El presidente y la senadora

Una pareja política que continuará en la escena

Washington, AFP

A los 54 años, Bill Clinton es el presidente más joven en retirarse desde Theodore Roosevelt en 1909. La idea resulta insoportable a este fanático del trabajo que dice haber amado con pasión su función de presidente, un sueño de niño apuntalado por una esposa con la misma voraz pasión por la política.

En los últimos días, el mandatario apenas soltó que se tomará dos meses de descanso. Y luego, dijo, «quiero realmente pensar en el resto de mi vida y cómo puedo servir lo mejor posible» al país.

Habría querido un tercer mandato, pero la Constitución no se lo permite.

Y mientras Hillary, de 53 años, acaba de comprar una gran casa en Washington, donde espera instalarse para cumplir su sueño de ser senadora –es la primera esposa de un presidente que llega al Congreso en la historia de Estados Unidos– él espera afincarse en Nueva York.

Allí busca oficinas, y desde esa ciudad vigilará la construcción de su biblioteca presidencial en Arkansas (sur), estado del que fue gobernador, prevé escribir sus memorias, dictar conferencias, y volver regularmente para ver a Hillary en Washington.

También se encontraría a gusto en un trabajo de embajador itinerante por la paz, al estilo del ex presidente Jimmy Carter.

Para Hillary Clinton, después de 25 años para construir la carrera de su marido al precio de humillaciones soportadas estoicamente, el camino aparece mucho más claro.

De inmediato se convirtió en una celebridad en el Senado, en donde eligió participar en tres comisiones, entre ellas educación y salud, dos temas que la apasionan desde la época en que, siendo estudiante en Yale, conoció al carismático Bill y cimentó su destino político común.

Sin perder un segundo, el mes pasado pagó 2,8 millones de dólares por una casa en Washington y firmó un contrato para escribir sus memorias por un adelanto de ocho millones de dólares.

«Podría convertirse en la conciencia de izquierda del Congreso», vaticinó Allan Lichtman, experto de la American University, quien también estima totalmente plausible que sea candidata a la Presidencia, aún si la esposa del presidente ya descartó esa posibilidad para 2004.

El especialista predice que el matrimonio Clinton, detestado por una minoría pero objeto permanente de fascinación tanto por sus turbulencias matrimoniales como por su complementariedad política, tendrá una influencia determinante sobre el Partido Demócrata en los próximos años.

El partido, para el que en ocho años Bill Clinton recuperó una visibilidad nacional, no parece en todo caso listo para privarse del carisma sin igual del presidente saliente cuando se trata de hacer campaña, o de su capacidad única para recolectar millones de dólares. «Seguirán queriendo contar con él», anticipa Peter Buttenwieser, un recaudador de fondos para los demócratas. Y Bill Clinton estará feliz de aceptar.

Mientras aguarda, el mandatario se esforzó para que su viejo amigo y campeón de la recolección de fondos, el influyente Terry McAuliffe, se convierta el mes próximo en responsable nacional del Partido Demócrata.

Es una forma de cuidar sus espaldas, en el caso de que decida nuevamente luchar por un cargo electivo. Bill Clinton no sería el primer presidente en hacerlo: John Quincy Adams (1824-1828) se postuló y resultó electo representante por Massachusetts (noroeste), puesto que ocupó durante 18 años.

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