El fin de la corbata, el símbolo del "buen burgués"

Tullio Giannotti París, ANSA

La amada y vituperada corbata está llegando a su hora final: el nuevo milenio no da cabida al accesorio masculino otrora símbolo de «seriedad» y en especial del «buen burgués».

En el siglo XXI, tanto los «creativos» como quienes se adentran en los laberintos de la New Economy prefieren vestimentas de marca, en general muy costosas, pero rigurosamente sin corbata y las ventas del famoso adminículo están cayendo en picada en los mayores centros de la moda.

En París, por ejemplo, hubo una disminución del 25 por ciento de las ventas de esta prenda en sólo un año, y si bien en las grandes tiendas todavía hay sectores rebosantes de corbatas multicolores o monocromas, las marcas huelen a antigüedad y los clientes son escasos.

Hordas de hombres elegantísimos colman en cambio las secciones de la ropa falsamente informal, porque las prendas se usan con soltura pero sus precios son muy elevados pues la marca es una obligación que se paga. La corbata se había enfermado de gravedad en la década del 60 y estuvo en agonía en los 70, si bien permaneció como símbolo del hombre correcto y elegante, sobre todo en esos años contestatarios.

Diez años después, la corbata regresó en los cuellos erguidos de los yuppies de los 80, que la lucían como símbolo de un orgullo recién parido y en relación con un modo de vida que las recomendaba vistosas y de marca.

Los estilistas competían en procurar al ejército de hombres en ascenso corbatas con caballitos o patitos, un tipo para cada estación y una para cada camisa.

Había una corbata «de derecha» –con la firma de un negocio tradicional y no de un estilista de moda–, y una de «izquierda», sobria, que se usaba floja, con el cuello de la camisa desabrochado. Lentamente, sin desgarramientos, el fin del siglo XX vio año a año cómo se evaporaba el mito de la corbata.

Pero en los 90, la figura informal de Bill Gates, con su camiseta «casual», se convirtió en símbolo de genialidad y éxito y asestó otro duro golpe a las corbatas. La city londinense, los empresarios informáticos parisinos, el mundo los cibernautas, todos han lanzado la nueva convención social del «viernes informal» (casual friday): llevar a la oficina una camiseta de lana en invierno o una de algodón en verano.

Las camisetas se pusieron de moda en felpa y con capucha, estilo rapper, y aparecieron en las empresas acompañadas por zapatillas especiales de atletas olímpicos.

Los símbolos de la elegancia y del poder se multiplicaron con el fin de «obligatoriedad corbateril»: un «sweater» Prada u Oliver Strelli cuesta medio sueldo de un empleado, y la camisa con cuello cerrado –al estillo Mao Tse Tung, pero diseñada por Thierry Mugler– forma parte del vestuario público del ministro de cultura francés, Jack Lang.

Los defensores de las corbatas destacan las raíces históricas del precioso accesorio.

La corbata acompañó al hombre y marcó su individualidad con tanta fuerza que la prohibió José Stalin y hasta ahora el régimen iraní también la veta.

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