OPINION INTERNACIONAL

DECENCIA, VERDAD Y OLVIDO

El lamentable escándalo armado hace unas semanas alrededor de la presunta denuncia por parte del joven Milan Kundera de un al parecer nada presunto espía «occidental» en Checoslovaquia, ha sido visto desde casi todos los ángulos posibles, pero poco se ha comentado sobre la carga ética que pudo haber existido en el acto probable de la delación. Hace un par de años, cuando una acusación mucho más grave ­y además admitida por su responsable- explotó en torno de la figura del escritor alemán Gunter Grass, curiosamente el efecto real y más duradero del escándalo fue que su recién editada biografía vendiera millones de ejemplares, como inmejorable complemento del morbo despertado.

Mientras tanto, ya a nadie parece preocuparle mucho que, por las causas que fuesen, en cierta ocasión el rebelde y casi rojo Ernest Hemingway haya colaborado con el FBI de su acérrimo enemigo Edgar Hoover y que George Orwell, según he leído, tuviera contactos con la inteligencia británica, entre otros infinitos ejemplos de personajes de los más notables en el mundo de las artes y las letras (la lista de personajillos sería interminable) que han colaborado con las «fuerzas oscuras».

Existen, sin duda, dos elementos que han estado actuando sobre la ira furibunda y maloliente que ciertos medios y personajes derramaron sobre una historia ocurrida hace sesenta años y negada por su posible gestor: el hecho de que durante años Kundera ha mostrado su desprecio por los medios de comunicación de nuestros días, sumiéndose en un silencio casi impenetrable, casi salingeriano. Por otro lado está el elemento no menos significativo de que Kundera pudo haber cometido su pecado no en una charla con un agente británico o norteamericano, ni siquiera que su pecado hubiese sido que militara en una organización tan lamentable como las SS hitlerianas, sino que diera el soplo en un recién estrenado país comunista, aquel sistema del siglo XX que patentizó Stalin -mucho más que Lenin o Trotski- y que el Gran Líder coronó con la muerte de unos veinte millones de personas y un fracaso político y económico que, andando los años, ha llevado al mundo más o menos a donde se encuentra hoy: a la pérdida de las grandes utopías de igualdad, a la encrucijada económica y ecológica de su desaparición y, para colmos, dominado por unos medios de comunicación que prefieren la carnaza descompuesta a cualquier otro bocado. Si se suma que a Kundera muchos de sus compatriotas no le perdonan su exilio, que tantísimos mediocres de dentro y de fuera no soporten su nada leve éxito literario y que en su momento haya tenido el coraje de escribir lo que debía escribir, pues la receta del resentimiento y el odio ya tiene más condimentos de los que muchas veces se necesitan para las crucifixiones. Los grandes oportunistas de siempre (de eso sabemos mucho los cubanos), ya sean de dentro o de fuera, solo esperan cualquier atisbo de debilidad (real o, como en este caso, al parecer creada y negada por el «acusado») para descargar las toneladas del odio cultivado en la frustración, la envidia, la cobardía y la mediocridad: porque siempre están al acecho. ¿Cuantos de ellos se han preguntado si Kundera ha sostenido una ética, si ha sido un hombre decente respecto a sus propias ideas y actitudes?

Hace unos años el escritor cubano Eliseo Alberto, residente en México, publicó un libro titulado Informe contra mí mismo en el que contaba -tal vez para que nadie fuese a sacárselo al cabo de un tiempo- unas turbias circunstancias en las que, incluso, le pidieron que «informara» sobre su padre, el gran poeta de la lengua castellana Eliseo Diego. Ese Eliseo Alberto, Lichi, como le decimos todos en Cuba, se desgarró el corazón en ese libro y realizó un acto de suprema decencia, «informando» contra sí mismo con un coraje que pocos suelen exhibir. Menos aun los que van por ahí juzgando a los otros.

Es por eso que en el caso Kundera, aunque es tan importante si denunció o no a un ex amigo convertido a la sazón en agente de un gobierno foráneo, resulte tan doloroso que los indecentes de medio mundo se hayan lanzado sobre él como -ya lo sé- algunos se lanzarán sobre mí por pensar que, a pesar de los pesares, Kundera sigue siendo, más que nada, un grandísimo escritor que, en su momento, nos develó tantas oscuridades humanas en novelas como La broma o La insoportable levedad del ser.

Este mundo en crisis -no solo financiera- creo que reclama un poco más de decencia. Talar árboles venerables por presuntos pecados que siempre lastran con la duda y dejan dolor, encierra más dosis de mezquindad que de verticalidad política ante las dictaduras y las «fuerzas oscuras». Suficientes árboles podridos existen -que sí merecen ser talados- para ensañarse con ellos. Y la verdad reclama su espacio más que los infundios de los que, por cualquier vía, aspiran al protagonismo. Además, valdría la pena que muchos de los que hoy lanzan las primeras, segundas y terceras piedras, se ubicasen (o incluso se recordasen) a sí mismos en circunstancias incluso menos drásticas de las que pudo haber vivido el Kundera de los años checos de 1950, luego de aquellos terribles procesos de Praga recién ganada para el comunismo soviético. Seguramente las piedras, muchas, muchas veces, se convertirían en bumeranes. Pero lamentablemente, ese tipo de fiscales no suelen tener en su diccionario esa simple palabra que me atrevo a invocar otra vez: decencia. Y a veces no les preocupa otra no menos importante y hoy bastante poco apreciada: verdad. (FIN/COPYRIGHT IPS)

 

Leonardo Padura Fuentes, es escritor y periodista cubano.

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