OPINION INTERNACIONAL

UNA PAGINA DE PAUL KRUGMAN

El artículo se inicia con una pregunta: ¿El primer ministro británico Gordon Brown salvó al sistema financiero mundial? Una respuesta es, en su opinión, prematura. A esa altura se ignoraba la magnitud del rescate financiero adoptado por Mr. Brown y el canciller del Exchequer (equivalente al Departamento del Tesoro), Alistair Darling, así como por los demás países europeos de la zona del euro y el Banco Central Europeo. Aun así, estimaba que se estaba ante «un inesperado giro de los acontecimientos». Tras describir los orígenes de la crisis en EEUU y el estallido de la burbuja hipotecaria, decía que el camino correcto era que «el gobierno provea a las instituciones financieras con más capital a cambio de una parte de su propiedad», lo que definía como «una nacionalización parcial temporaria». Agregaba un dato confidencial extraído de las entrañas del sistema: que Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, favorecía en privado una solución de ese tipo, pero le puso la proa decididamente el secretario del Tesoro, Henry Paulson (no se olvide que estuvo antes en Goldman Sacks). En cambio, «el gobierno británico fue directamente al corazón del problema, moviéndose con sorprendente rapidez». El miércoles se anunció la inyección de los fondos (equity injections) a los bancos británicos, y el lunes el plan estaba en plena ejecución.

El autor señala que «la respuesta inicial de Paulson estaba distorsionada por la ideología, ya que trabaja para una administración cuya filosofía de gobierno puede sintetizarse como ‘lo privado es bueno y lo público es malo’. En tal sentido, no podía reconocer la propiedad parcial del gobierno sobre el sector financiero».

En este análisis, Paul Krugman se mostraba fiel a sus ideas y a sus antecedentes. Él mismo ha redactado una semblanza autobiográfica de gran interés. Allí se define como un defensor a ultranza, antes y ahora, del «estado de bienestar» (welfare state), que es a su juicio «la solución social más decente» que haya sido concebida. Por esa razón ­nos cuenta- rehusó integrar la administración Reagan, que además estaba rodeado de una corte de «intelectuales deshonestos, autoproclamados expertos que le dicen a los gobernantes lo que éstos quieren oír». Algo parecido sucedió en 1993, cuando su nombre fue considerado para un cargo relevante en el gobierno de Clinton. Hay en esas páginas relatos muy sabrosos acerca de cómo se cocinan las decisiones en las altas esferas del poder, con una mezcla de ignorancia y condescendencia con los intereses de los poderosos. De hecho, durante los gobiernos de Reagan (1980-1988) se produjo la más inequitativa e injusta redistribución del ingreso, como Krugman lo demostró y lo incorporó en uno de sus libros (Diminished Expectations, Expectativas Disminuidas). Este fue un aspecto constante en su labor de investigación, ya que el año pasado publicó su obra «La conciencia de un liberal», en el que vuelve a demostrar el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres en la era de George W.Bush.

Pero esto viene desde el comienzo del primer mandato del actual presidente, que está próximo a terminar su ciclo. En 2003, Krugman publicó el volumen titulado «El gran engaño» (The Great Unravelling), considerado un ataque frontal a la política de Bush desde un ángulo keynesiano, la doctrina económica que defiende el poder de control del Estado en épocas de crisis. Su argumento central es que el déficit acumulado por la Casa Blanca mediante el recorte de impuestos (a los ricos) y el aumento del gasto público por los costos multimillonarios de la guerra de Irak se habían vuelto insostenibles y conducían a una crisis de mayor envergadura. «Su temida clarividencia ­dice un comentarista- le permitió anticipar en varios meses la caída promedio de 25% en los precios de los inmuebles en EEUU a causa de sus financiamientos imprudentes».

Sus últimos libros definen su tendencia desde el título, tales como «La edad de los rendimientos decrecientes» y «Después de Bush, el fin de los neocons y la era de los demócratas». Ha sido premiado por su contribución original al gran tema del comercio mundial y su concentración en la era de la globalización, pero también es un galardón a la probidad y el rigor intelectual. «Mi mayor contribución ­lo ha dicho él mismo- ha sido romper las barreras intelectuales» (My big contribution was to break through an intellectual style barrier).

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