OPINION INTERNACIONAL

PODER COMO PATRIMONIO FAMILIAR

El caso más evidente es el de Siria, donde Bashar Assad heredó la presidencia de su padre, el extinto dictador Hafez Assad, pero todo parece indicar que no será un caso aislado. Desde hace años, se ha venido hablando de que el hijo del general Hosni Mubarak, presidente de Egipto, Gamal, heredará el poder de su padre, mientras Moanmar Kaddafi, el dictador de Libia, también designaría a uno de sus hijos como su sucesor. Para Amr Hamzawy, de la «Fundación Carnegie por la Paz», hay dos explicaciones para este fenómeno: una es el fracaso de las repúblicas árabes de crear mecanismos normales de funcionamiento democrático. Si bien en Egipto existe una apariencia de pluralismo y de libertad electoral, en los hechos, el régimen ha logrado anular todas las candidaturas que podían constituir alternativas reales a su poder. En segundo lugar, el grupo dirigente en estos países está formado por distintas facciones de militares y civiles, a menudo asociadas con grupos económicos. Como tienen intereses diferentes, los distintos sectores desean el mantenimiento del status quo, que sería garantizado por un hijo del líder. Hamzawy recuerda que el mandato presidencial de Hosni Mubarak termina en 2011, o antes si es que decide renunciar. En caso de que su hijo ocupe su lugar, habrá un traspaso del poder militar al civil. Desde hace cuatro o cinco años, Gamal ha tenido una actuación pública que lo hace aceptable para la capa dirigente. El editor de un diario y activista de los derechos humanos egipcio, Hisham Kassem, expresa en un reportaje para «Bitterlemons Internacional» una opinión diferente. A su juicio, el próximo jefe de estado egipcio será un militar. Las estructuras judiciales del país no son independientes del poder político y no hay instituciones civiles lo suficientemente fuertes como para servir de contrapeso al ejército. Kassem ve profundas diferencias entre las estructuras del poder en Siria y en Egipto. En Damasco, el presidente y su entorno tienen lazos familiares y proceden de la secta alawita. En Egipto, no hay familiares del presidente en el ejército, que tiene una estructura de ascensos por mérito, en la cual el nepotismo no funciona. Pero el periodista egipcio es escéptico respecto a las posibilidades de democratización efectiva. Es vicepresidente del partido liberal Al-Ghad pero, con 49 años de edad, dice no tener esperanzas de vivir bajo un genuino régimen democrático durante su vida política activa. Sus esperanzas se concentran en el modesto objetivo de preparar la transición. Por su parte, Dana Moss, del Instituto de Política del Medio Oriente de Washington, examina en detalle las posibilidades de un cambio en la cúpula de poder en Libia. Comienza por señalar que el líder autoritario de la región con más años en el poder, el coronel Moanmar Kaddafi, es también el más veterano. A los 66 años de edad, ya detenta el poder desde hace 40 y existen numerosas especulaciones sobre la posibilidad de que delegue el poder en uno de sus hijos. Las especulaciones más frecuentes se refieren a dos de ellos: Saif al-Islam y Moatessem Billah, pero los observadores políticos creen que ninguno de los dos tienen suficientes apoyos como para heredar el cargo de su padre. Saif al-Islam es el más conocido en Occidente. Ha tenido a su cargo negociaciones delicadas como las del acuerdo sobre Lockerbie y es considerado como un reformista en Occidente, pero aparentemente tiene opositores poderosos en círculos tribales influyentes en el régimen. Moatessem parece más cercano en sus reflejos autoritarios y su mentalidad a su padre. Se suele mencionar a Musa Musa, jefe del aparato de seguridad externa, como su mentor. Pero lo cierto es que no puede hablarse todavía de una Libia post-Kaddafi cuando aún no son nada claras las intenciones del líder que sólo detenta el título informal de «guía de la revolución». El cuarto artículo del Foro pertenece a Ammar Abdulhamid, un disidente sirio actualmente exiliado en los Estados Unidos, que se refiere a la situación en su país. Su comentario, que lleva el título «De la Revolución a la Contrarrevolución» analiza sarcásticamente las motivaciones de un dictador árabe para legar su poder a un familiar directo, preferentemente un hijo. Abdulhamid pregunta: ¿Qué puede hacer un dictador cuando llega su hora final y los que lo rodean esperan que él y solo él decida qué hacer para que la dictadura sobreviva? ¿Qué hacer si la sociedad civil ha sido destruida y la opinión pública carece de todo peso? Sin duda, la idea de ser reemplazado por el hijo mayor puede parecerle el menor de los males. Después de todo, si es que las últimas décadas probaron algo, es que los autodesignados mesías de la modernización en el mundo árabe nunca fueron tan modernos como pretendieron serlo. De hecho, su sed de poder y su codicia se han combinado con la tentación de volver a un régimen patriarcal, en el que los grandes revolucionarios se convirtieron en los anticristos de la contrarrevolución y la refeudalización». Si hay alguna conclusión a extraer de este uso familiar del poder, es que la hermosa idea de una modernización democrática del mundo árabe es, por ahora, tan sólo un espejismo en el desierto.

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