesado en archivo digital, garantía todo ello de trabajo profesional y riguroso.
Los testimonios recogidos sobre las matanzas son aterradores. He aquí algunos: «Mataron a una campesina con un bebé de meses en sus brazos. Les dispararon a los dos y quedaron allí tirados». «Yo decía que los niños no tienen culpa, los mataron y los botaron al arroyo, no los hemos podido recoger». «Hubo ocho muertos en el hospital, de los cuales seis fueron traídos directamente fallecidos, provenientes de Porvenir, dos que entraron con vida fallecieron después». «Había siete señores de la tercera edad que venían con el fin de cobrar la renta dignidad aquí en Cobija; de esos, dos señores han muerto». Numerosos testimonios (entre ellos el de su esposa) coinciden en que el dirigente campesino Bernardino Racua fue muerto por disparos de los grupos cívicos y prefecturales.
Otro capítulo refiere a las torturas y muertes de estudiantes normalistas que acompañaron a la manifestación campesina. Los testimonios al respecto llenan varias páginas y muestran el trasfondo racista de estas acciones. «Esta Comisión considera plenamente probado -dice el informe- que Jhonny Cari Sarzuri, Wilson Castillo Quispe y Alfonso Cruz Quispe fueron privados de su libertad, torturados y finalmente muertos, además de haber sido mutilados. Los tres pertenecían a la Normal de profesores de Bolivia. Asimismo, un número importante de docentes y alumnos fueron objeto de distintos tipos de agresiones». Otras declaraciones: «Tres hombres con armas de fuego, revólver y rifles nos condujeron hacia atrás y nos empezaron a insultar ‘Kollas de mierda, a qué vienen a nuestro departamento de Pando, váyanse a su tierra’. Nos golpearon duramente con patadas y culatazos de rifle en la cabeza, me dejaron desmayado casi muerto y luego indicaron en coro ‘maten a ese kolla de mierda, lo quemaremos vivo'». El propio ex prefecto Leopoldo Fernández declaró: «Entre los marchistas había campesinos pero había otro tipo de gente también, esos normalistas de Filadelfia, ¿qué hacían ahí?».
Hay algo más para este muestrario del horror: las mutilaciones. Dicen testigos que salieron vivos: «Ellos han sido torturados, tenían las lenguas cortadas, las orejas cortadas, incluso otro sin ojo llegó aquí». «El fallecimiento fue por disparos de armas de fuego y tenía heridas en todo el cuerpo, le quitaron los ojos, las orejas, los dientes». «Tenía lesiones, hundimiento de cráneo y le faltaban dientes». «Nos entregaron los cuerpos, vimos que fueron torturados, les quitaron las orejas, los dientes, tenía hematomas en todo el cuerpo». Se anota la particularidad de que en el informe del médico forense faltaba la explicación de las lesiones y las torturas.
Y algo todavía más inaudito: en el hospital, a los heridos no los curaban, sino que los golpeaban y los terminaban de matar. Testimonios de la página 40: «En el Hospital, si era campesino, no lo atendían, lo mataban ahí». «Eramos los dos más graves heridos y de terapia intensiva nos quisieron sacar, entraron unos seis adentro, para matarnos afuera». «A los compañeros heridos que llegaban ahí los apaleaban, los terminaban de matar. Yo estaba en una oficina de un doctor, bien cerrado. No me encontraron».
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