JUSTICIA AMERICANA Y UNIVERSAL
Obama se siente consciente de que su impresionante victoria está en parte maquillada por el sistema de escrutinio cimentado en el colegio electoral. La dictadura de la distribución mayoritaria presume de la notable victoria que roza los 350 votos electorales (muy por encima del necesario listón de 270), casi doblando los de McCain. Los demócratas rebasan a los republicanos en casi 70 escaños en la cámara baja, mientras tienen a su alcance la mayoría (60) legal para controlar el Senado.
La realidad, sin embargo, es que alrededor del 48% de los votantes favorecieron a McCain. A pesar de que la participación electoral ha sido notable (rondando el 65%), Obama toma nota de que casi la mitad de los votantes no lo favorecieron. En una democracia parlamentaria tendría problemas en formar gobierno. A cualquier bandazo de la coyuntura social o económica estaría bajo la amenaza de disolución de las cámaras y convocatoria de nuevas elecciones. Además Obama detecta que el grueso de su electorado reside en los estados del conglomerado urbano del noreste, las zonas de las industrias tradicionales de los Grandes Lagos, y el oeste. En medio, como excepciones, las praderas y el sur, además de la inmensa Texas, siguen siendo fieles a los valores republicanos y desconfiados de los experimentos demócratas. La América profunda y silenciosa sigue latente, lista para el contraataque. McCain, en su generoso discurso de concesión, dijo que no se rinde.
Pero, este toque de atención no oscurece el notable caso práctico de la definición de noticia que ofrecen las escuelas norteamericanas de comunicación: en lugar de que un perro muerda a un hombre (no es noticia), esta vez un hombre ha mordido a un perro. Un negro ha sido elegido Presidente. Detrás de esta novedad que puede reducirse a la anécdota, una excepción histórica, está el núcleo profundo de la identidad americana. Estados Unidos no es un país cualquiera. Su base nunca ha sido étnica, cultural, «alemana», en la que la lealtad se debe a un llamado inevitable de la historia, la tradición y la sangre. Pero tampoco es un simple experimento de nación cívica y liberal, resultado de una voluntad o de un «patriotismo constitucional», según la receta del filósofo alemán Jurgen Habermas. Estados Unidos es una idea. Aunque hay muchas «ideas» de nación en el planeta, disponibles para adherirse, la diferencia con los norteamericanos es que ellos se la creen firmemente.
Aquí todos, sus padres o abuelos, han llegado voluntariamente, atraídos por eso que se llama el «sueño americano». Permanecer en el territorio americano no está limitado por obstáculos a la emigración de retorno. Cada año son millones los que llenan formularios de inmigración, se quedan en un viaje de turismo convertido en eterno, cruzan la frontera sin documentación, se lanzan a las aguas traidoras del Caribe. Todos han hecho este viaje por decisión personal, aunque impelidos por la presión económica y la búsqueda de nuevas oportunidades, la «búsqueda de la felicidad» que Thomas Jefferson insertó en la Declaración de Independencia.
Todos llegaron a Estados Unidos voluntariamente, excepto los negros, emblemáticos inmigrantes sin papeles, forzados sin remisión. Llamativamente, su lealtad (al principio impuesta) al nuevo país, se ha mantenido incólume. Pocos han optado por el regreso a Africa (el experimento de Liberia fue limitadamente exitoso). Los afroamericanos, al final del día ejercen el cotidiano «plebiscito» propuesto por Ernest Renan. Comparativamente, a pesar de todo, en su convicción interna intuyen que están aquí mejor. Pero todavía notan las cicatrices de las argollas. Perciben los efectos de la segregación codificada y la marginación social. Por eso frecuentemente exclaman como, sincera pero imprudentemente desde el punto de vista de la estrategia política, lo hizo Michelle Obama, que solamente en circunstancias como las actuales se sienten enteramente orgullosos de ser americanos. A partir de ahora ese incómodo sentimiento deberá haber desaparecido. Curiosamente es la misma sensación que tienen los millones que, con dos pasaportes y dos lealtades, han sentido vergüenza y han ocultado su condición legal de ciudadanos al verse identificados con la lamentable política de la administración de Bush. A partir de ahora podrán exigir respeto y comprensión por esa idea que, a falta de otro nombre, es simplemente Estados Unidos. Pero este reconocimiento no será gratuito y sin compensación: el Presidente Obama deberá hacer una oferta que el mundo no pueda rechazar. (COPYRIGHT IPS)
(*) Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
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