UNA CITA DE MARX, OTRA DE FIDEL
Luego que el Congreso de EEUU adoptara, bajo presión, medidas por 850 mil millones de dólares, cuyos resultados por ahora no se ven, se sucedieron a ritmo febril reuniones de los principales organismos financieros y de gobernantes de todo el mundo. Por un lado, se convocó en Washington al G7 (EEUU, Canadá, Alemania, Gran Bretaña, Francia, Italia) y luego se extendió la reunión al G20, incorporando a Brasil, China, India, Sudáfrica, Argentina, México, Arabia Saudita, Indonesia, entre otros, y en la cual, según los cables, «sorpresivamente apareció Bush». Al mismo tiempo se reúnen en la misma ciudad el Banco Mundial y el FMI, cuyas sedes se ubican al lado de la Casa Blanca, estando el primero presidido por Robert Zoellick, que fue hasta hace poco integrante conspicuo del gobierno estadounidense. Es sorprendente que en estos cónclaves no se oiga una sola palabra de autocrítica acerca de la forma en que estos organismos dejaron que se precipitara la catástrofe, sin chistar. De esas reuniones lo único que quedó claro es que «el crecimiento económico mundial tendrá un frenazo en 2008 y 2009 a consecuencia de la debacle que comenzó en EEUU».
Por otro lado se reunió la Europa del euro, hasta donde llegaron las consecuencias arrasadoras de la crisis del otro lado del Atlántico. Primero se entrevistaron Nicolas Sarkozy y Angela Merkel en Colombey-Les-Deux-Églises, el antiguo lugar de residencia de De Gaulle, sin resolver medidas comunes, y luego fue el turno de los 15 jefes de Estado y de gobierno de la zona euro, en París. Se acordaron medidas independientes de parte de cada uno, cuando la crisis golpea fuertemente las mayores entidades financieras de Alemania, Bélgica y otras naciones como Islandia. La Gran Bretaña de Gordon Brown marcha por cuerda separada, y con la popularidad del primer ministro por el suelo.
Se ha suscitado un debate mundial en torno a estos temas, que puede resultar sumamente fecundo e iluminar aspectos vinculados al futuro de la humanidad, toda vez que como siempre las consecuencias de esta crisis están llamados a pagarlas los ahorristas de los bancos, los trabajadores y asalariados, los pueblos de los países emergentes (que no tienen ninguna responsabilidad, al contrario); en conjunto buena parte de la población mundial y no por cierto los culpables de su desencadenamiento, y en particular los directivos de esas empresas que en todas las circunstancias son resarcidos con emolumentos verdaderamente obscenos y compensaciones de toda índole. Se ha hablado al respecto de refundar un «capitalismo sobre bases éticas». Pero eso es tan improbable como el hielo frito. El capitalismo se basa en la propiedad privada de los grandes medios de producción y de financiación, en la tendencia al monopolio eliminando la competencia y en la ley de la máxima ganancia. Ya lo dijo Karl Marx: «Al capital le horroriza la ausencia de beneficio. Cuando siente un beneficio razonable, se enorgullece. Al 20% se entusiasma. Al 50% es temerario. Al 100% arrasa todas las leyes humanas y al 300% no se detiene ante ningún crimen». Bajo el título «La ley de la selva», Fidel Castro formulaba estos días la siguiente reflexión: «El sistema capitalista desarrollado, cuyo máximo exponente es el país de naturaleza privilegiada adonde el hombre blanco europeo llevó sus ideas, sus sueños y sus ambiciones, se encuentra hoy en plena crisis. No es la habitual, que surge cada cierto número de años, ni siquiera la traumática de los años 30, sino la peor de todas desde que el mundo siguió ese modelo de crecimiento y desarrollo». Y agregaba: «A la sociedad humana no le queda otra alternativa que superar esa contradicción, porque de otra forma no podría sobrevivir. La crisis actual y las medidas brutales del gobierno de EEUU para salvarse traerán más inflación, más devaluación de las monedas nacionales, más pérdidas dolorosas de los mercados, menores precios para las mercancías de exportación, más intercambio desigual. Pero traerán también a los pueblos más conocimiento de la verdad, más conciencia, más rebeldía y más revoluciones».
Desde una perspectiva análoga, el francés Michel Collon se pregunta: «¿Cómo debería ser una sociedad más humana, que ofrezca un porvenir digno para todos? Este es el debate que tenemos todos la obligación de lanzar. Sin tabúes».
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