A 10 años de la Guerra del Golfo
Beirut, ANSA
Días atrás el régimen de Saddam Hussein reiteró que más de un millón de iraquíes –casi la mitad niños menores de cinco años– murieron desde 1990 debido a las pésimas condiciones sanitarias y la penuria alimentaria causadas por el embargo.
Aunque se estima que la cifra puede estar aumentada, estudios e investigaciones de expertos extranjeros demostraron sin lugar a dudas que en la última década se registró en el país un impresionante aumento de la mortalidad infantil sobre todo a causa de la mala nutrición y falta de medicinas.
El 17 de enero de 1991 Estados Unidos inició los bombardeos contra Irak –que en agosto del año anterior había invadido Kuwait– y solo el 27 de febrero se firmó el cese del fuego.
Ahora, mientras el escándalo por el «síndrome de los Balcanes» arrecia en Europa, las penurias iraquíes incluyen tumores provocados –se cree– por el uso de uranio empobrecido utilizado en los proyectiles arrojados en 1991 por las tropas de la alianza militar dirigida por Estados Unidos.
Según datos coincidentes suministrados por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y Unicef, el Fondo para la la infancia de la ONU (que paradójicamente impuso el embargo), la mortalidad infantil superó las 100 muertes por cada 1.000 nacimientos respecto de los 47 casos de muerte cada 1.000 nacimientos que se registraron en 1989.
Los hospitales, las escuelas y las infraestructuras de Irak, hasta hace una década considerados los mejores de la región, se encuentran hoy en condiciones penosas y cientos de pacientes, sobre todo niños, están condenados a morir de leucemia o de una simple disentería sin la mínima asistencia.
Las sanciones también produjeron hordas de desocupados. Los empleados del Estado fueron de los pocos que mantuvieron su trabajo, aunque la inflación redujo en forma impresionante el poder adquisitivo de sus sueldos.
Ingenieros, científicos, docentes universitarios y otros profesionales que no pudieron salir del país debieron olvidar sus estudios y emplearse como mozos, taxistas o vendedores de cigarrillos.
La plaga de la desocupación también provocó otros problemas. Aunque oficialmente no se habla de ellas, la prostitución y la delincuencia aumentaron, lo que afecta mínimamente a los pocos poderosos cercanos al régimen.
La situación no mejoró desde que el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó a Bagdad para que recibiera, a cambio de petróleo, 3.400.000 dólares cada seis meses para la compra de alimentos, medicinas, equipos sanitarios y repuestos para la industria, sobre todo petrolífera, para las centrales eléctricas e hídricas.
Ello se debe en parte a que en los últimos años un tercio de las ganancias logradas por Irak por la venta del petróleo fue a parar a compañías o individuos extranjeros como indemnización por los daños sufridos durante los siete meses de invasión de Kuwait.
Basta pensar que el año pasado la compañía petrolera nacional de Kuwait obtuvo como indemnización en único pago 15.900.000.000 dólares, el doble de lo que el gobierno de Bagdad recibió entre 1996 y el 2000 por la adquisición de ayudas humanitarias para su famélica población.
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