LA ESPERANZA PUEDE SER NEGRA
Más de siglo y medio de relaciones traumáticas, casi cincuenta de embargo comercial y financiero y estos dos últimos mandatos presidenciales en los que la hostilidad de Bush hacia Cuba alcanzó niveles casi paranoicos, pueden tener una, al menos ligera, variación de forma con la toma de posesión de Obama, y eso alienta a la gente de un país que no acaba de salir de sus propias ineficiencias económicas, una sociedad que reclamó cambios «estructurales y conceptuales» y cuyo territorio, además, fuera recién asolado por dos huracanes que han vaciado, las nunca muy nutridas, despensas de muchos ciudadanos.
Aunque ya se sabe cuál es el destino de tantas promesas preelectorales, el nuevo presidente norteamericano, aun declarándose partidario del embargo a Cuba ningún candidato presidencial hubiera dicho lo contrario sí se atrevió a azuzar al tigre cubanoamericano de La Florida con la sugerencia de iniciar conversaciones con La Habana y, en cualquier caso, aliviar las restricciones de los cubanos radicados en Estados Unidos para viajar a la isla y enviar dinero a sus familiares (sólo se les permite viajar una vez cada tres años y depositar cien dólares mensuales a familiares cercanos).
Y aun así, Obama ganó el voto del belicoso Estado y de paso colocó al «problema de Cuba» en la larga lista de asuntos pendientes desde la crisis financiera hasta las guerras con los que se sentará dentro de dos meses en el despacho oval de la Casa Blanca.
Qué prioridad dará Barack Obama a la política norteamericana hacia Cuba, es un misterio. Otros muchos y más graves problemas lo retan desde que resultó electo. Pero el viejo tema del embargo y su fracaso como política para desestabilizar al sistema cubano, en algún momento llegará a su buró. Y entonces, si la inteligencia lo acompaña, hará lo único que la inteligencia reclama: un cambio radical de percepción hacia la isla.
En el supuesto de que esa coyuntura histórica llegase, habría que ver qué actitud asumiría al gobierno cubano, que una y otra vez ha utilizado política y económicamente el bloqueo (dentro y fuera de la isla) como un argumento a su favor, en la pelea, tantas veces representada como el duelo entre David y Goliath. Al menos el presidente Raúl Castro ha mostrado su disposición a conversar, de la única forma digna y posible: como iguales.
¿Y los cubanos de a pie? ¿Y los que sueñan con que las noventa millas del Estrecho de la Florida sean un tránsito breve y no un muro infranqueable para familias, relaciones culturales, deportivas, académicas, económicas? ¿Los que han sufrido carencias sin nombre muchas veces, en realidad, motivadas por el embargo y que con unos pocos dólares llegados del norte pueden apuntalar su precaria economía? ¿Los que vieron rotas vidas y familias por un diferendo político encarnizadamente sostenido de parte y parte? Esos cubanos son sin duda los más esperanzados en un cambio, el cambio necesario que propugnó la campaña de Obama que, a su vez, quizás ayude a despertar a los cambios necesarios que hace unos meses se anunciaron en la isla y que parecen haberse perdido en una gaveta bloqueada en La Habana.
Quizás la mejor síntesis de ese sentimiento callejero que hoy recorre Cuba me lo regaló un amigo babalao algo así como un sacerdote de la santería de origen africano (como el padre de Obama) cuando me dijo: «Aché (suerte, iluminación, protección divina) para ese negro. A ver si con él por lo menos estamos más tranquilos». Con un poco de tranquilidad ya se sentirían satisfechos muchísimos cubanos.
Escritor y periodista cubano. Sus novelas han sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, «La neblina del ayer», ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela policial en español del 2005.
(COPYRIGHT IPS)
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