¿Hemos llegado a un techo en América Latina?
Luis Maira como expositor central, seguido por intervenciones del ministro de Turismo Héctor Lescano, el director de la OPP Enrique Rubio y el diputado Doreen Ibarra. El informe de Luis Maira (destacada personalidad política chilena, diputado en el golpe de estado pinochetista, ministro en el gobierno de Eduardo Frei hijo, embajador en México y ahora en Argentina) trazó un balance del proceso de integración, particularmente sudamericana, desde la Carta de Jamaica y el Congreso Anfictiónico hasta la Unasur, que valoró en alto grado. En esa mesa se generó un intercambio de ideas a partir de una consideración inicial sobre si se había llegado o no a un techo en la fortaleza y la influencia de la sumatoria de gobiernos progresistas y de izquierda en el subcontinente. Se planteó asimismo que podría no estar lejano un proceso de involución en la perspectiva general de América del Sur.
En mi opinión, las dos preguntas se contestan por la negativa.
Desde el inicio del nuevo siglo y milenio, vivimos un cambio de época en América Latina. No sólo una época de cambios, sino un cambio de época. En estos términos lo expresó Rafael Correa al asumir la presidencia de Ecuador. Justamente el amplio movimiento que acompañó la nueva Constitución obtuvo un éxito resonante el 28 de setiembre al lograr la ratificación de la misma por 64% contra 28% de votos. Antes de ello, el 15 de agosto, Fernando Lugo había asumido la presidencia de Paraguay, un hecho extraordinariamente auspicioso y renovador, que pone fin a más de 60 años de dominio incompartido del Partido Colorado, lo que sólo puede explicarse en el cuadro de esta nueva América Latina, donde la izquierda y las fuerzas progresistas alcanzan los gobiernos en casi todos los países de la América sureña. Nuevos vientos barren todo el continente. Hay un factor de contagio, de influencia recíproca, toda vez que los resultados anteriores (con Chávez, Lula, Tabaré, Evo, Correa, Bachelet y Cristina Fernández como presidentes) demostraron que ese cambio de gobierno era posible. Unos días antes, Evo Morales había sido ratificado en la presidencia por 67,41% de votos. Los porcentajes de adhesión que recogen los gobernantes de izquierda, que provienen de otros estratos sociales, son altísimos (Lula: 77,7%) y esto forma parte de la nueva configuración política de la región. En América del Sur, solamente Colombia (la pieza maestra y principal aliado de EEUU) y Perú no se integran a ese cuadro. En la América Central y caribeña hay que agregar a Nicaragua con Daniel Ortega, Guatemala con Álvaro Colom, la Dominicana con Leonel Fernández, y las perspectivas abiertas para que el FMLN gane la elección en 2009, ejemplo de un antiguo movimiento guerrillero que ingresa a la lucha cívica y concita la adhesión popular. Desde luego, la revolución socialista cubana abrió curso a esta nueva fase, y se constituyó en el factor fundamental de la historia continental después de las guerras de independencia.
Este proceso ascendente, multiforme y extendido, con respaldo de grandes masas y de los sectores más diversos de nuestros pueblos, se expresa en la creación de la Unasur, forma de máxima amplitud de la unión e integración sudamericanas, y que tuvo su bautismo en la reunión de Santiago de Chile del 15 de setiembre en solidaridad con Bolivia. Esto se dijo en la reunión de referencia.
Pero no hemos llegado al tope. Este proceso puede fortalecerse y ampliarse mucho más. Los gobiernos de izquierda y progresistas, con matices entre ellos, tienen como denominador común la extensión y profundización de la democracia, la participación creciente del pueblo. Han creado nuevas formas de democracia participativa e intercambian experiencias que también son analizadas en otras latitudes. Esto puede extenderse y profundizarse a la vez, abarcando a sectores muy vastos. Es lo que ha enseñado en algunos de nuestros países la forja de la unidad sin exclusiones de todas las fuerzas avanzadas y de izquierda, y luego la proyección de este proceso a la unión de todo el pueblo y de sus organizaciones sindicales y sociales. El Frente Amplio es visto como un referente en tal sentido. La perspectiva debe ser la del ensanchamiento permanente, llegar a todos los sectores del pueblo, despertar las conciencias, exponer los logros de todos los gobiernos de izquierda sin excepción enfrentando las tergiversaciones de los medios de difusión al servicio de los antiguos sectores dominantes, y volver a ganar el gobierno para completar su programa de realizaciones a favor del pueblo. En realidad, se han creado condiciones para avanzar mucho más. Tanto en las realizaciones, en el plano económico y social, como en la conciencia colectiva. Ambas son indisociables.
Y si esto no acontece, si no somos capaces de lograr estos nuevos avances, ahí sí que sobrevendría el retroceso, la restauración en cualquiera de sus formas, aún las más brutales, el retorno al pasado. Porque este proceso de consolidación y avance, que está plenamente en la esfera de las posibilidades, no se impondrá sino al precio de duras luchas, con la participación del pueblo. Nadie nos regalará nada, al contrario. Siempre ha sido así. Vivimos momentos de definición a escala continental, porque las fuerzas retrógradas perciben que el actual proceso puede volverse irreversible, y están dispuestos a quemar todos los cartuchos para que eso no acontezca. Véase la brutalidad de su oposición a los gobiernos populares: el golpe de estado y el paro petrolero en Venezuela en 2002, el asesinato colectivo de campesinos e indígenas en Pando y la voladura de gasoductos ahora en Bolivia, las expresiones feroces de racismo de las fuerzas secesionistas en este país. Pero hay condiciones para vencer y seguir adelante. Con un subrayado: la mutua solidaridad de pueblos y gobiernos en esta lucha común, como está aconteciendo con Bolivia.
En ninguna otra región del mundo se dan las condiciones para avances de esta naturaleza y magnitud, lo que destaca la significación internacional del cambio de época por el que está transitando Nuestra América.
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